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	<title>BlaBla, autor en Psicología BlaBla</title>
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	<title>BlaBla, autor en Psicología BlaBla</title>
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		<title>La paternidad cambia la vida</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Oct 2026 17:05:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[paternidad]]></category>
		<category><![CDATA[psicología perinatal]]></category>
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			<h2><strong>Padres y psicología perinatal</strong></h2>

		</div>
	</div>

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			<p>Estos nueve meses de espera han sido una bomba de adrenalina. Has pasado por todas las emociones imaginables: la alegría de la noticia, el susto que os llevasteis cuando Julia tuvo aquel golpe con el coche, el nerviosismo de asistir a las ecografías (te preguntas si tanta información sobre el embarazo no estará afectándote), el ver nacer a tu hijo y escuchar, con el estómago contraído, el primer llanto con el que saluda a la vida. Tenerlo entre brazos con ese gorrito que la enfermera le ha hecho sobre la marcha con un pañal para que «no se enfríe». Se lo repites a tus amigos: nadie puede imaginar lo que es ser padre sin serlo.</p>
<p>Por eso ahora no entiendes por qué estás así.</p>
<p>Han pasado seis semanas desde que nació vuestro hijo. Te sientes cansado, pero sabes que eso forma parte de tener un recién nacido en casa. Lo que no esperabas era sentirte tan irritable, discutir tanto con Julia y tener cada vez menos ganas de ver a tus amigos.</p>
<p>Cuando vuelves del trabajo, piensas a veces lo que te espera al llegar a casa y te sorprendes deseando que el trayecto dure un poco más. Después te sientes fatal por haberlo pensado.</p>
<p>Quieres a tu hijo. Quieres a Julia. De eso no tienes la menor duda. Entonces, ¿qué te está pasando?</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3>La responsabilidad de que alguien dependa por completo de ti</h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Durante el embarazo, la atención se centra por completo en la madre. Es ella quien experimenta los cambios físicos del embarazo, afronta el parto y necesita recuperarse. Ahora, tu hijo está aquí y tu vida da un vuelco de noventa grados.</p>
<p>Hasta hace nada, Julia y tú disponíais de vuestro tiempo. Erais libres de salir a cenar o de quedaros viendo una película sin preocupación alguna. Ahora da la impresión de que hasta mantener una conversación sin interrupciones es complicado.</p>
<p>También ha cambiado vuestra relación. Julia está cansada, tú también. Algunas decisiones sobre el cuidado del niño acaban en discusiones.</p>
<p>Sabías que tener un hijo cambiaría inevitablemente vuestra vida. Pero no tenías ni idea de cómo te iban a afectar esos cambios.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>¿Por qué me siento así?</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Cuando deseas un hijo —y no digamos si llevas mucho tiempo buscándolo— es difícil que un padre reconozca (incluso ante sí mismo) sentir malestar en unas circunstancias que, por anheladas, debieran ser motivo de felicidad.</p>
<p>Algunos hombres experimentan síntomas de ansiedad o depresión durante el embarazo de su pareja o después del nacimiento. La irritabilidad, la pérdida de interés por actividades que antes disfrutaban, la preocupación excesiva o el distanciamiento de la pareja son algunas de sus manifestaciones.</p>
<p>Las dificultades habituales de adaptación a la paternidad no constituyen, por sí mismas, un trastorno psicológico. Las primeras semanas con un bebé son, por lo general, exigentes. El niño requiere atención continuada y el cansancio termina afectando al estado de ánimo. Pero si el malestar persiste, aumenta o interfiere en la vida cotidiana, es conveniente consultar con un profesional.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>También tú puedes necesitar ayuda</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Un padre puede tardar en reconocer que necesita ayuda porque no identifica lo que le ocurre como un problema emocional. Quizás lo atribuya al trabajo, a la falta de sueño o a las discusiones con su pareja. O puede considerar que no tiene derecho a quejarse. Su pareja ha pasado por el embarazo y el parto, y al lado de eso, lo suyo es algo menor. Pero el hecho constatable es que no se siente bien y eso está afectándole tanto a él como a su pareja.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>Cuando esto sucede, un profesional puede ayudarte a identificar qué está ocurriendo, a cuestionarte algunas explicaciones e incluso a quitarle dramatismo a la situación. También te ayudará a manejar ese malestar sin añadirle sentimientos de culpa.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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		<title>Lo que aprendimos de lo que nos ocurrió</title>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 07 Oct 2026 16:10:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[relaciones de pareja]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h2><strong>Lo que conocemos</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>«<em>Mi anterior pareja quería saber con quién estaba en todo momento. Al principio no le di importancia. En realidad, ni siquiera me llamó la atención. Con el tiempo me encontré justificando todos mis pasos. No volveré a permitir algo así</em>».</p>
<p>Alicia lleva varios meses con su nueva pareja. Acaba de leer un mensaje suyo que le cae como un jarro de agua fría: «¿<em>Vas a tardar mucho?».</em> Contesta de inmediato que no tiene que darle explicaciones y que volverá cuando termine.</p>
<p>Más tarde conoce el motivo de esa pregunta: habían quedado en cenar juntos y Carlos quería saber si la esperaba.</p>
<p>Alicia está familiarizada con el control dentro de la pareja. Por eso, algunas cosas que para otros no tendrían importancia la ponen en guardia.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Lo que no conocemos</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Las experiencias previas influyen en nuestra interpretación de cuanto nos ocurre. Si pasamos años con una persona controladora, una pregunta sobre dónde estamos actúa como elemento disparador. Hemos aprendido que determinadas conductas pueden ser el anticipo de otras. Por eso estamos atentos a ellas.</p>
<p>Ese aprendizaje es útil.  Nos ayuda a reconocer señales que antes ignorábamos y a detectar comportamientos que, de lo contrario, habríamos normalizado. Pero, como hemos visto en el ejemplo anterior, también puede despertar suspicacias infundadas.</p>
<p>Dos situaciones pueden compartir elementos sin ser equivalentes. Alicia reconoce en la pregunta de su pareja algo que ha vivido. Hay motivos de alerta, pero necesita más información antes de llegar a determinadas conclusiones.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>«Diga lo que diga, no va a salir bien»</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Nuestra interpretación de los hechos afecta a nuestra reacción y también a la del otro. Alicia está enfada por la pregunta de Carlos. Carlos, a su vez, no entiende a qué se debe una respuesta tan inesperada.</p>
<p>En casa, la conversación se encalla. Si Carlos intenta explicar el porqué de su mensaje, Alicia lo ve como un intento de justificación. Si se molesta por la respuesta desabrida, el enfado confirma sus sospechas.</p>
<p>Algunas situaciones dejan poco margen de actuación a la otra parte: todo cuanto diga o haga será  interpretado bajo la óptica de una conclusión forjada sin información suficiente.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>¿Y si me equivoco?</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Concedemos gran valor a nuestras experiencias. Y con razón. Sería absurdo comportarnos como si lo vivido no nos hubiera enseñado nada.</p>
<p>Alicia ha aprendido a reconocer conductas de control basándose en su experiencia.  Sin embargo, con la información de la que dispone no puede saber con certeza la intención de su pareja actual.</p>
<p>Podemos estar seguros de nuestra interpretación y equivocarnos. Para ratificar o descartar si impresión tendrá que valorar también el comportamiento de Carlos; la intensidad con la que ella vive determinados hechos no permite, por sí sola, saber qué está ocurriendo.</p>
<p>El caso de Alicia puede ser particularmente difícil, pero no es necesario haber vivido algo semejante para interpretar el presente a partir de lo aprendido en otras relaciones.</p>
<p>Quien ha crecido en una familia en la que un «haz lo que quieras» anticipaba una cadena de reproches se sentirá probablemente incómodo si su pareja utiliza esa misma frase, aunque no haya ningún doble sentido detrás. La respuesta llegará enseguida: «Vale, pero luego no me lo eches en cara».</p>
