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	<title>relaciones interpersonales archivos - Psicología BlaBla</title>
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	<title>relaciones interpersonales archivos - Psicología BlaBla</title>
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		<title>Cuando tus hijos no dejan de discutir</title>
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		<pubDate>Mon, 20 Apr 2026 17:18:57 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[relaciones interpersonales]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/cuando-los-hijos-no-dejan-de-discutir/">Cuando tus hijos no dejan de discutir</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
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			<h2><strong>Qué está pasando y qué puedes hacer</strong></h2>

		</div>
	</div>

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			<p>Si tienes más de un hijo, lo sabes con certeza: el conflicto entre hermanos es la regla, no la excepción.</p>
<p>Pero una cosa es que los hermanos discutan y otra muy distinta vivir en un clima de tensión constante en casa. Cuando las peleas son frecuentes o alcanzan cotas excesivamente intensas, dejan de ser algo «normal» y desgastan a toda la familia. Empezando por ti.</p>
<p>Llegados a este punto, muchos padres se preguntan: <em>¿Estoy haciendo algo mal? ¿Debería intervenir más? ¿O quizás menos?</em></p>
<p>Antes de responder a esto, conviene conocer algunos factores que influyen directamente en el desarrollo de los conflictos entre hermanos. Porque aunque no sea evidente,  lo que hacemos en casa influye en gran medida en la evolución de estas situaciones.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>El vínculo antes que las normas</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Cuando tus hijos discuten es fácil lanzarse a corregir, mediar o imponer soluciones. Pero si la relación entre vosotros es débil o está deteriorada, esas intervenciones tienen poco recorrido.</p>
<p>Por lo general, en ausencia de un buen vínculo, tus hijos no acogen tus palabras como una ayuda, sino como una imposición. En lugar de reducir el conflicto, es probable que lo empeores.</p>
<p>Tu aportación durante el enfrentamiento tiene importancia, obviamente, pero la eficacia de lo que dices depende en gran medida de la relación que hayáis ido construyendo antes.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3>No necesitan un trato igualitario, sino equitativo</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Esta es una de las dificultades cuando conviven un adolescente y un niño bajo el mismo techo.  No puedes tratarles de la misma forma ni aplicar idénticas normas. Y esto, que en principio parece razonable a la vista de sus diferentes niveles de madurez, puede ser percibido por  uno de ellos (o ambos) como muestra de favoritismo o trato injusto.</p>
<p>Aquí la palabra no es igualdad, sino equidad. Si explicas a tus hijos los criterios aplicados con claridad (por qué uno tiene ciertos permisos y otro no), es más fácil que lo entiendan&#8230; aunque no te garantizo que siempre lo acepten. De lo que sí puedes tener la seguridad es de que, en ausencia de criterios coherentes, los hermanos entrarán en el bucle de comparaciones con el consiguiente conflicto.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3>Las normas importan; cómo las transmites aún más</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Contar con un conjunto (limitado) de normas claras ayuda a organizar la convivencia. Pero si tratas de imponerlas, lo más probable es que no funcionen.</p>
<p>Cuando explicas el por qué de esas normas, tus hijos comprenden que no son arbitrarias. Probablemente cuestionen algunas —sobre todo, si son adolescentes —, pero reduces el conflicto que acompaña a la ambigüedad.</p>
<p>Y hay algo que tienes que dejar muy claro en casa: la agresión, física o verbal, es inaceptable.</p>
<p>Un comportamiento en el que padres y madres caemos inconscientemente son las comparaciones entre hermanos. Las comparaciones, aunque sean sutiles, alimenta la rivalidad. Reconocer las capacidades sin establecer jerarquías funciona mucho mejor.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3>Es normal que conectes más con uno de tus hijos</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Esto genera bastante incomodidad en los padres, pero ocurre con frecuencia. Puedes sentir más afinidad con uno de tus hijos y quererlos a todos por igual.</p>
<p>Negar ese hecho genera más tensión que reconocerlo. Lo relevante es que esa afinidad no se traduzca en diferencias de trato.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3>El espacio personal importa</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>A medida que tus hijos crecen y, en particular, cuando entran en la adolescencia, aumenta su necesidad de controlar su espacio.</p>
<p>Si no hay acuerdos sobre el uso y organización de los lugares compartidos, acaban surgiendo los roces.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3>El tiempo compartido ya no surge «solo»</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Cuando tus hijos eran pequeños, los días estaban llenos de momentos compartidos. En la adolescencia no.</p>
