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	<title>sesgos archivos - Psicología BlaBla</title>
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	<title>sesgos archivos - Psicología BlaBla</title>
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		<title>De la postverdad y otras cosas</title>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 20 May 2026 14:30:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[miedo]]></category>
		<category><![CDATA[sesgos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/de-la-postverdad/">De la postverdad y otras cosas</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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			<h2>Percepción de peligro y datos objetivos</h2>

		</div>
	</div>

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			<p>En un reciente artículo sobre la posverdad, la profesora Montserrat Crespin Perales explicaba, desde  una óptica diferente, la facilidad con que asumimos como veraces las <em>fake news</em>, el <em>clickbait</em>, el <em>whispering</em> y demás modalidades de bulos, incluso quienes solemos presumir de espíritu crítico.</p>
<p>Ese artículo volvió a mi mente al escuchar esta mañana el comentario de un vecino sobre «el miedo que da salir a la calle con tanto delincuente suelto». No es la primera vez que oigo algo parecido, también en los medios de comunicación. Sinceramente, creo tener la suerte de vivir en una zona del planeta donde los índices de delincuencia —caso aparte son los terribles crímenes de violencia doméstica— son relativamente bajos. Pese a ello, algunas personas parecen sentirse como colonos atravesando las tierras del Lejano Oeste.</p>
<p>Su representación de la realidad no parte tanto de la experiencia directa como de la información —o desinformación— que reciben a través de medios de comunicación, redes sociales y conversaciones repetidas hasta la saciedad.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3>La construcción del miedo cotidiano</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Este mecanismo es bien conocido. Nuestra percepción del<a href="https://www.logopediasanchinarro.es/lo-que-sigue-a-una-caida/" target="_blank" rel="noopener"> peligro </a>no depende solo de los datos objetivos. El cerebro concede mucha importancia a aquello que se repite, genera una emoción intensa o es fácil de recordar. Si durante semanas consumimos vídeos de agresiones, titulares alarmistas y noticias seleccionadas para provocar indignación o miedo, acabamos teniendo la sensación de que vivimos rodeados de amenazas, aunque las estadísticas digan otra cosa.</p>
<p>No hacen falta conspiraciones sofisticadas. Un entorno informativo construido para captar la atención es suficiente. El miedo funciona muy bien para eso.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>La presunción de veracidad</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Montserrat utiliza una expresión que me parece especialmente acertada: la «presunción de veracidad» que otorgamos a los periodistas. Los ciudadanos tendemos a confiar (aunque esto está cambiando) en los reporteros como lo hacemos en médicos, psicólogos o, si somos creyentes, en nuestros guías espirituales. No tanto porque pensemos que son infalibles, como porque necesitamos orientarnos en asuntos que desconocemos o que no podemos comprobar personalmente.</p>
<p>Y cada vez dependemos más de ese conocimiento indirecto. El volumen de información crece a tal velocidad —la IA es solo el último ejemplo— que el individuo sabe menos sobre más cosas y necesita apoyarse continuamente en especialistas. Especialistas que, además, solo conocen una parte limitada de ese conocimiento global. A eso llamamos especialización.</p>
<p>Desde el punto de vista psicológico, esta dependencia del testimonio ajeno es completamente normal. Ninguno de nosotros podría verificar por sí mismo la mayor parte de lo que cree saber. El problema aparece cuando confundimos autoridad con objetividad o cuando dejamos de distinguir entre información contrastada y contenido diseñado para producir impacto emocional.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Sesgos cognitivos y éxito de la información</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>También influye el conocido<a href="https://psicologiasanchinarro.com/sesgo-de-confirmacion/"> sesgo de confirmación</a>. Tendemos a aceptar con menos resistencia aquello que encaja con nuestras ideas previas y a desconfiar de lo que las contradice. Raramente recibimos la información de forma neutral. Por lo general, buscamos confirmar una impresión previa del mundo.</p>
<p>Montserrat cita una frase de Ryszard Kapuściński, considerado uno de los grandes corresponsales del siglo XX: «las malas personas no pueden ser buenos periodistas». Imagino que Kapuściński tenía un excelente concepto de sí mismo, aunque ficcionó parte de sus escritos y tergiversó hechos para apoyar a unos cuantos dictadores próximos ideológicamente a sus creencias.</p>
<p>Personalmente, nunca me ha convencido demasiado esa idea de relacionar calidad profesional y bondad moral. Ser buena persona no garantiza rigor, del mismo modo que ser moralmente cuestionable no impide escribir una gran novela o hacer buen periodismo. Para confiar en un periodista me basta con pensar que contrasta razonablemente sus fuentes, diferencia información de opinión e intenta comunicar con honestidad intelectual, aun sabiendo que la objetividad absoluta probablemente no exista.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>La <a href="https://psicologiasanchinarro.com/desinformacion-y-salud-mental/">desinformación</a> no funciona porque la gente sea ingenua o estúpida. Funciona porque aprovecha mecanismos mentales normales: nuestra tendencia a buscar coherencia, a recordar antes lo impactante que lo cotidiano y a confiar en aquello que confirma lo que ya sospechábamos. Incluso quienes creemos estar vacunados contra los bulos solemos bajar bastante la guardia cuando la información coincide con nuestra visión del mundo.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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			</item>
		<item>
		<title>Del «no hay tu tía» al «pitipote»</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/la-dificultad-de-corregir-errores-linguisticos/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 17 Feb 2026 10:17:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[escucha activa]]></category>
		<category><![CDATA[sesgos]]></category>
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			<h2>¿Por qué nos cuesta tanto corregir lo que decimos mal?</h2>