<p>Damos por hecho que palabras, silencios o gestos arrastrados de relaciones anteriores conservarán ese mismo significado fuera de ellas.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>Nuestra historia seguirá influyendo en nuestra forma de interpretar lo que ocurre. Gracias a ella hemos aprendido qué estamos dispuestos a aceptar, qué queremos evitar y a reconocer situaciones de riesgo. Pero ante algo que dispara nuestras emociones cabe preguntarse cuánto sabemos de lo que está ocurriendo ahora y cuánto damos por sabido porque nos recuerda a lo que sucedió en el pasado.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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		<title>Sé que no necesito hacerlo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 05 Oct 2026 14:57:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[autonomía adolescente]]></category>
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	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h2><strong>Entonces, ¿por qué vuelvo a hacerlo?</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Raquel mira el móvil. Su hija salió hace un rato y lleva veinte minutos sin contestar a su último mensaje. Sabe con quién está, dónde ha ido y sobre qué hora volverá. Pero la inquietud no desaparece.</p>
<p>Toma el móvil. Han pasado cinco minutos. Sus dedos buscan el teclado pero recuerda la discusión de la semana anterior y se frena. Su hija le ha pedido que no la atosigue con preguntas. Y Raquel le ha dicho que dejaría de hacerlo.</p>
<p>Unos minutos después escribe: «¿Todo bien?».</p>
<p><em>Sí, todo bien</em> —le responde su hija—. Raquel se queda tranquila.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Una aparente contradicción</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Muchas conductas que nos gustaría cambiar tienen esta aparente contradicción. Determinadas situaciones no justifican nuestra preocupación y, sin embargo, algo nos empele a confirmar que todo sigue bien.</p>
<p>Raquel no escribe a su hija porque haya olvidado el acuerdo con el que cerraron la última discusión. Sabe que su hija está harta de sus continuos mensajes. Pero ahí está de nuevo la inquietud y la necesidad de verificar.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Lo que ocurre después también importa</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Preguntar, comprobar o buscar una confirmación reduce el malestar. Ante una situación semejante, ya sabemos qué hacer para sentirnos mejor.</p>
<p>Si cada vez que Raquel escribe a su hija recibe una respuesta tranquilizadora, tiene motivos para volver a comprobar la próxima vez. No importa que consideremos nuestra reacción excesiva. El aprendizaje no depende solo de lo que pensamos sobre nuestra conducta, sino de lo que ocurre después de hacer algo.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>¿Por qué esto me preocupa tanto?</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>¿Por qué una misma situación provoca reacciones tan diferentes entre personas?</p>
<p>Nuestra forma de interpretar lo que ocurre tiene una historia. El temperamento, lo que aprendimos en nuestra familia, las experiencias posteriores y las circunstancias actuales pueden hacer que prestemos especial atención a determinados riesgos.</p>
<p>Quizá Raquel creció en una familia en la que estar pendiente de los demás era una forma habitual de cuidar. O tuvo una experiencia que cambió su percepción de determinados peligros. Pero ninguno de las muchas hipótesis posibles nos permite establecer una explicación automática.</p>
<p>Haber crecido en una determinada familia no explica por sí solo lo que hacemos veinte años después. Tampoco hay acontecimientos concretos que justifique cada una de nuestras reacciones.</p>
<p>Quizás la pregunta más útil sea: ¿qué temo de esta situación y qué hago para tranquilizarme?</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>La necesidad de estar seguros</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Al valorar un riesgo no sopesamos solo la probabilidad de que ocurra; también tenemos en cuenta la gravedad de sus posibles consecuencias. Que algo sea muy improbable no nos tranquiliza si imaginamos unas consecuencias graves.</p>
<p>Hay una segunda derivada: no podemos eliminar por completo la incertidumbre.</p>
<p>Raquel sabe dónde está su hija, con quién ha salido y a qué hora piensa volver. Aun así, no tiene la certeza absoluta de que nada malo le vaya a ocurrir. Cuando su hija responde, regresa la tranquilidad por un rato. Pero buscar la certeza tiene dificultades prácticas: siempre hay espacio para otra comprobación.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>¿Qué mantiene la reacción?</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>En consulta puede ser útil reconstruir situaciones concretas: qué ocurrió, qué pensó la persona que podía pasar, qué hizo entonces y qué cambió después de hacerlo.</p>
<p>Descubrimos muchas veces que nuestra conducta a cumple la función de aliviar la incertidumbre. Ese alivio momentáneo explica por qué seguimos haciendo cosas que consideramos innecesarias.</p>
<p>Raquel es consciente de preguntar demasiado a su hija. Repetírselo aportará poco. Mejor saber qué ocurre durante los veinte minutos en los que intenta no escribirle y qué cambia cuando recibe la respuesta.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>«Sé que estoy exagerando. Lo que no entiendo es por qué vuelvo a hacer lo mismo». La ayuda psicológica puede empezar por esta simple reflexión.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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		<title>¿Cuánto me cuesta hacerlo bien?</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/estrategias-de-compensacion-en-el-adulto/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 22 Sep 2026 11:29:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[TDAH adultos]]></category>
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	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>Estrategias de compensación en el adulto</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>La viñeta que acompaña al post de hoy está inspirada en las dificultades que narraba una paciente para organizar sus citas, pese a su fama de ser «tremendamente puntual». «Si tengo una cita médica, no es raro que llegue una hora antes. El resultado es que me paso el día esperando. Pero sé que si no me pongo esos plazos, llegaré tarde».</p>
<p>Sin duda, su fama de puntual es bien merecida. Pero cuando analizamos los hechos, vemos una clara desproporción entre esfuerzo y resultado.</p>
<p>Estos datos son importantes cuando evaluamos a un adulto con posibles dificultades de atención, organización o planificación. La conducta actual nos aporta información parcial. El adulto ha tenido mucho tiempo para comprobar dónde falla, sufrir las consecuencias y buscar maneras de evitar que se repita.</p>
<p>Una persona que olvida citas puede haber adquirido la costumbre de anotarlas de inmediato en el móvil y programar varios avisos. Si pierde las llaves puede dejarlas siempre en el mismo recipiente nada más entrar en casa. Y si calcula mal el tiempo sale de casa con muchísimo margen. Las estrategias funcionan y la dificultad de base es poco visible.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Una persona desorganizada puede organizarse mucho</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Esta aparente contradicción se aprecia bien en algunos adultos con TDAH. Las dificultades ejecutivas afectan a la planificación, la gestión del tiempo, la memoria de trabajo o la organización. No los vemos, sin embargo, rodeados de avisos y no llegan tarde a todas partes. Probablemente sean muy rigurosos con sus agendas, preparen sus cosas con mucha antelación y tengan rutinas muy rígidas, porque saben lo que ocurre cuando improvisan.</p>
<p>Preguntar, durante la evaluación, si alguien utiliza agenda o si olvida sus citas con frecuencia no aporta excesiva información. Conviene indagar sobre otros aspectos como desde cuándo emplea ese sistema, por qué empezó a hacerlo y qué ocurre si un día no puede recurrir a él.</p>
<p>El uso de estrategias no demuestra la existencia de un TDAH. Muchas personas utilizan alarmas, calendarios y listas porque les facilitan la vida. Su valor durante una evaluación depende de la historia existente y de su relación con otras dificultades.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>La cantidad de esfuerzo proporciona información</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Imaginemos a dos empleados que cumplen sus plazos de trabajo y rara vez olvidan una reunión. Uno consulta su calendario al comienzo de jornada y se organiza sin demasiados problemas. El otro revisa varias veces sus citas, programa alarmas, anota inmediatamente cualquier cambio y dedica cada tarde un buen rato a preparar el día siguiente porque, de lo contrario, empiezan los olvidos y los retrasos. Ambos cumplen con sus obligaciones.</p>