<p>Si convives con un adolescente, ya sabes que no buscará espontáneamente ese rato contigo (aunque pueda necesitarlo). Ahora eres tú quien toma la iniciativa.</p>
<p>A veces será a través de actividades compartidas. Otras, simplemente estando disponible.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3>Necesitan poder decidir (aunque no te guste cómo lo hacen)</h3>

		</div>
	</div>

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		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Este es un motivo recurrente de enfrentamiento. Cuando el adolescente  no tiene margen para decidir, lo busca a través de la oposición.</p>
<p>No se trata de dejarles hacer lo que quieran, sino de delimitar con claridad sobre qué pueden decidir y qué es innegociable.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3>Acepta que tu hijo ya no es el mismo</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>El paso de la infancia a la adolescencia supone un cambio profundo en la forma  en cómo nuestro hijo o hija se comporta y relaciona con la familia.  Y, aunque se diga que esto solo ocurre a los niños, también los adultos somos reacios al cambio. De ahí los comentarios del tipo: «<em>tú no eras así»</em> o «<em>no te reconozco»</em>.</p>
<p>Y así es: nuestros hijos no son los mismos y nos toca asumir ese cambio.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Cuidado con las etiquetas</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Repetir a nuestro hijo que es «conflictivo», «desordenado» o «irresponsable» no genera, por lo general, cambios de conducta. Es más, puede acabar reforzándolas al asignarle un rol dentro de la familia con el que es difícil romper.</p>
<p>Si el adolescente escucha una y otra vez que es un  irresponsable, por ejemplo, puede acabar asumiendo que esa es su naturaleza y lo que los demás esperan de él.</p>
<p>Centremos nuestros comentarios en conductas concretas («<em>esto que has hecho no está bien») </em>y no en definir a la persona («<em>eres un desastre</em>»).</p>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>Los conflictos entre hermanos no van  a desaparecer (ni es necesario), entre otras cosas porque tienen una función importante en el desarrollo de la persona (de la que ya hemos hablado en posts anteriores). Pero su frecuencia, intensidad y evolución no son aleatorias. Están influidas en buena medida por las dinámicas familiares y tu intervención como padre o madre.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
</div><p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/cuando-los-hijos-no-dejan-de-discutir/">Cuando tus hijos no dejan de discutir</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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		<title>Conflictos entre hermanos en la adolescencia</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/conflictos-entre-hermanos-en-la-adolescencia/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 18 Apr 2026 15:07:18 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[relaciones interpersonales]]></category>
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	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h2><strong>Qué hay detrás</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>El <a href="https://psicologiasanchinarro.com/replantearnos-la-parentalidad/">conflicto</a> es inherente al complejo vínculo mantenido entre hermanos, donde se mezclan sentimientos tan contradictorios como un profundo afecto y la competencia por el cariño de los padres. El conflicto no puede ser ajeno a una relación tan intensa y cotidiana como la fraternal. En la adolescencia, sin embargo, adquiere características propias que pueden ser malentendidas.</p>
<p>Antes de seguir adelante, tengamos en cuenta un hecho inamovible: el conflicto entre hermanos no es una anomalía. Esta forma de interacción entre iguales cumple una importante función en su desarrollo. A través de esos intercambios —por muy llamativos que puedan parecer—, los chavales aprenden a negociar, a defender su opinión y —algo importantísimo— estrategias de regulación emocional.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Cambios en el conflicto durante la adolescencia</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Los conflictos son más visibles durante la <a href="https://psicologiasanchinarro.com/adolescentes-repetidores/">adolescencia</a> y no necesariamente porque se produzcan con más frecuencia. Lo que cambia es su intensidad, contenido y cómo se expresan.</p>
