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	<title>escucha activa archivos - Psicología BlaBla</title>
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	<title>escucha activa archivos - Psicología BlaBla</title>
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	<item>
		<title>Del «no hay tu tía» al «pitipote»</title>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 17 Feb 2026 10:17:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
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		<category><![CDATA[sesgos]]></category>
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			<h2>¿Por qué nos cuesta tanto corregir lo que decimos mal?</h2>

		</div>
	</div>

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			<p>Desde siempre, la expresión «no hay tu tía» (no hay remedio, no hay vuelta atrás) forma parte de mi bagaje lingüístico. Me hace mucha gracia y la suelto a menudo. Así que acabo de llevarme un sofocón cuando he sabido por el lingüista Alex Grijelmo que la fórmula correcta es «no hay tutía», en referencia a un antiguo ungüento a base de óxido de zinc, muy utilizado en la medicina tradicional como antiséptico, y no una mención a una famosa hermana materna.</p>
<p>Esta confusión me recuerda una anécdota que me contó un amigo refiriéndose a nuestra dificultad para darnos cuenta de que utilizamos palabras incorrectas, por más que escuchemos a nuestro entorno decirlas debidamente.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3>¿Estáis sordos o qué?</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>«Mi vida laboral estaba vinculada al mundo de las fotocopiadoras. Eran los tiempos de la venta a «puerta fría» y, aunque duros, tenían la parte bucólica de que te permitían conocer y establecer relaciones de carne y hueso con personas de todo tipo. Muchas de mis amistades son fruto de estas relaciones, tan sólidas, que han resistido el paso del tiempo sin fisuras.</p>
<p>Entre estas personas estaba Alfonso, propietario de una pequeña empresa y asiduo comprador de nuestras fotocopias. Era un hombre de procedencia humilde (o humildísima), hecho a sí mismo, buena persona y —quizás, por su formación autodidacta (tenía un diccionario siempre a mano)— muy dado a las expresiones pelín rocambolescas.</p>
<p>Así que no me llama la atención cuando escucho su voz a través del teléfono: «Os comunico que la operatividad del equipamiento va OK, pero el pitipote está problemático».</p>
<p>Al otro lado de la línea, traduzco en tiempo real las palabras de Alfonso: la fotocopiadora funciona más o menos, aunque falla alguna cosa menor… ¿pero qué diablos es el pitipote?</p>
<p>Con algún pretexto, paso el teléfono a un compañero, a ver si tiene mejor oído o es más intuitivo que yo. Por su gesto, comprendo que también él está in albis.</p>
<p>Con un segundo pretexto, llamamos a uno de nuestros técnicos más avezados en esto de interpretar peticiones curiosas y, con el conocimiento que da la experiencia, adopta un enfoque indirecto en su pregunta que arrojase luz: «Y dígame, Alfonso, ¿es el pitipote de la izquierda o el de la derecha?».</p>
<p>—Ni uno ni otro, es el que parpadea. Y está en el centro.</p>
<p>—Comprendo —responde el técnico solícito—. Se refiere al pivote o indicador de encendido, ¿verdad?</p>
<p>—Exactamente, hombre, a eso me refiero: al pitipote que parpadea. ¿Es que tenéis todos alguna problemática de oído?</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3>Al escuchar, aplicamos nuestro vocabulario interno</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>La escena es clarificadora: interpretamos lo que escuchamos aplicando nuestro diccionario interno. El cerebro no se limita a recibir información: la traduce, reconstruyéndola según nuestros propios esquemas.</p>
<p>Alfonso empleaba el curioso término con absoluta convicción. Pero, ¿por qué ocurre esto? ¿Por qué nos empecinamos en utilizar una palabra incorrecta cuando a nuestro alrededor la mayoría lo emplea la forma adecuada?</p>
<p>Los motivos son numerosos.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h4><strong>Automatizamos el lenguaje</strong></h4>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Al hablar no ensamblamos palabras desde cero: activamos secuencias consolidadas en nuestra <a href="https://psicologiasanchinarro.com/neurona-aniston/">memoria</a>. Cuando repetimos un término,  se convierte en un atajo neuronal. Cada nuevo uso de esa palabra refuerza ese circuito. Reemplazarla por otra implica frenar ese automatismo y crear una ruta nueva.</p>
<p>Si Alfonso ha dicho «pitipote» durante años, ha instalado ese término en su diccionario interno. Para modificarlo tendría, en primer lugar, que hacer el esfuerzo de romper con ese hábito, inhibir la palabra en tiempo real y, por último, reemplazarla por la correcta.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h4><strong>Confiamos más en lo familiar</strong></h4>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>El cerebro <a href="https://psicologiasanchinarro.com/desinformacion-y-salud-mental/">tiende a confiar</a> en aquello que conoce. Lo que nos resulta fluido nos parece correcto. Si una palabra nos suena bien porque la hemos repetido con frecuencia, la sensación interna de corrección pesa más que la evidencia externa.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h4><strong>Interpretamos la realidad</strong></h4>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Así es: interpretamos la realidad a partir de nuestros propios esquemas. Alfonso no percibe ningún error. Para él, lo correcto siempre ha sido «pitipote». Su cerebro no detecta incoherencia alguna, porque el término cumple a la perfección su función comunicativa… al menos hasta que aparece un interlocutor desconcertado.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h4><strong>El efecto de fosilización</strong></h4>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Si un mensaje se entiende más o menos, no experimentamos la sensación urgente de <a href="https://psicologiasanchinarro.com/miedo-al-cambio/">cambio</a>. En lingüística se habla de formas «fosilizadas»: expresiones que, aunque incorrectas, se consolidan porque no impiden la comunicación. Si nadie te corrige con claridad o no integras emocionalmente la corrección, permanecerá la forma antigua.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Modificar un término mal dicho requiere un esfuerzo de <a href="https://psicologiasanchinarro.com/autorregulacion-atencional/">atención</a> consciente y cierta flexibilidad mental, ya que el cerebro, siempre a la búsqueda del funcionamiento más eficiente, tiende a conservar lo que funciona.</p>
<p>El «pitipote» de Alfonso no es un despiste ni una demostración de <a href="https://psicologiasanchinarro.com/tenacidad-o-cabezoneria/">cabezonería</a>. Se trata, simplemente, del resultado natural de cómo aprendemos, almacenamos y conservamos nuestro lenguaje.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote><p>
El acto de <a href="https://psicologiasanchinarro.com/escucha-consciente/">escuchar</a> (o de hablar) no es neutro. Está influido por nuestra historia, nuestros hábitos y nuestras certezas.  Modificar una palabra habitual en nuestro vocabulario exige identificarla como problemática, tener un motivo para cambiarla y practicar su sustitución hasta automatizarla. Para que compense el esfuerzo, debe existir una razón de peso: incomodidad social, corrección externa, deseo de precisión, identidad profesional&#8230; Sin una de estas razones determinantes, seguiremos escuchando lo que queremos escuchar. Y ante esta conducta tan humana «no hay tu tía».</p>
<p>&nbsp;
</p></blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
</div><p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/la-dificultad-de-corregir-errores-linguisticos/">Del «no hay tu tía» al «pitipote»</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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		<title>La charla trivial</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/charla-intrascendente/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 22 Oct 2025 18:46:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[charla trivial]]></category>
		<category><![CDATA[escucha activa]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>y su importancia socioemocional</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>«Me siento muy cómodo cuando hago una presentación pública –me comentaba recientemente un conocido–. Pero lo paso mal cuando acudo a un evento social en el que no conozco a nadie. No sé qué decir después de “Hola”, salvo que la conversación se ciña a temas profesionales».</p>
<p>Cuando hablamos de cosas triviales —el clima, una película, lo que comimos, un chiste— no buscamos intercambiar información racionalmente útil, sino crear una conexión afectiva.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>La charla trivial o <em>small talk</em>:</p>