<p>En el segundo caso, sin embargo,  mantener ese funcionamiento requiere un trabajo intensivo en términos de tiempo, previsión y control externo. Y habría que saber qué ocurre en épocas de mayor carga de trabajo, durante las vacaciones, si cambian las rutinas o, de pronto, surgen varias terapias imprevistas.</p>
<p>Las dificultades compensadas son más visibles en las situaciones en las que el sistema habitual se queda corto.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Una estrategia eficaz puede despistar</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>La compensación es particularmente importante al evaluar al adulto porque muchos de ellos llevan décadas utilizando estrategias desde antes de plantearse que podían tener una dificultad concreta.</p>
<p>A veces ni siquiera las consideran estrategias. Comentarios del tipo «Yo siempre he sido de apuntarlo todo», «salgo una hora antes porque odio llegar tarde» o «si no dejo las cosas preparadas por la noche, por la mañana soy un desastre» pueden describir simples preferencias personales. Y también aportar información sobre cómo esa persona ha aprendido a manejar una dificultad persistente.</p>
<p>Para distinguir una cosa de otra necesitamos conocer su historia; cómo se organizaba de niño o adolescente, qué problemas tenía entonces, qué soluciones fue incorporando y qué ocurre si prescinde de ellas. En los trastornos del neurodesarrollo, la presencia de características desde etapas tempranas forma parte del razonamiento diagnóstico y evita atribuir automáticamente al TDAH dificultades que pueden tener otro origen.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>Una evaluación basada exclusivamente en lo que el adulto consigue hacer actualmente es incompleta. Decir que alguien «se organiza bien», «es puntual» o «no olvida sus citas» describe el resultado. Necesitamos conocer también cómo lo consigue, cuánto esfuerzo le supone y qué ocurre si falla el sistema que utiliza habitualmente.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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		<title>La difícil tarea de no hacer nada</title>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 11 Sep 2026 18:10:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[educación parental]]></category>
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	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h2><strong>cuando podríamos resolverlo en treinta segundos</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Por razones que no vienen al caso, este año hemos veraneado en un coqueto pueblecillo de interior, de esos en los que la espectacular naturaleza de la España vacía y el ritmo de vida pausado actúan como antídoto contra el exceso de revoluciones que traemos los urbanitas.</p>
<p>La experiencia rural ha sido apasionante  —tanto que hemos decidido repetirla en cuanto tengamos ocasión—. En mi caso ha sido, además, reveladora de algo que sabía, pero que en Madrid me cuesta llevar a la práctica: la mejor ayuda que podemos prestar a nuestros hijos es, con frecuencia, no hacer nada.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Si estás siempre presente, terminas interviniendo</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Quienes vivimos en una gran ciudad estamos acostumbrados a participar activamente en la vida cotidiana de nuestros hijos. Los llevamos y recogemos de sus actividades, esperamos mientras terminan, sabemos dónde están y con quién y organizamos sus desplazamientos. Esta presencia constante tiene una consecuencia esperable: estamos ahí en todo momento. Y cuando uno está siempre disponible, es fácil que termine interviniendo.</p>
<p>En el pueblo cambian las cosas. Las distancias son cortas, apenas hay tráfico, adultos y niños se conocen y las pandillas reúnen a chavales de todas las edades. Los niños entran y salen, van a buscar a un amigo, vuelven a por la pelota, cambian de plan sobre la marcha y no los vemos hasta que tienen hambre o se complican las cosas.</p>
<p>Los padres también cambiamos. Nos sentimos más tranquilos y dejamos de estar permanentemente pendientes de ellos. Esa menor presencia adulta tiene un efecto reseñable: nuestros hijos resuelven solos muchas más cosas.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Treinta segundos frente a media mañana</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Tres niños llevan un buen rato discutiendo porque uno quiere jugar al fútbol, otro prefiere montar en bicicleta y el tercero ha quedado con un amigo que no aparece. Tú, como adulto, necesitas  treinta segundos para ofrecer una solución: «Id primero a buscar a fulanito y luego decidís entre todos qué hacéis». Asunto resuelto.</p>
<p>Pero ¿hay alguna razón de peso para solventar la situación en treinta segundos? ¿qué aporta tu intervención a esos chavales? Cierto, les llevará bastante más tiempo ponerse de acuerdo si tú no estás ahí,  pero acabarán organizándose. Y aunque la solución alcanzada será probablemente peor que la tuya, es «su» solución. Mientras llegaban a ella, tres niños han realizado prácticas exhaustivas de un montón de habilidades complejas: exponer ideas, escuchar a los otros, discutir, ceder, convencer o, dado el caso, aceptar una propuesta que no era la nuestra, entre muchas otras.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>¿Pero por qué intervenimos?</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Intervenir no responde siempre a un exceso de protección. Podemos tener prisa. O nos incomoda ser testigos de una discusión cuyo final conocemos.  Nos cuesta escuchar por quinta vez que uno quiere fútbol y el otro bicicleta. Sabemos dónde está el niño al que buscan, cuánto dinero necesitan para comprar los helados o qué podría decir nuestro hijo para incorporarse a un grupo que ya está jugando. Tenemos la respuesta y, además, es eficaz… y con ella, el niño no aprende a resolver los problemas por sí mismo.</p>
<p>Con un adulto cerca, los atajos están a mano: «Mamá, ¿qué hago?». Es más, ni siquiera es necesario preguntar. Nos anticipamos: «Ve a buscar a fulanito», «dile que ahora te toca a ti», «llévate la bicicleta», «pregunta si puedes jugar», «¿por qué no hacéis otra cosa?».</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Aprender a tolerar el malestar</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Abstenernos de intervenir exige confiar en nuestros hijos y, sobre todo, tolerar el malestar que nos provoca una situación que podríamos resolver con facilidad. Tenemos experiencia, conocemos los problemas a los que se enfrentan y somos rápidos solucionándolos. Pero nadie aprende a gestionar su vida a través de la experiencia de otro.</p>
<p>¿Hemos de permanecer impasibles en todo momento? Obviamente, no. Hay situaciones (sobre todo de riesgo físico) en las que nuestra intervención será imprescindible. Pero, en muchas otras, solo sabremos hasta dónde puede llegar nuestros hijos si les damos la oportunidad de intentarlo.</p>
<p>Muchas de las conductas que atribuimos a nuestros hijos dependen en gran medida del contexto que los rodea. Un niño puede parecer muy dependiente cuando tiene cerca a un adulto dispuesto a recordarle, organizarle, advertirle y solucionar cualquier pequeño contratiempo.</p>
<p>En la ciudad esa disponibilidad aparece casi sin darnos cuenta. Si estamos esperando a la salida de una actividad y surge un problema, intervenimos. Si acompañamos a nuestros hijos al parque y discuten, intervenimos. Si quieren incorporarse a un grupo y dudan de cómo hacerlo, intervenimos.</p>
<p>El pueblo nos lo ha puesto muy fácil. No ha hecho falta proponernos fomentar la autonomía, establecer nuevas normas ni aplicar nuevas estrategias educativas. Simplemente les hemos dejado más espacio.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>A veces resolvemos cosas o tomamos decisiones por nuestros hijos que estos podrían resolver o decidir perfectamente sin nuestra ayuda. Preguntémonos si lo hacemos para acabar antes o evitarnos un mal rato ante la idea de que fallen o lo pasen mal. Y, si es así, hemos de tener algo claro: lo hacemos por nosotros, no por ellos.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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		<title>Encerrar las emociones bajo llave</title>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 07 Sep 2026 19:12:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[regulación emocional]]></category>
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	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h2><strong>Un ejercicio complicado</strong></h2>