<p>Una forma útil de entender el conflicto en esta etapa es considerarlo una expresión de necesidades. A menudo, el adolescente no cuenta con los recursos necesarios para expresar lo que le ocurre sin más. El desarrollo del control ejecutivo aún es limitado y la carga emocional elevada, lo que condiciona su forma de relacionarse.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3>Diferencias evolutivas entre hermanos</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p data-start="1133" data-end="1528">Las <strong>diferencias evolutivas</strong> entre hermanos tienen gran peso en el conflicto. No se encuentran en el mismo momento vital ni comparten intereses o necesidades. El adolescente quiere diferenciarse, proteger su espacio y construir una identidad propia. El hermano menor probablemente siga necesitando cercanía y compartir espacios que el adolescente ahora rechaza. Esta diferencia de necesidades genera fricción.</p>
<p data-start="1530" data-end="1829">La <strong>delimitación del espacio persona</strong>l es otra fuente de conflicto. El adolescente establece límites claros sobre su entorno inmediato: su habitación, sus cosas, sus amigos, su tiempo. La forma en cómo lo expresa puede parecer desproporcionada  (no digamos a los hermanos con los que hasta ahora había compartido juegos), pero responde a una necesidad real de control y diferenciación.</p>
<p data-start="1831" data-end="2122">Surge el deseo de<strong> explorar los propios <a href="https://psicologiasanchinarro.com/familias-entrenamiento-parental/">límites</a></strong>. El adolescente prueba hasta dónde puede llegar. Provocar, desafiar o incomodar al hermano forma parte de este proceso. No siempre hay intención de daño. En muchos casos es un ensayo en un entorno en el que se siente seguro.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3>Comparación, justicia y regulación emocional</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p data-start="2174" data-end="2422">El<strong> sentido de la justicia adquiere peso</strong>. Crece el sentido crítico ante las diferencias (reales o percibidas) en el trato por parte de los padres. Las comparaciones, explícitas o implícitas, generan malestar y son motivo frecuente de discusión.</p>
<p data-start="2424" data-end="2607"><strong>La comparación entre hermanos es habitual</strong>. Forma parte del proceso de construcción de la identidad y de la autoestima. Le permite definirse frente al otro, pero también es causa de rivalidad, competencia o crítica.</p>
<p data-start="2609" data-end="2935">La <a href="https://psicologiasanchinarro.com/secuestro-emocional/"><strong>regulación emocional</strong> </a>es otro factor relevante. Los cambios hormonales y la inestabilidad emocional disparan las respuestas inadecuadas. En ocasiones, el conflicto con el hermano actúa como vía de descarga. No siempre hay un motivo claro en el momento en que se produce. La reacción responde a una acumulación previa de tensiones.</p>
<p data-start="2937" data-end="3205">El conflicto también cumple una<strong> función de conexión</strong>. Cuando el adolescente no dispone de otras estrategias, recurre a la provocación o a <a href="https://psicologiasanchinarro.com/culpabilidad-femenina/">la crítica</a> como mecanismo para mantener el vínculo. No es una forma adecuada de relación, pero es de la que dispone en ese momento,</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3>Dinámica familiar y función del conflicto</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p data-start="3254" data-end="3501">Se manifiesta también la necesidad de<strong> redefinir el lugar dentro de la familia</strong>. El adolescente deja atrás los roles de la infancia en un proceso que no es lineal. El conflicto puede aparecer como medio de cuestionar o romper con esas posiciones previas.</p>
<p data-start="3503" data-end="3769">Pero no todas las causas del conflicto son achacables al adolescente. La dinámica familiar influye de forma directa. La distribución de responsabilidades, los roles asignados, las expectativas o las diferencias en el trato condicionan la relación entre hermanos.</p>
<p data-start="3771" data-end="4046">Los padres valoran distintas capacidades en cada hijo. Es algo natural. Sin embargo, cuando esas valoraciones se traducen en comparaciones o en <a href="https://psicologiasanchinarro.com/emocion-antes-que-razon-2/">etiquetas</a> que refuerzan determinados comportamientos, terminan intensificando la rivalidad entre hermanos y dificultando la relación.</p>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>Entender la naturaleza del conflicto nos ayuda a los padres a intervenir con conocimiento de causa, partiendo de la base de que hemos de dar a nuestros hijos la oportunidad de que aprendan a resolver sus conflictos sin intervenciones innecesarias. Reducirlo a una conducta que hemos de eliminar no da buenos resultados. El conflicto es parte del <a href="https://psicologiasanchinarro.com/los-cierres-en-falso-en-los-confictos/">vínculo entre hermanos </a>y cumple una valiosa función en el desarrollo del individuo.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
</div><p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/conflictos-entre-hermanos-en-la-adolescencia/">Conflictos entre hermanos en la adolescencia</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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			</item>