		</div>
	</div>

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			<p>Desde siempre, la expresión «no hay tu tía» (no hay remedio, no hay vuelta atrás) forma parte de mi bagaje lingüístico. Me hace mucha gracia y la suelto a menudo. Así que acabo de llevarme un sofocón cuando he sabido por el lingüista Alex Grijelmo que la fórmula correcta es «no hay tutía», en referencia a un antiguo ungüento a base de óxido de zinc, muy utilizado en la medicina tradicional como antiséptico, y no una mención a una famosa hermana materna.</p>
<p>Esta confusión me recuerda una anécdota que me contó un amigo refiriéndose a nuestra dificultad para darnos cuenta de que utilizamos palabras incorrectas, por más que escuchemos a nuestro entorno decirlas debidamente.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3>¿Estáis sordos o qué?</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>«Mi vida laboral estaba vinculada al mundo de las fotocopiadoras. Eran los tiempos de la venta a «puerta fría» y, aunque duros, tenían la parte bucólica de que te permitían conocer y establecer relaciones de carne y hueso con personas de todo tipo. Muchas de mis amistades son fruto de estas relaciones, tan sólidas, que han resistido el paso del tiempo sin fisuras.</p>
<p>Entre estas personas estaba Alfonso, propietario de una pequeña empresa y asiduo comprador de nuestras fotocopias. Era un hombre de procedencia humilde (o humildísima), hecho a sí mismo, buena persona y —quizás, por su formación autodidacta (tenía un diccionario siempre a mano)— muy dado a las expresiones pelín rocambolescas.</p>
<p>Así que no me llama la atención cuando escucho su voz a través del teléfono: «Os comunico que la operatividad del equipamiento va OK, pero el pitipote está problemático».</p>
<p>Al otro lado de la línea, traduzco en tiempo real las palabras de Alfonso: la fotocopiadora funciona más o menos, aunque falla alguna cosa menor… ¿pero qué diablos es el pitipote?</p>
<p>Con algún pretexto, paso el teléfono a un compañero, a ver si tiene mejor oído o es más intuitivo que yo. Por su gesto, comprendo que también él está in albis.</p>
<p>Con un segundo pretexto, llamamos a uno de nuestros técnicos más avezados en esto de interpretar peticiones curiosas y, con el conocimiento que da la experiencia, adopta un enfoque indirecto en su pregunta que arrojase luz: «Y dígame, Alfonso, ¿es el pitipote de la izquierda o el de la derecha?».</p>
<p>—Ni uno ni otro, es el que parpadea. Y está en el centro.</p>
<p>—Comprendo —responde el técnico solícito—. Se refiere al pivote o indicador de encendido, ¿verdad?</p>
<p>—Exactamente, hombre, a eso me refiero: al pitipote que parpadea. ¿Es que tenéis todos alguna problemática de oído?</p>

		</div>
	</div>

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			<h3>Al escuchar, aplicamos nuestro vocabulario interno</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>La escena es clarificadora: interpretamos lo que escuchamos aplicando nuestro diccionario interno. El cerebro no se limita a recibir información: la traduce, reconstruyéndola según nuestros propios esquemas.</p>
<p>Alfonso empleaba el curioso término con absoluta convicción. Pero, ¿por qué ocurre esto? ¿Por qué nos empecinamos en utilizar una palabra incorrecta cuando a nuestro alrededor la mayoría lo emplea la forma adecuada?</p>
<p>Los motivos son numerosos.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h4><strong>Automatizamos el lenguaje</strong></h4>