		</div>
	</div>

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			<p>La noticia del fallecimiento repentino del padre del soldado Peláez recorre rápidamente el puesto militar donde el joven vive y presta servicio. Es bien sabido lo unido que Peláez está a su padre, por lo que la autoridad informante pide a su sargento que comunique al soldado la aciaga noticia con máxima sensibilidad.</p>
<p>—¡Sí, señor. Ningún problema, señor! —es la marcial respuesta del sargento. Y con castrense eficiencia convoca al batallón frente a los barracones.</p>
<p>—¡Soldados —vocifera el sargento con su imponente vozarrón—, todos aquellos de ustedes que tengan padre den un paso adelante!&#8230; ¿Pero se puede saber adónde vas, Peláez?</p>
<p>El sargento de este antiguo chiste es la representación esperpéntica de la falta de tacto, pero —por una de esas acrobacias mentales— me ha trasladado al terreno de los profesionales que han de aprender a manejar su respuesta emocional, en circunstancia difíciles, para poder cumplir con rigor lo que se espera de ellos.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Sentir una cosa y tener que hacer otra</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p class="isSelectedEnd">Pienso en el juez que debe respetar la imparcialidad del proceso judicial en crímenes que conmocionan a la opinión pública. O en el empresario que ha de tomar, en situaciones de crisis, decisiones impopulares que afectarán a la vida de muchas personas. O en el cirujano que trasplanta el deseado riñón basándose en las expectativas de supervivencia, no en las bondades del receptor. O en el abogado que garantiza el derecho de defensa del acusado, por atroz que sea el delito cometido. O en el policía que, tras dejar a su niño en la guardería, detiene asépticamente al pederasta. El listado de posibles ejemplos sería inacabable.</p>
<p class="isSelectedEnd">Hablamos mucho de empatía, pero bastante menos de la distancia emocional que exige el ejercicio de algunas profesiones: impedir que las emociones, por intensas que sean, determinen una decisión profesional que —tengo la impresión— puede estar acompañada de una buena dosis de dilema ético y desgaste personal.</p>
<p class="isSelectedEnd">Las emociones participan en nuestra forma de interpretar lo que ocurre, valorar sus consecuencias y tomar decisiones. Es poco realista pensar que un juez, un médico, un policía o un empresario pueden desprenderse de sus emociones al entrar a trabajar y recuperarlas al final de la jornada. Y, sin embargo, su actuación está sujeta a criterios profesionales, jurídicos, clínicos o éticos en los que la emoción no puede ser el criterio decisorio.</p>
<p>Mantener cierta distancia emocional no significa sentir menos. La persona comprende las consecuencias de lo que está haciendo y, por eso, la decisión es más difícil. Puede estar convencida de hacer lo que debe y, sin embargo, lamentar las consecuencias. Ha cumplido sus obligaciones profesionales, pero sigue pensando en quien no ha recibido el trasplante, en el trabajador despedido o en la familia a la que ha comunicado una mala noticia.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Aparcar una emoción no es dejar de sentirla</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Hay, además, una diferencia importante entre contener temporalmente una emoción para poder actuar y acostumbrarse a no sentirla. En determinadas situaciones, será necesario aparcar el miedo, la pena, la culpa, la compasión o el rechazo.</p>
<p>En algunas profesiones este tipo de situaciones son excepcionales. En otras forman parte intrínseca del trabajo. Y cuando se repiten una y otra vez, pueden terminar pasando factura. Las dudas posteriores, la sensación de haberse endurecido, el miedo a llevarse el trabajo a casa o la dificultad para explicar a los demás por qué se tomó determinada decisión son causa de desgaste.</p>
<p>También puede ocurrir que ese distanciamiento emocional deje de circunscribirse al trabajo. Mantener la cabeza fría ante una situación especialmente dura es una herramienta profesional útil. Seguir funcionando así cuando esas circunstancias desaparecen, no.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Hacer lo correcto también duele</strong></h3>