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		<title>Relaciones entre hermanos en la edad adulta</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/los-cierres-en-falso-en-los-confictos/</link>
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		<pubDate>Fri, 17 Apr 2026 16:56:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[relaciones interpersonales]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>Conflictos infantiles y cierres en falso</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Cuando hablamos de relaciones entre hermanos, solemos dar por hecho que serán fluidas por el mero hecho de tratarse de <a href="https://www.logopediasanchinarro.es/conflictos-entre-hermanos/" target="_blank" rel="noopener">hermanos</a>. Sin embargo, en clínica encontramos relaciones marcadas por el distanciamiento, el conflicto recurrente o la convivencia reducida a lo rigurosamente necesario.</p>
<p>Lo que se manifiesta en la edad adulta no acostumbra a partir de cero. En muchos casos son formas de relación que se configuraron en la infancia y no han variado desde entonces. Puede tratarse de rivalidades no resueltas, roles asignados que no han admitido modificación o dinámicas familiares sin revisar.</p>
<p>El <strong>conflicto entre hermanos es inherente al vínculo</strong>.  La convivencia, la competencia por la atención de los padres o la necesidad de diferenciarse entre sí generan tensiones. Si el conflicto se evita por sistema, se cierra en falso o se cronifica, terminará reapareciendo antes o después.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Dinámicas que nacen en la infancia</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Los conflictos infantiles no solventados tienen, en la edad adulta, manifestaciones muy distintas y, en ocasiones, veladas. No tienen por qué traducirse en discusiones abiertas. Pueden adoptar la forma de distanciamiento mantenido en el tiempo, dificultades para colaborar en cuestiones familiares o malestar que se dispara en los encuentros puntuales. Otras veces aparecen en momentos concretos: enfermedad de los padres, reparto de responsabilidades, decisiones económicas. En esas situaciones, <strong>la historia previa puede tener más peso que el problema actual</strong>.</p>
<p>También influye la <strong>posición que cada hermano</strong> ocupa dentro de la familia. Los roles se asignan pronto y tienden a mantenerse. Está el hermano responsable; el que acostumbra a quedarse al margen; el que parece buscar siempre la confrontación; o el que la evita a toda costa. Estos roles no suelen revisarse, pese tiempo transcurrido, y su atribución implícita dificulta las relaciones presentes.</p>
<p>La<strong> percepción del trato recibido</strong> por parte de los padres es otro elemento relevante. No se trata de lo que ocurrió, sino de cómo fue vivido por cada uno de los implicados. Diferencias en cuanto a exigencias, reconocimiento o expectativas provocan interpretaciones que se consolidan. Si esas percepciones no se contrastan, terminan estableciéndose como punto de referencia en la relación entre hermanos.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3>Distanciamiento entre hermanos: causas emocionales y patrones repetidos</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>La<strong> intensidad emocional</strong> de este vínculo incrementa su complejidad. Las reacciones entre hermanos no se explican solo por la situación actual. Están condicionadas por la historia compartida y por expectativas construidas durante años. Determinadas interacciones activan respuestas que, vistas desde el presente, parecen desproporcionadas.</p>
<p>En este contexto, no es extraño que se vayan dispersando algunos vínculos. La distancia es una forma de reducir el malestar cuando no hay recursos para abordarlo de otra manera. Otras veces no se produce ese distanciamiento pero la relación está sometida a un alto grado de tensión, con numerosos temas que los hermanos evitan tocar o aristas sobre las que pasan de puntillas.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3>Una interpretación simplificada</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Estas situaciones a menudo se interpretan de forma simplificada y se atribuyen a diferencias de carácter o a problemas puntuales. Sin embargo, cuando se analizan en profundidad, se identifican patrones repetidos cuyo origen puede retrotraerse hasta la infancia.</p>
<p>En clínica, la relación entre hermanos no siempre se aborda de forma directa. Se extrae del relato sobre la familia de origen, de las comparaciones persistentes o de conflictos que se reactivan en momentos concretos. Abordar este vínculo pasa por identificar qué dinámicas se repiten y situarlas en su contexto. No siempre es posible ni necesario modificar la relación, pero sí <strong>distinguir qué pertenece a etapas anteriores y qué sigue operando en el presente</strong>.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3>Cómo mejorar la relación entre adultos</h3>

		</div>
	</div>