		</div>
	</div>

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		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Al hablar no ensamblamos palabras desde cero: activamos secuencias consolidadas en nuestra <a href="https://psicologiasanchinarro.com/neurona-aniston/">memoria</a>. Cuando repetimos un término,  se convierte en un atajo neuronal. Cada nuevo uso de esa palabra refuerza ese circuito. Reemplazarla por otra implica frenar ese automatismo y crear una ruta nueva.</p>
<p>Si Alfonso ha dicho «pitipote» durante años, ha instalado ese término en su diccionario interno. Para modificarlo tendría, en primer lugar, que hacer el esfuerzo de romper con ese hábito, inhibir la palabra en tiempo real y, por último, reemplazarla por la correcta.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h4><strong>Confiamos más en lo familiar</strong></h4>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>El cerebro <a href="https://psicologiasanchinarro.com/desinformacion-y-salud-mental/">tiende a confiar</a> en aquello que conoce. Lo que nos resulta fluido nos parece correcto. Si una palabra nos suena bien porque la hemos repetido con frecuencia, la sensación interna de corrección pesa más que la evidencia externa.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h4><strong>Interpretamos la realidad</strong></h4>

		</div>
	</div>

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		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Así es: interpretamos la realidad a partir de nuestros propios esquemas. Alfonso no percibe ningún error. Para él, lo correcto siempre ha sido «pitipote». Su cerebro no detecta incoherencia alguna, porque el término cumple a la perfección su función comunicativa… al menos hasta que aparece un interlocutor desconcertado.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h4><strong>El efecto de fosilización</strong></h4>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Si un mensaje se entiende más o menos, no experimentamos la sensación urgente de <a href="https://psicologiasanchinarro.com/miedo-al-cambio/">cambio</a>. En lingüística se habla de formas «fosilizadas»: expresiones que, aunque incorrectas, se consolidan porque no impiden la comunicación. Si nadie te corrige con claridad o no integras emocionalmente la corrección, permanecerá la forma antigua.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Modificar un término mal dicho requiere un esfuerzo de <a href="https://psicologiasanchinarro.com/autorregulacion-atencional/">atención</a> consciente y cierta flexibilidad mental, ya que el cerebro, siempre a la búsqueda del funcionamiento más eficiente, tiende a conservar lo que funciona.</p>
<p>El «pitipote» de Alfonso no es un despiste ni una demostración de <a href="https://psicologiasanchinarro.com/tenacidad-o-cabezoneria/">cabezonería</a>. Se trata, simplemente, del resultado natural de cómo aprendemos, almacenamos y conservamos nuestro lenguaje.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote><p>
El acto de <a href="https://psicologiasanchinarro.com/escucha-consciente/">escuchar</a> (o de hablar) no es neutro. Está influido por nuestra historia, nuestros hábitos y nuestras certezas.  Modificar una palabra habitual en nuestro vocabulario exige identificarla como problemática, tener un motivo para cambiarla y practicar su sustitución hasta automatizarla. Para que compense el esfuerzo, debe existir una razón de peso: incomodidad social, corrección externa, deseo de precisión, identidad profesional&#8230; Sin una de estas razones determinantes, seguiremos escuchando lo que queremos escuchar. Y ante esta conducta tan humana «no hay tu tía».</p>
<p>&nbsp;
</p></blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
</div><p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/la-dificultad-de-corregir-errores-linguisticos/">Del «no hay tu tía» al «pitipote»</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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			</item>
		<item>
		<title>La subjetiva normalidad</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/normalidad-subjetiva/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 04 Dec 2025 19:12:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[relaciones interpersonales]]></category>
		<category><![CDATA[sesgos]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h2><strong>Un término tan nuestro y tan engañoso</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Cuando alguien presume de «tener gustos muy normales» o de conformarse con las «pequeñas cosas que le ofrece la vida» —sentado despreocupadamente sobre el capó de uno de los Lamborghini que decoran la entrada de su palacete— es inevitable esbozar una sonrisa escéptica y pensar que no parece excesivamente difícil conformarse con «esas pequeñas cosas».  Y es que este tipo de frases varía una barbaridad dependiendo de si las pronuncia un gurú de moda o un monje budista.</p>
<p>El ejemplo anterior es perfecto para ilustrar otro concepto, que jalona nuestras conversaciones cotidianas, y también tiene mucho de engañoso: el de la normalidad.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>Interpretar el mundo desde nuestra normalidad</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Damos por hecho que cuanto es lógico, razonable o habitual para nosotros también lo será para los otros. Y esto no siempre es así.  De hecho, si no hay ocasión de aclarar las cosas, ese sesgo puede dar lugar a numerosos malentendidos.</p>