		</div>
	</div>

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<p>A veces se habla de «malestar moral» para describir el conflicto experimentado cuando las obligaciones profesionales, las circunstancias o las normas de una institución colocan a la persona ante decisiones que chocan con lo que desearía hacer. No hace falta cometer un error para sentirse mal. De hecho, una de las peculiaridades de estas situaciones es que el malestar puede aparecer aun teniendo la convicción de haber actuado correctamente.</p>
<p>Tampoco es razonable dejar todo ese coste emocional en manos del profesional. El apoyo de los compañeros, la supervisión y los espacios en los que poder hablar de determinadas experiencias son importantes en trabajos sometidos a este tipo de exigencias.</p>
</div>
</div>
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</div>
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</div>
</div>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Distancia emocional no es insensibilidad</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>La sensibilidad no está reñida con ninguna de las profesiones citadas. Pero hay ocasiones en las que es necesario tomar una decisión atendiendo a criterios profesionales que no coinciden con lo que desearíamos hacer. Una decisión profesionalmente correcta puede ser una dura carga para quien la toma.</p>
<p>Encerrar las emociones bajo llave durante un rato puede ser necesario para actuar conforme a esos criterios. Otra cosa es pretender que no estaban allí o no encontrar el momento de abrir de nuevo la puerta.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>Vuelvo al soldado Peláez. El sargento del chiste no es un buen ejemplo de distancia emocional. Para mantener cierta distancia de una emoción, tiene que haber una emoción que manejar. El juez lamenta las consecuencias de su sentencia; al médico le afecta la suerte de su paciente; al empresario le preocupa el futuro de quien acaba de despedir. El sargento, sencillamente, no se plantea cómo puede sentirse Peláez. Y eso es insensibilidad.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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		<title>La pastilla adecuada</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/cansancio-y-depresion/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 16 Jul 2026 12:41:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[malestar físico]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>Una úlcera de largo recorrido</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>En una cena de antiguos alumnos tuve la alegría de encontrarme con Claudia,  una compañera de facultad de la que recuerdo sobre todo dos cosas: su impresionante inteligencia y que casi siempre se le fastidiaban los planes que hacía con el grupo por culpa de una úlcera que —según ella— le daba problemas desde niña.</p>
<p>Claudia lo había probado  todo: tratamiento de <em>Helicobacter pylori</em>, dietas rigurosas, restricciones de bebidas, un arsenal de protectores y antiácidos, no dejar el estómago vacío (eran famosas las galletas María que engullía apena notaba las primeras molestias), cama en los peores momentos y  múltiples entradas y salidas del hospital.  Sabíamos cuando estaba mal con solo mirarle la cara. Ella lo llamaba «mi rictus de ulcerosa».</p>
<p>En la cena citada estaba espléndida. Le pregunté, en broma, qué medicamento milagroso había descubierto. «Me enamoré del hombre más previsible y soso del mundo», me contestó riéndose. «Mi vida con él es un remanso de paz. Y no hay úlcera que resista esa tranquilidad de espíritu. Hoy tengo un estómago a prueba de bomba».</p>
<p>Obviamente, enamorarse de una persona tranquila no es el tratamiento estrella para sanar una úlcera. Tampoco la historia de Claudia permite saber cuánto ha tenido que ver el cambio de vida con su mejoría. Pero mi amiga intuía que la desaparición de sus molestias estaba vinculada a un contexto de tranquilidad, predicibilidad y escasísimos sobresaltos. Por mi parte, estoy convencida que esa «ausencia de estrés» había sido, en su caso, un estupendo coadyuvante de cualquier otro tratamiento que hubiese seguido.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>El viacrucis por los especialistas</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Algunos pacientes  llegan a consulta con una gruesa carpeta de informes médicos. Han pasado por el traumatólogo, el neurólogo, el digestivo y el otorrino. Se han hecho análisis, radiografías, resonancias y otras pruebas cuyos nombres ni recuerdan. En ocasiones se ha identificado la causa y han recibido tratamiento. En otras, las pruebas no explican por qué siguen teniendo dolor, tensión muscular, cefaleas, molestias digestivas, sensación de <a href="https://psicologiasanchinarro.com/tratamientos-depresion-persistente-distimia/">presión en el pecho</a> o la mandíbula siempre apretada.</p>
<p>Empieza entonces un recorrido desesperante. Las pruebas salen bien y eso siempre es una buena noticia, pero el malestar sigue ahí.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Cuerpo y mente caminan de la mano</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>La relación entre nuestro estado psicológico y determinadas funciones corporales está bien documentada. El sistema nervioso autónomo, el sistema endocrino y el inmunitario participan en la respuesta al <a href="https://psicologiasanchinarro.com/tratamientos-estres/">estrés</a> y pueden modificar procesos tan físicos como la tensión muscular, la respiración, el sueño, la sensibilidad al dolor o el funcionamiento gastrointestinal.</p>
<p>El aparato digestivo es un ejemplo especialmente claro. Hablamos del eje «intestino-cerebro» para describir un sistema de comunicación bidireccional. El cerebro influye en el intestino y recibe a su vez un flujo continuo de información procedente de nuestro aparato digestivo. El <a href="https://psicologiasanchinarro.com/calor-y-efectos-en-la-productividad/">estrés</a> puede modificar la motilidad y sensibilidad intestinal provocando o exacerbando los síntomas en algunos trastornos de la interacción intestino-cerebro. Eso no significa que una persona tenga dolor abdominal «porque está nerviosa» ni que sus síntomas sean imaginarios. El dolor es real. Las náuseas son reales. La diarrea, el estreñimiento o la sensación de plenitud son reales.</p>
<p>Con el dolor sucede algo parecido. Pasar una semana preocupado no tiene por qué provocar una cervicalgia ni toda cervicalgia tiene una explicación emocional. Pero dormir mal, estar en tensión, reducir nuestra actividad, respirar de determinada forma o mantener contraída la musculatura contribuyen a la aparición o mantenimiento de esas molestias.</p>
<p>También se produce el recorrido inverso. Una persona con dolor duerme peor, abandona la actividad, se mueve menos, está más cansada y, probablemente, pendiente de las señales de su cuerpo. El mismo dolor termina despertando nuevas inquietudes: «¿Y si esta vez hay algo grave?». El organismo y el estado psicológico se influyen mutuamente y es difícil  establecer dónde empezó todo.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>«Me dicen que no tengo nada»</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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<p>Esta es una de las frases menos afortunadas que puede escuchar alguien que lleva tiempo encontrándose mal.</p>
<p>Que una resonancia, una analítica o una exploración hayan descartado determinadas enfermedades significa exactamente eso: que esas enfermedades no se han encontrado, no que la persona invente sus síntomas. La experiencia del dolor depende de más cosas que del estado de un músculo, una articulación o un tejido concreto.</p>
<p>Buscar indefinidamente una lesión que explique cada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/no-saber-que-sientes/">sensación corporal</a> puede no ser el camino más útil. Una vez realizadas las valoraciones médicas necesarias, conviene ampliar la peregunta. Además de «¿qué lesión tengo?», es importante identificar qué hace que el problema aparezca, qué lo empeora, qué lo alivia, cómo estamos durmiendo, cuánto nos movemos o qué ha cambiado en nuestra vida.</p>
</div>
</div>
</div>
</div>
</div>
</div>
</section>
</div>
</div>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>¿Dónde está la respuesta?</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Una mandíbula dolorida puede necesitar una valoración de la articulación temporomandibular y de la musculatura implicada. Una cervicalgia requiere explorar movilidad, fuerza y otros posibles factores musculoesqueléticos y un dolor persistente necesita conocer su historia y descartar aquello que deba ser estudiado médicamente. Si además esa persona lleva meses durmiendo mal, vive en estado de<a href="https://psicologiasanchinarro.com/ansiedad-como-copiloto/"> ansiedad</a>, ha abandonado prácticamente toda actividad o pasa buena parte del día pendiente de sus sensaciones físicas, hemos de prestar atención a esos factores.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>No pretendemos encontrar una explicación psicológica a cada dolor de espalda ni buscar una contractura tras un periodo de ansiedad. La rodilla puede doler porque hay una lesión. Y un dolor nuevo, intenso, persistente o acompañado de otros síntomas puede requerir valoración médica. Pero hay quien lleva mucho tiempo peregrinando de consulta en consulta intentando averiguar qué especialista tiene la respuesta a lo que le pasa. Y,  cuando eso ocurre, es el momento de preguntarnos si la explicación es exclusivamente médica.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
</div><p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/cansancio-y-depresion/">La pastilla adecuada</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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		<title>Un bolígrafo a la espalda</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/motivaciones-de-la-mentira-infantil/</link>
					<comments>https://psicologiasanchinarro.com/motivaciones-de-la-mentira-infantil/#respond</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 25 Jun 2026 11:49:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[disciplina positiva]]></category>
		<category><![CDATA[mentira infantil]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h2>¿Por qué miente mi hija?</h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Ante la cara de exagerada inocencia de la niña protagonista de nuestra viñeta y el bolígrafo que oculta a la espalda es fácil deducir que las calificaciones que valoran su rendimiento a lo largo del curso no son precisamente buenas. La pregunta inevitable es: ¿qué esperaba  esta niña que ocurriera si llevaba las verdaderas notas a casa?</p>
<p>Muchos padres y madres responderán de inmediato: «<em>Pues una buena bronca, claro. Tiene que aprender que las cosas tienen consecuencias</em>». Y la respuesta suena razonable, ya que las consecuencias forman parte de la educación. Pero  extraigamos una derivada de la pregunta anterior: ¿Qué ha aprendido esta niña sobre la reacción de sus padres?</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>Tres grandes categorías de mentiras</strong></h3>