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			<p>En la edad adulta hay cierto margen para revisar estas relaciones. No todos los vínculos pueden o deben recuperarse. En algunos casos, la distancia es una decisión coherente con la historia previa. En otros, pueden introducirse cambios en la forma de relacionarse, siempre que las partes implicadas estén dispuestas a ello.</p>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<blockquote>
<p>La causa del conflicto es solo una parte. Entender qué pasó, cómo fue percibido por cada uno de los hermanos y si esas diferencias llegaron a abordarse y resolverse de forma mutuamente aceptable es la otra. Cuando esto no ocurre y la relación queda salpicada de rencores, continuas comparaciones y sentimientos de agravio, el conflicto sigue manifestándose. Lo único que cambia es la forma en cómo se expresa.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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		<title>De gallinas y de acequias</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/conflictos-cronificados/</link>
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		<pubDate>Wed, 25 Feb 2026 18:05:22 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[relaciones interpersonales]]></category>
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			<h2><strong>La condición humana</strong></h2>

		</div>
	</div>

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			<p>Pues sí, la verdad es que no nos hablamos. Ni ganas que tengo. Todo se remonta a cuando éramos chavales. Las gallinas andaban sueltas y escarbaban, en busca de gusanos, en la acequia que atravesaba el pueblo y también delimitaba las fincas. Las dichosas aguas eran motivo de rifirrafe entre mi madre y Felipín. «Que sí la acequia es nuestra y las gallinas la enguarran —voceaba Felipín desde su lado del riachuelo». «Demuéstralo con papeles —respondía mi madre, los brazos en jarras—. Y además las aguas pertenecen a todos los hijos de Dios».</p>
<p>Y así, entre este toma y daca de reproches, un día desapareció nuestra mejor gallina ponedora. Y al otro lado de la acequia, en las tierras de Felipín, todos pudimos ver una gallina desplumada. Ni una pluma le quedaba al pobre animal; se las habían arrancado a conciencia, una tras otra. Pero mi madre reconoció el cacareo y corrió a reclamar al juez de paz lo que era nuestro, porque entonces hasta teníamos juez de paz.</p>
<p>No sabremos si es la Tomasa hasta que recupere las plumas —sentenció el juez—. Entretanto quedará en el Ayuntamiento y se repartirán los huevos entre ambas familias.</p>
<p>Hubo que esperar varios meses a que saliese el plumaje. Pero no había duda: todos los vecinos reconocieron a la Tomasa y el juez de paz obligó a Felipín a devolvérnosla. Además de los huevos recibidos y otros tantos como intereses.</p>
<p>Por ese, y por unos cuantos desencuentros más, no hemos vuelto a hablarnos.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>En realidad, ¿sobre qué estamos discutiendo?</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Esta escena refleja bastante bien un comportamiento humano —recogido con frecuencia en la literatura y que en los casos más  críticos se traslada entre generaciones—. En muchos conflictos hay una acequia que cada parte considera propia. Puede ser una herencia, una decisión familiar o expectativas incumplidas. La discusión empieza por algo concreto y, a medida que crece en intensidad (o se extiende en el tiempo), pierde concreción y va incorporando otros agravios del pasado. Ya no discutimos sobre lo que ocurrió ayer, sino sobre lo que sucedió mucho antes, meses o años atrás.</p>
<p>Un «<a href="https://psicologiasanchinarro.com/mi-tiempo-es-oro/">se te ha pasado recoger a los niños</a>» puede ser una llamada de atención por un despiste. Pero si hay reproches acumulados, la otra persona lo interpretará como «¿Estás diciendo que no soy responsable?» o «Claro, yo soy el que siempre falla». Ya no se discute sobre un acto concreto; lo importante es si el otro es considerado o no una persona fiable. La crítica se transforma en una c<a href="https://psicologiasanchinarro.com/no-me-animes-asi/">uestión de identidad</a>: quién soy yo en esta historia y qué lugar me corresponde. Cuando vemos peligrar ese lugar, reaccionamos con una vehemencia que puede sorprendernos.</p>
<p>Hay discusiones en las que ambas partes se arrancan las plumas con una precisión casi artesanal: se recuerdan errores antiguos, se exageran defectos o se duda de las intenciones. Se hace daño con una convicción que en ese momento parece justificada. Y puede ocurrir que los desplumados seamos nosotros mismos. Los conflictos ,repetidos drenan energía, nos dejan sin ganas de seguir explicándonos e incluso, en ocasiones, con una desagradable sensación de ridículo.</p>