<p>Cuando juzgamos las conductas de los demás desde nuestras propias referencias, corremos el riesgo de minusvalorar sus motivos o directamente de malinterpretarlo sus actos. Y viceversa: también los otros pueden incurrir en ese error.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>En terapia ocurre lo mismo</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Aunque conocemos la complejidad de las personas y de las interrelaciones humanas, en consulta también podemos caer en este sesgo. En la práctica clínica, por ejemplo, recibimos en bastantes ocasiones información que el paciente presenta como algo «normal». Cuando le invitamos a profundizar,  puede ocurrir que esa información no encaje con nuestros parámetros.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Veamos un ejemplo:</p>
<p>—Pregunta del terapeuta «¿Entonces, qué tal duermes últimamente?»</p>
<p>—Respuesta del paciente: «Pues normal».</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Lo que no explica el paciente es que esa  normalidad que se viene repitiendo desde hace años significa descansar dos o tres horas a lo largo de la noche.  Así que, en realidad, no describe más que el hecho de que una conducta repetida termina normalizándose. No nos  aclara si esas pocas horas de sueño son suficientes, en qué ocupa su tiempo de desvelo, si se levanta descansado o si arrastra el cuerpo durante todo el día. La etiqueta «normal» es cómoda y tranquilizadora, pero borra cualquier tipo de matiz. Y en psicología, importan los matices. Es nuestra tarea explorar que hay debajo de esa normalidad.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Algunos indicadores de normalidades que deberían llevarnos a reflexionar</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<ul>
<li><strong> Lo llamas «normal» porque siempre ha sido así</strong></li>
</ul>
<p>Has crecido en una dinámica familiar, laboral o afectiva concreta y la das por válida porque es lo que conoces. Esto no significa que sea funcional.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<ul>
<li><strong>Lo llamas «normal» porque te avergüenza decir lo contrario</strong></li>
</ul>
<p>Calificar de «normal» algo que te preocupa es una forma de quitarle importancia. Si la preocupación persiste conviene que reflexiones sobre si eso es tan normal como te dices a ti mismo o a ti misma.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<ul>
<li><strong>Lo llamas «normal» para no cuestionarlo</strong></li>
</ul>
<p>Introducir cambios es algo que, por lo general, cuesta a los seres humanos. Aceptar un malestar como normal evita tener que modificar las cosas. Por ejemplo: ansiedad diaria, trabajar sin límites, cuidar a todos menos a ti, aguantar maltratos sutiles… Lo malo es que la costumbre no conviene un hábito en saludable.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>Trabajar sin imponer nuestra normalidad</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>El adulto llega al centro con sus propia su historia, su estilo relacional, sus hábitos y su forma particular de organizarse. Lo que para mí puede ser razonable o eficaz, tal vez resulte imposible, absurdo o incluso contrario a sus valores de esa persona.</p>
<p>El trabajo terapéutico exige suspender temporalmente los criterios personales para entender cómo funciona la lógica interna del otro.</p>
<p>El objetivo no es que la persona «sea normal», sino que pueda desempeñarse funcionalmente en su propia realidad. La intervención tiene que alcanzar ese equilibrio: ni imponer un modelo idealizado, ni validar sin más lo que está generando malestar.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>Un chiste ilustrativo&#8230;</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>A punto de concluir este post, me viene a la mente un chiste muy conocido que se ajusta al tema tratado aquí, porque ilustra bien las diferencias entre lo que unos y otros consideramos «normalidad». Confío en que, querida lectora o lector, me perdones este atrevimiento.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Un sacerdote acude al médico para su revisión anual. Mientras toma notas, el doctor le pregunta:</p>
<p>— ¿Cómo describiría su alimentación?<br />
El sacerdote responde: <em>Normal, normal…</em><br />
(El médico apunta en su informe:<em> el paciente come en exceso</em>).</p>
<p>Pregunta a continuación:<br />
— ¿Y su actividad física?<br />
— <em>Normal, normal…</em><br />
(El médico apunta en el informe: <em>el paciente no hace deporte</em>).</p>
<p>Finalmente, el médico pregunta:</p>
<p>— ¿Y su vida sexual?<br />
El sacerdote contesta:  <em>Pues… normal: a veces sí, a veces no y a veces con mucho remordimiento…</em></p>
<p>(El autor del chiste ha optado por no aclarar qué anota el facultativo en su informe).</p>

		</div>
	</div>

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			<blockquote><p>
Cuando alguien te conteste que «todo es normal» no te quedes con la etiqueta, indaga en profundidad para ir más allá de las apreciaciones y conocer los hechos y el contexto en el que se producen. Porque hablar de normalidad no proporciona hechos fehacientes: se trata exclusivamente de una referencia basada en la experiencia de quien utiliza esa expresión.
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