		</div>
	</div>

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<p>Podemos clasificar las mentiras infantiles en tres grandes categorías:
</p></div>
</div>
</div>
</div>
</div>
</div>
</section>
</div>
</div>

		</div>
	</div>
<div class="ult-spacer spacer-6ac92e3f8286b" data-id="6ac92e3f8286b" data-height="20" data-height-mobile="20" data-height-tab="20" data-height-tab-portrait="" data-height-mobile-landscape="" style="clear:both;display:block;"></div><ul class='dt-sc-fancy-list  blue  circle-bullet'>
<li><strong>Mentiras para ocultar una transgresión</strong>. Esta es la categoría en la que se ha venido centrando la investigación clásica. La motivación principal es evitar una consecuencia negativa. La mayoría de los niños son capaces de recurrir a ella de forma deliberada desde muy corta edad (3-4 años).</li>
<li><strong>Mentiras para obtener un beneficio</strong>, ya sea exagerando un logro o afirmando que se ha cumplido una tarea, por ejemplo. Curiosamente, son menos numerosas que la ocultación de transgresiones.</li>
<li><strong>Mentiras prosociales</strong>. Son las famosas «mentiras piadosas» cuyo objetivo básico es facilitar la convivencia amortiguando conflictos menores. Esta capacidad aparece más tarde (en torno a los 7 años) ya que requiere comprender que la otra persona tiene <a href="https://www.logopediasanchinarro.es/el-don-de-ir-mas-alla-de-las-palabras/" target="_blank" rel="noopener">estados mentales</a> distintos de los nuestros, inhibir la respuesta genuina y conocer las normas de cortesía.</li>
</ul><div class="ult-spacer spacer-6ac92e3f8290e" data-id="6ac92e3f8290e" data-height="20" data-height-mobile="20" data-height-tab="20" data-height-tab-portrait="" data-height-mobile-landscape="" style="clear:both;display:block;"></div>
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Como la viñeta representa claramente una mentira orientada a ocultar una mala noticia, centrémonos en las dos motivaciones que probablemente intervienen aquí: obtener una recompensa o evitar un castigo.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Recompensas y castigos</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>El castigo puede adoptar múltiples formas: bronca, pérdida de privilegios, quedarse sin vacaciones,  las comparaciones con un hermano o la cara de decepción de los padres.</p>
<p>Ambas motivaciones —obtener un premio o evitar un castigo— funcionan de forma parecida. Una <a href="https://www.logopediasanchinarro.es/estrategias-de-modificacion-de-conducta-una-herramienta-valiosa/" target="_blank" rel="noopener">conducta</a> determinada tiene más probabilidades de repetirse si con ella obtenemos algo deseable o evitamos algo molesto. El niño que trampea una nota puede estar buscando que le feliciten, tratando de librarse de una regañina o ambas cosas.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>¿Padres exigentes, hijos mentirosos?</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Esa afirmación sería totalmente simplista. El asunto es bastante más complejo: hay niños que comunican una mala nota tan pronto entran por la puerta y otros esconden un examen con un cinco raspado aunque sepan que en casa apenas habrá consecuencias.</p>
<p>Hagámonos la pregunta siguiente:<strong> ¿qué información utiliza mi hijo para prever mi reacción?</strong></p>
<p>Los adultos creemos que nuestros hijos recuerdan cuanto les decimos. Tal vez, pero nuestras palabras calarán unas veces más y otras menos.  Lo que sí recuerdan perfectamente es cómo nos comportamos. Si después de cada suspenso hay sermones interminables, amenazas, comparaciones o  tensiones prolongadas, el mensaje es claro: el coste de un mal resultado es elevado.</p>
<p>En ese momento, la mentira es una eficaz <a href="https://www.logopediasanchinarro.es/el-castigo-negativo/" target="_blank" rel="noopener">estrategia de evitación</a>. Reduce la ansiedad inmediata porque compra unas horas de tranquilidad.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Una percepción errónea de la mentira</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Algunos padres interpretan la mentira como <strong>demostración de que hace falta endurecer las consecuencias</strong>. Y el niño confirma, con esta lógica, que tenía razones para ocultar lo ocurrido.</p>
<p>Revisemos otra idea extendida: la de que <strong>el hijo solo teme el castigo cuando los padres son muy autoritarios</strong>. Algunos niños especialmente sensibles a la desaprobación viven con intensidad la decepción de sus padres con independencia de que estos sean autoritarios o no. En esas familias apenas hay gritos ni castigos severos, pero pesa el miedo a defraudar. La conducta termina siendo la misma: ocultar el problema.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>¿Normas estrictas o excesiva permisividad?</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Quizá el indicador más útil no pase por preguntarse si las normas son demasiado estrictas o, por el contrario, permisivas. Planteémoslo de otra forma: ¿cree mi hijo que puede traer una mala noticia sin que la conversación se convierta en un juicio sobre él?</p>
<p>Es una diferencia importante. Una cosa es analizar qué ha ocurrido, qué <a href="/autocontrol-e-impulsividad/">dificultades</a> ha tenido y qué cambios hacen falta. Otra distinta es que el niño salga de la conversación convencido de que ha decepcionado a quienes más necesita.</p>
<p>Ningún padre puede garantizar que su hijo nunca mienta. Tampoco sería realista aspirar a eso. Los niños, igual que los adultos, tratan a veces de escapar de las consecuencias de sus actos. Lo que sí podemos hacer es procurar que decir la verdad no sea mucho más amenazante que el propio problema.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>Si nuestra hija piensa que reconocer un suspenso es peor que haber suspendido, probablemente dedicará más energía a esconder el boletín que a entender por qué le ha ido mal. Y no es ese el aprendizaje que deseamos.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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		<title>Estrés térmico y productividad</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/calor-y-efectos-en-la-productividad/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 24 Jun 2026 10:37:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[Psicología del trabajo]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>Trabajar con calor no es solo cuestión de voluntad</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Somos muchos los que en estos días de calores tórridos cada vez más frecuentes consultamos el parte meteorológico con la esperanza de que el astro Sol nos dé una tregua y, ya en el colmo de la alegría, caigan unas gotas que refresquen el asfalto. El «¡Quién puede trabajar con este calor!» es una queja recurrente en ascensores, establecimientos —pese al aire acondicionado— y, no digamos, entre quienes trabajan en la agricultura, la construcción, la recogida de residuos u otros sectores de una larga lista de actividades al aire libre.</p>
<p>La frase suele pronunciarse medio en broma, como si fuera una excusa más para rendir menos o posponer tareas. Sin embargo, la investigación sobre el estrés térmico lleva décadas mostrando que el calor afecta de forma directa al funcionamiento físico y mental de las personas.</p>
<p>A partir de determinadas temperaturas —que varían según la humedad, la actividad realizada o la aclimatación, entre otros factores— aumenta la sensación de incomodidad, disminuye la capacidad de concentración y se ralentizan los tiempos de reacción. Aparece somnolencia, cuesta más mantener la atención durante periodos prolongados y los errores son más frecuentes. En los trabajos físicos se dispara el esfuerzo cardiovascular y se manifiesta antes la fatiga.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Una sensación muy objetiva</strong></h3>