<p>Algunas personas llegan a consulta hastiadas de discutir siempre por lo mismo. Hijos adultos que no consiguen que sus padres reconozcan su autonomía. Hermanos que llevan años intercambiándose cuentas pendientes. Parejas para las que la convivencia es un inventario de ofensas. Por lo general, todos ellos hablan, sobre todo, de desgaste.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>La función del psicólogo</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Cuando el <a href="https://psicologiasanchinarro.com/por-que-cuesta-pedir-ayuda/">conflicto se cronifica</a>, la cuestión inicial pierde relevancia. Lo que pesa es la interpretación: «no me respeta», «no me escucha», «siempre tengo que ceder». Son frases fundamentadas en experiencias reales, pero que, a fuerza de repetidas sin matices, terminan estrechando el campo de visión. Colocamos a la otra parte bajo constante sospecha y cualquier gesto confirma lo que ya se daba por hecho.</p>
<p>El juez de paz, con su sentencia salomónica, introdujo algo que no acostumbramos a concedernos en esas situaciones: tiempo. Sin plumas el veredicto no habría sido posible. Algo de eso ocurre cuando conseguimos distanciarnos de una disputa y reducir la reactividad antes de volver a la conversación.</p>
<p>Hay quien teme que, si no responde de inmediato, su posición se debilite o el otro consolide la suya. Sin embargo, cuando introducimos una pausa deliberada para que descienda nuestra reactividad —cuando nos sentimos menos heridos— estamos en mejores condiciones para decidir con claridad qué nos conviene. Tal vez decidas que quieres seguir luchando por la propiedad de la acequia empleando otra perspectiva. O quizá optes por replantear los límites. O prefieras olvidar el asunto si consideras demasiado alto el coste emocional. Sea cual sea tu decisión, habrás tenido tiempo de sopesar los pros y contras sin que la activación del momento nuble tu juicio.</p>
<p>Lo sabemos: no todos los conflictos tienen una resolución o un reconocimiento justo. Pero aunque no podamos cambiar el desenlace, sí podemos decidir cuanto tiempo y energía queremos invertir en ello.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>Cuando el psicólogo te acompaña en estas situaciones, no asume el papel de juez. Su función no es dictar sentencia sobre quién tiene razón. Pero te ayudará a comprender qué está en juego de verdad; qué parte del conflicto se refiere al presente y qué parte corresponde a heridas pasadas cerradas en falso. Muchas veces basta con tener esto claro para que las plumas empiecen a despuntar.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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		<title>Mi tiempo es oro. El tuyo… latón.</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Jan 2026 18:00:53 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[relaciones interpersonales]]></category>
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			<h2>“Arréglalo, está mal”</h2>

		</div>
	</div>

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			<p>«No lo soporto —señalaba una paciente como una de las causas del estado de <em>burnout </em>en el que se sentía inmersa—. Recibo a diario de mi jefe contratos de muchísimas páginas acompañados de una escueta nota: “Arréglalo: está mal”. Sin aclaraciones, sin comentarios al margen, sin un miserable subrayado en color fosforito sobre alguna parte del texto que agilice el trabajo. No solo debo leerme todas las páginas para localizar el error, sino que además, tengo que adivinar qué es lo que mi interlocutor considera incorrecto. Una cosa es obvia: le importa un comino mi tiempo».</p>
<p>Este comentario me hizo reflexionar sobre un comportamiento cada vez más frecuente y que termina pasando factura a quien es objeto del mismo: la delegación encubierta de responsabilidades y el desgaste mental que conlleva.</p>

		</div>
	</div>

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			<h2><strong>Transferencia de la carga mental</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Cuando acudo a mi médica de cabecera y esta me pregunta qué me pasa, acostumbro a explicarle cuál es la molestia que siento. O, si no es algo obvio, trato de mostrarle lo mejor que puedo dónde se localiza ese dolor inespecífico que me está dando la tabarra. Añado, además, las explicaciones adicionales que pueden facilitarle el diagnóstico.</p>
<p>Lo mismo hago cuando llamo al técnico de la caldera. Le explico que se pone en marcha cuando abro el grifo de agua fría y se apaga cuando abro la caliente, vaya usted a saber por qué. E incluso intento reproducir el molesto ruidito que hace, por si esto le ayuda.</p>
<p>Y si el coche se avería, no utilizaré los términos mecánicos más ortodoxos, pero confío en que el operario se haga una idea, a partir de mis explicaciones más o menos embarulladas, de si el problema tiene que ver con el arranque, las pastillas del freno o con no haber cambiado el aceite cuando tocaba.</p>
<p>Todos estos casos tienen algo común: el problema es mío y el beneficio de que se solucione cuanto antes también. Por eso hago un esfuerzo —sea este torpe o acertado— por describir lo que ocurre y concretar el problema para facilitar las cosas a quien tiene que arreglarlo.</p>
<p>Así que, por la cuenta que me trae, ya se trate de un fallo de mi organismo, de la caldera o del coche, no se me ocurriría decir: «Aquí te lo dejo. Busca lo que está mal».</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h2><strong data-start="893" data-end="959">Desplazamiento de la responsabilidad</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Pero, ¡ay!, este planteamiento cambia de forma llamativa en el ámbito laboral. Cuando alguien afirma que «algo falla» en una web, en un proyecto o en un documento, pero no concreta qué ni dónde, el beneficio de pensar y precisar el problema deja de ser tan evidente para quien lo enuncia. El resultado es un mensaje implícito bastante claro: «encárgate tú, porque tu tiempo vale menos que el mío».</p>
<p>Ese «ahí te lo dejo» no es inocente. No solo traslada la tarea de corrección, sino también todo el trabajo previo: analizar, discriminar, priorizar, decidir qué es relevante y qué no. Yo me ahorro ese esfuerzo; tú lo asumes por duplicado.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>La urgencia como justificación</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Los encargos de este tipo suelen venir, además, acompañados de una sensación de urgencia: <em>«Échale un vistazo cuanto antes»</em>, <em>«esto es importante»</em>, <em>«hay que arreglarlo ya».</em> Esta urgencia imprecisa  funciona como coartada para no pensar en el problema… cuando hacer el esfuerzo de concretarlo sería la forma de ahorrar tiempo.</p>
<p>Quien recibe sistemáticamente este tipo de mensajes termina pagando el precio: desgaste mental, irritación, cansancio y sensación persistente de falta de reconocimiento. No tanto por el trabajo en sí, sino por tener que adivinar qué se espera de uno, qué está mal, qué se da por supuesto y qué no.</p>
<p>Hay quien justifica este comportamiento apelando a la ausencia de conocimientos técnicos. Es cierto, nadie puede saber de todo. Pero sí podemos hacer lo que está en nuestra mano por concretar el problema. Y, curiosamente, este tipo de comportamiento evasivo se observa, a menudo, entre profesionales que conocen perfectamente la materia, lo cual hace pensar que hay mucho de «quitarse el muerto de encima».</p>
<p>Describir un problema (profesional o personal) no exige precisión quirúrgica ni un lenguaje especializado. Se reduce a algo mucho más básico: detenerse un momento, pensar qué ocurre y colocarse en la piel del otro.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>El mismo patrón en lo personal</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Este mismo patrón se observa en el ámbito personal. El equivalente doméstico del «arréglalo: está mal» es el clásico «Nada, no me pasa nada». O su primo hermano: «Tenemos que hablar». Frases aparentemente inofensivas que descargan en el otro toda la responsabilidad de adivinar qué ocurre, qué se ha hecho mal o qué se espera que cambie. Mientras uno se limita a enunciar el malestar, el otro se queda rumiando hipótesis, repasando conversaciones pasadas y haciendo horas extra de trabajo emocional.</p>
<p>Y es que todos estamos convencidos de que nuestro tiempo es oro&#8230; mientras que el tiempo ajeno no pasa de latón.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>Así que, por favor y sin ánimo de ofender, la próxima vez no digas que hay un problema. Descríbelo con la precisión que puedas. De esta forma, todos podemos sacar el máximo partido de nuestros respectivos tiempos. Porque se mida con un Omega o con un Casio, el tiempo transcurre a la misma velocidad para todos.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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		<title>La subjetiva normalidad</title>
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		<pubDate>Thu, 04 Dec 2025 19:12:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[relaciones interpersonales]]></category>
		<category><![CDATA[sesgos]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h2><strong>Un término tan nuestro y tan engañoso</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Cuando alguien presume de «tener gustos muy normales» o de conformarse con las «pequeñas cosas que le ofrece la vida» —sentado despreocupadamente sobre el capó de uno de los Lamborghini que decoran la entrada de su palacete— es inevitable esbozar una sonrisa escéptica y pensar que no parece excesivamente difícil conformarse con «esas pequeñas cosas».  Y es que este tipo de frases varía una barbaridad dependiendo de si las pronuncia un gurú de moda o un monje budista.</p>
<p>El ejemplo anterior es perfecto para ilustrar otro concepto, que jalona nuestras conversaciones cotidianas, y también tiene mucho de engañoso: el de la normalidad.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>Interpretar el mundo desde nuestra normalidad</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Damos por hecho que cuanto es lógico, razonable o habitual para nosotros también lo será para los otros. Y esto no siempre es así.  De hecho, si no hay ocasión de aclarar las cosas, ese sesgo puede dar lugar a numerosos malentendidos.</p>