		</div>
	</div>

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<div class="markdown prose dark:prose-invert wrap-break-word w-full light markdown-new-styling">
<p>Esta sensación no tiene nada de subjetiva. Para mantener la temperatura corporal dentro de unos márgenes compatibles con la vida, el organismo pone en marcha una batería de mecanismos fisiológicos: sudoración, vasodilatación, aumento de la frecuencia cardiaca y respiratoria, modificaciones hormonales y cambios en los niveles de activación. Todo esto consume recursos. El cuerpo dedica gran parte de su energía a refrigerarse… y queda menos para otras tareas.</p>
<p>Más allá de aspectos como la enfermedad, la edad avanzada, algunos medicamentos  o una humedad ambiente elevada, la respuesta al calor también depende del grado de aclimatación, designación que damos a los cambios fisiológicos experimentados por el cuerpo tras varios días de  temperaturas elevadas recurrentes.
</p></div>
</div>
</div>
</div>
</div>
</div>
</section>
</div>
</div>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>¿Dejamos de pasar calor cuando nos aclimatamos?</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>En realidad no dejamos de pasar calor, pero nuestro cuerpo lo gestiona con mayor eficacia echando mano de algunas ayudas fisiológicas:</p>

		</div>
	</div>
<ul class='dt-sc-fancy-list  blue  circle-bullet'>
<li>Sudamos antes y en mayor cantidad: la transpiración corporal se adelanta y la mayor cantidad de sudor disipa mejor el calor mediante evaporación.</li>
<li>Nuestro sudor contiene menos sal para que el organismo conserve el sodio y otros electrolitos, lo que ayuda a mantener el equilibrio hídrico. La sensación de debilidad, el dolor de cabeza, los calambres y, en los casos más graves, las alteraciones de la presión arterial son algunas de las manifestaciones que acompañan a la pérdida de agua y sales minerales.</li>
<li>Disminuye el esfuerzo cardiovascular: a igual cantidad de calor y actividad, la frecuencia cardiaca es menor. La temperatura corporal también aumenta menos cuando realizamos un esfuerzo.</li>
</ul><div class="ult-spacer spacer-6ac92e3f867de" data-id="6ac92e3f867de" data-height="20" data-height-mobile="20" data-height-tab="20" data-height-tab-portrait="" data-height-mobile-landscape="" style="clear:both;display:block;"></div>
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Obviamente, la climatización tiene un límite, pero nos ayuda a sobrellevar el calor con más alegría.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>El estado de ánimo también se resiente</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>El impacto de las altas temperaturas no se limita al rendimiento. Los cambios en el <a href="https://psicologiasanchinarro.com/malestar-otonal/">estado de ánimo</a> también son evidentes. Cuando el malestar físico se prolonga durante horas o días (y el escaso descenso de las temperaturas nocturnas impide el sueño reparador) crece la irritabilidad y disminuye la tolerancia a las molestias cotidianas. Cualquiera que haya vivido una ola de calor intensa sabe de las dimensiones desproporcionadas que puede alcanzar lo que en condiciones climatológicas más benignas no pasaría de una pequeña contrariedad.</p>
<p>Durante los episodios de calor extremo, los pensamientos se alejan de las <a href="https://psicologiasanchinarro.com/tratamientos-problemas-laborales/">obligaciones laborales</a> para centrarse en objetivos más inmediatos: encontrar sombra, beber agua, refrescarse o descansar, todos ellos perfectamente razonables desde el punto de vista biológico. El cerebro presta más <a href="https://psicologiasanchinarro.com/autorregulacion-atencional/">atención</a> a lo que considera necesario para el bienestar inmediato que a objetivos abstractos o diferidos.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>Un fenómeno de consecuencias globales</strong></h3>

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			<p>Las consecuencias de este fenómeno cada vez más prolongado en el tiempo van más allá de las experiencias individuales. Las pérdidas de <a href="https://psicologiasanchinarro.com/multitarea/">productividad</a> asociadas al calor están bien documentadas, en particular en sectores que dependen del trabajo al aire libre. A medida que aumentan las temperaturas, se requieren más pausas, más medidas de protección y la reorganización de horarios para reducir riesgos.</p>
<p>No está de más tener esto presente cuando hablamos de regiones que soportan temperaturas elevadas durante buena parte del año. Quienes trabajan en esos entornos se enfrentan a condiciones que no experimentamos quienes vivimos en climas más benignos (aunque el verano nos da una idea de lo dura que puede ser la experiencia). A menudo damos por sentado que determinadas formas de organizar el trabajo, los horarios o incluso algunas costumbres culturales responden únicamente a tradiciones locales cuando, en realidad, son adaptaciones prácticas a condiciones ambientales exigentes.</p>

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			<h3>Ponerse en la piel del otro</h3>

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			<p>Visto lo anterior, seamos conscientes de los esfuerzos que hacen millones de personas para desenvolverse y trabajar en condiciones climáticas difíciles. El calor aumenta el riesgo físico y obliga a seguir rindiendo mientras el organismo intenta protegerse de un entorno hostil. Que muchas de esas personas conserven el buen humor tiene mérito en estas circunstancias.</p>
<p>Quizá esta perspectiva nos ayude a revisar con cautela algunos tópicos sobre los países cálidos y sus habitantes. Las diferencias culturales existen. Pero el clima no es un simple decorado. Influye en cómo vivimos y trabajamos. Y también en las estrategias desarrolladas para hacer llevaderas determinadas condiciones de vida. El humor es una de ellas.</p>

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			<p>Visto lo anterior, seamos conscientes de los esfuerzos que hacen millones de personas para desenvolverse y trabajar en condiciones climáticas difíciles. El calor aumenta el riesgo físico y obliga a seguir  a seguir rindiendo mientras el organismo intenta protegerse de un entorno hostil. Que muchas de ellas conserven además el buen humor tiene bastante mérito.</p>
<p>Quizá esa perspectiva nos ayude a revisar con cierta cautela algunos tópicos sobre los países cálidos y sus habitantes. Las diferencias culturales existen, desde luego. Pero el clima no es un simple decorado. Influye en cómo vivimos, cómo trabajamos y qué estrategias desarrollamos para hacer llevaderas determinadas condiciones de vida.</p>

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			<blockquote>
<p>Se dice que no hay nada como sentir en propia piel los padecimientos ajenos para comprenderlos un poco mejor. Quizás estas elevadas temperaturas que tantas quejas despiertan entre nosotros nos hagan ser un poco más comprensivos con quienes no tienen la suerte de que sean estacionales.</p>
</blockquote>

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		<title>Fin de curso: tus hijos están agotados</title>
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		<pubDate>Sat, 13 Jun 2026 10:01:33 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
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			<p><strong>y tú también.</strong></p>