<p>Cuando juzgamos las conductas de los demás desde nuestras propias referencias, corremos el riesgo de minusvalorar sus motivos o directamente de malinterpretarlo sus actos. Y viceversa: también los otros pueden incurrir en ese error.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>En terapia ocurre lo mismo</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Aunque conocemos la complejidad de las personas y de las interrelaciones humanas, en consulta también podemos caer en este sesgo. En la práctica clínica, por ejemplo, recibimos en bastantes ocasiones información que el paciente presenta como algo «normal». Cuando le invitamos a profundizar,  puede ocurrir que esa información no encaje con nuestros parámetros.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Veamos un ejemplo:</p>
<p>—Pregunta del terapeuta «¿Entonces, qué tal duermes últimamente?»</p>
<p>—Respuesta del paciente: «Pues normal».</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Lo que no explica el paciente es que esa  normalidad que se viene repitiendo desde hace años significa descansar dos o tres horas a lo largo de la noche.  Así que, en realidad, no describe más que el hecho de que una conducta repetida termina normalizándose. No nos  aclara si esas pocas horas de sueño son suficientes, en qué ocupa su tiempo de desvelo, si se levanta descansado o si arrastra el cuerpo durante todo el día. La etiqueta «normal» es cómoda y tranquilizadora, pero borra cualquier tipo de matiz. Y en psicología, importan los matices. Es nuestra tarea explorar que hay debajo de esa normalidad.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Algunos indicadores de normalidades que deberían llevarnos a reflexionar</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<ul>
<li><strong> Lo llamas «normal» porque siempre ha sido así</strong></li>
</ul>
<p>Has crecido en una dinámica familiar, laboral o afectiva concreta y la das por válida porque es lo que conoces. Esto no significa que sea funcional.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<ul>
<li><strong>Lo llamas «normal» porque te avergüenza decir lo contrario</strong></li>
</ul>
<p>Calificar de «normal» algo que te preocupa es una forma de quitarle importancia. Si la preocupación persiste conviene que reflexiones sobre si eso es tan normal como te dices a ti mismo o a ti misma.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<ul>
<li><strong>Lo llamas «normal» para no cuestionarlo</strong></li>
</ul>
<p>Introducir cambios es algo que, por lo general, cuesta a los seres humanos. Aceptar un malestar como normal evita tener que modificar las cosas. Por ejemplo: ansiedad diaria, trabajar sin límites, cuidar a todos menos a ti, aguantar maltratos sutiles… Lo malo es que la costumbre no conviene un hábito en saludable.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>Trabajar sin imponer nuestra normalidad</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>El adulto llega al centro con sus propia su historia, su estilo relacional, sus hábitos y su forma particular de organizarse. Lo que para mí puede ser razonable o eficaz, tal vez resulte imposible, absurdo o incluso contrario a sus valores de esa persona.</p>
<p>El trabajo terapéutico exige suspender temporalmente los criterios personales para entender cómo funciona la lógica interna del otro.</p>
<p>El objetivo no es que la persona «sea normal», sino que pueda desempeñarse funcionalmente en su propia realidad. La intervención tiene que alcanzar ese equilibrio: ni imponer un modelo idealizado, ni validar sin más lo que está generando malestar.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Un chiste ilustrativo&#8230;</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>A punto de concluir este post, me viene a la mente un chiste muy conocido que se ajusta al tema tratado aquí, porque ilustra bien las diferencias entre lo que unos y otros consideramos «normalidad». Confío en que, querida lectora o lector, me perdones este atrevimiento.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Un sacerdote acude al médico para su revisión anual. Mientras toma notas, el doctor le pregunta:</p>
<p>— ¿Cómo describiría su alimentación?<br />
El sacerdote responde: <em>Normal, normal…</em><br />
(El médico apunta en su informe:<em> el paciente come en exceso</em>).</p>
<p>Pregunta a continuación:<br />
— ¿Y su actividad física?<br />
— <em>Normal, normal…</em><br />
(El médico apunta en el informe: <em>el paciente no hace deporte</em>).</p>
<p>Finalmente, el médico pregunta:</p>
<p>— ¿Y su vida sexual?<br />
El sacerdote contesta:  <em>Pues… normal: a veces sí, a veces no y a veces con mucho remordimiento…</em></p>
<p>(El autor del chiste ha optado por no aclarar qué anota el facultativo en su informe).</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote><p>
Cuando alguien te conteste que «todo es normal» no te quedes con la etiqueta, indaga en profundidad para ir más allá de las apreciaciones y conocer los hechos y el contexto en el que se producen. Porque hablar de normalidad no proporciona hechos fehacientes: se trata exclusivamente de una referencia basada en la experiencia de quien utiliza esa expresión.
</p></blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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