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			<p>Si eres padre o madre de uno o varios hijos, conoces de primera mano el nivel de desgaste con el que muchos chavales acaban el curso escolar y su necesidad de disfrutar de un tiempo alejados de las aulas y obligaciones académicas. Esta experiencia se repite todos los años y, a estas alturas, ya eres un avezado o una avezada experta en estas lides. Ahora toca bandearse durante los meses de verano en ese complejo terreno conocido como la «conciliación familiar», pero ese es otro cantar.</p>
<p>Lo que quizás te resulte  llamativo, si te paras a pensarlo, es el cansancio que también tú acumulas en estas fechas.  Y es que a las <a href="https://psicologiasanchinarro.com/tratamientos-problemas-laborales/">obligaciones laborales</a>, familiares y domésticas se suman las escolares: llevas todo un curso estudiando mano a mano con tu hijo y los resultados son más bien descorazonadores. Tratas de entender qué le ocurre o que podría funcionar para mejorar las cosas, pero no acabas de dar con la tecla.</p>
<p>Has hablado con profesores. Has supervisado las tareas del niño (o de la niña) cada día. Has dedicado tardes enteras a estudiar con tu hijo. Han probado todos los sistemas de organización habidos y por haber. Por supuesto, has buscado información por internet y escuchado opiniones de familiares (en ocasiones, poco afortunadas a tu juicio). Y, sin embargo, el problema sigue ahí, aunque haya sacado el curso a trancas y barrancas.</p>
<p>Las dificultades escolares suelen ser el aspecto más visible. Malas calificaciones o aprobados raspados, deberes que se eternizan o unos resultados a años luz del ímprobo esfuerzo realizado, tanto por tu hijo como por ti. Sin embargo, lo que más te agota no es el<a href="https://www.logopediasanchinarro.es/la-potencia-sin-control-no-sirve-de-nada/" target="_blank" rel="noopener"> rendimiento académico</a>, por importante que este sea. Es la sensación de estar actuando a ciegas.</p>

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			<h3><strong>La desgastante incertidumbre</strong></h3>

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<p>Llevas meses de dudas: ¿le estamos exigiendo demasiado? ¿o quizás demasiado poco? ¿es un problema de atención? ¿de ansiedad? ¿de falta de hábitos? ¿es una dificultad específica de aprendizaje? ¿es algo transitorio o conviene buscar ayuda?</p>
<p>La<a href="https://psicologiasanchinarro.com/el-peso-de-los-por-si-acaso/"> incertidumbre</a> prolongada genera más desgaste psicológico del que imaginamos. Cuando entendemos qué está ocurriendo, aunque la situación sea difícil, podemos tomar decisiones informadas. El desconocimiento nos lleva a actuar por prueba y error. Y, cuando se trata de nuestros hijos, pocas cosas generan tanta inseguridad como no saber si estamos ayudando o, por el contrario, empeorando las cosas.</p>
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			<h3><strong>Las discrepancias hacen acto de presencia</strong></h3>

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			<p>Es posible que surjan discrepancias con tu pareja. Uno piensa que el niño necesita más disciplina. El otro cree que está desbordado. Uno considera que conviene esperar. El otro quiere consultar cuanto antes. Son desacuerdos esperables y desgastantes. Sin información suficiente, cada cual interpreta la situación a partir de su experiencia, sus preocupaciones y<a href="https://psicologiasanchinarro.com/actividades-extraescolares/"> sus ideas sobre educación</a>.</p>
<p>También se resiente la relación con vuestro hijo o hija. Las tardes terminan girando alrededor de los deberes, las notas o las discusiones sobre el mismo tema. Las obligaciones escolares parecen fusionarse con la hora de la cena. Y en ese tiempo ejerces las funciones más variopintas, —profesor particular, entrenador de hábitos, supervisor de tareas y gestor emocional—, en ocasiones sin demasiada cualificación.</p>

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			<h3><strong>La culpa invisible</strong></h3>

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			<p data-start="374" data-end="413">Y está esa forma de culpa poco visible.</p>
<p data-start="415" data-end="887">Te preguntas si podías haberlo hecho mejor. Revisas decisiones tomadas años atrás. Te acuerdas de cambios de colegio, separaciones, problemas familiares, épocas en las que trabajabas demasiado. Es posible que establezcas relaciones entre acontecimientos que ocurrieron hace años y las dificultades que observas ahora, aunque no tengas ningún motivo claro para establecer esa vinculación.</p>
<p data-start="889" data-end="1198">También aparecen las comparaciones. Comparas a tu hijo con otros niños de la misma edad. Comparas tu manera de educar con la de otras familias. Comparas los resultados obtenidos con el esfuerzo realizado. Y te sientes peor.</p>
<p data-start="1200" data-end="1587">Cuando no entendemos qué está ocurriendo, tratamos de encontrar explicaciones plausibles. Y si se trata de nuestros hijos, la primera hipótesis suele ser que el problema está en nosotros: <em>¿soy demasiado exigente o, por el contrario, excesivamente permisivo? ¿tendría que haber actuado antes? ¿me estoy preocupando por naderías?</em>&#8230;</p>
<p data-start="1589" data-end="1869">Estas preguntas ocupan muchísimo espacio mental y pocas veces conducen a soluciones prácticas. Intentas averiguar qué le ocurre a tu hijo y acabas evaluando continuamente tus propias decisiones como padre o madre.</p>
<p data-start="1871" data-end="2224">Por si fuera poco, te llegan opiniones de todas partes. Profesores, familiares, <a href="https://psicologiasanchinarro.com/no-me-animes-asi/">amigos,</a> otros padres e internet ofrecen explicaciones distintas, muchas veces contradictorias. Algunas son razonables y otras no. Pero cuando llevas tiempo preocupado, cualquier comentario tiene muchas más repercusiones en ti.</p>

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			<h2><strong>Los beneficios del fin de curso</strong></h2>

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			<p>El final del curso escolar ofrece una ventaja relevante. La presión cotidiana disminuye durante unas semanas y se produce cierto distanciamiento de esos problemas que eran el día a día hasta hace nada. Con el distanciamiento, algunas situaciones se ven con más claridad.</p>
<p>A estas alturas del año ya sabemos bastante sobre cómo ha funcionado el niño. Sabemos qué dificultades se han mantenido durante meses, cuáles aparecen en distintos contextos y cuáles mejoran cuando cambian las circunstancias. Disponemos de mucha más información que en septiembre.</p>
<p>Esta información puede bastar para comprender que determinadas preocupaciones formaban parte de una etapa evolutiva normal. También nos ayuda a identificar señales que justifican una <a href="https://psicologiasanchinarro.com/ninos-evaluacion-neuropsicologica/">evaluación</a> más detallada. Ambas son buenas noticias, porque reducen la incertidumbre.</p>
<p>Por regla general, los padres buscan soluciones rápidas cuando están preocupados. Es una reacción lógica, pero lo más eficaz no es la intervención inmediata, sino comprender cuál es exactamente problema. Las <a href="https://psicologiasanchinarro.com/ninos-intervencion-psicologica-infantil/">intervenciones</a> —educativas, psicológicas o logopédicas— solo funcionan si tenemos claro qué estamos intentando resolver.</p>

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			<blockquote>
<p>Las dificultades no van a desaparecer de la noche a la mañana porque entiendas lo que pasa. Pero evitan que la familia siga acumulando desgastantes meses de esfuerzo, preocupación y discusiones y te permiten actuar con conocimiento de causa y no sobre «lo que tal vez sea». En su momento había un spot publicitario muy conocido que decía «La potencia sin control no sirve de nada». Llevado a nuestro terreno, podríamos decir que «La buena voluntad sin información sirve de poco»</p>
</blockquote>

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