		</div>
	</div>
<ul class='dt-sc-fancy-list   circle-bullet'>
<li>activa sentimientos de simpatía, pertenencia y confianza.</li>
<li>funciona como <a href="https://psicologiasanchinarro.com/supersticion/">ritual</a> emocional que nos dice «estamos bien, podemos compartir espacio sin conflicto».</li>
<li>no prioriza el contenido, sino el vínculo: se dirige más al corazón que la razón.</li>
</ul><div class="ult-spacer spacer-6a30106ba5f99" data-id="6a30106ba5f99" data-height="10" data-height-mobile="10" data-height-tab="10" data-height-tab-portrait="" data-height-mobile-landscape="" style="clear:both;display:block;"></div>
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>¿Cosa de mujeres?</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Se suele decir que las mujeres tenemos más facilidad que los hombres para mantener ese tipo de conversación informal. Probablemente es cierto pero, en cualquier caso, dominar la charla casual es una de esas habilidades blandas que benefician tanto a hombres como a mujeres.</p>
<p>Las conversaciones aparentemente intrascendentes son un importante lubricante de las relaciones humanas. Los buenos comerciales lo saben bien: el dominio de esa competencia permite establecer de forma natural un primer contacto con el interlocutor (sin el rechazo que provoca el «me quiere vender algo»), tantear por dónde respira, reducir la distancia interpersonal y forjar lazos incipientes de simpatía que abrirán, más adelante, las puertas a terrenos profesionales o personales.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>¿Por qué cuesta tanto hablar de «nada»?</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>La charla informal no busca profundidad, sino crear lazos de confianza, cercanía y afinidad.</p>
<p>Por eso, algo tan aparentemente sencillo como hablar con naturalidad de naderías es un reto para muchas personas que solo se sienten cómodas si disponen de un guion bien aprendido y etiquetado, es decir, cuando hablan de «lo suyo», en particular, si esto les evita adentrarse en el movedizo terreno de las emociones.</p>
<p>Desde un punto de vista psicológico, esto puede estar relacionado con la inseguridad social, el miedo al juicio o la <a href="https://psicologiasanchinarro.com/mostrar-la-mejor-version/">hipervigilancia de la imagen</a> que proyectamos. En otras palabras: hay quien teme parecer superficial o poco interesante si habla de temas triviales, cuando en realidad esas pequeñas conversaciones son las que abren la puerta a vínculos más profundos.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>Las claves de quienes lo dominan</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Por su carácter extrovertido, algunas personas tienen gran facilidad para establecer relaciones sociales y dominan la «charla intrascendente»:</p>

		</div>
	</div>
<ul class='dt-sc-fancy-list   circle-bullet'>
<li>actúan con naturalidad y con el lenguaje gestual adecuado.</li>
<li>evitan adentrarse en asuntos personales sin haber sido invitados.</li>
<li>dejan al margen los temas controvertidos.</li>
<li>respetan el espacio personal del otro y no avasallan con muestras excesivas de familiaridad.</li>
<li>identifican cuándo un tema molesta o aburre a su interlocutor (y cambian con elegancia a otro).</li>
</ul><div class="ult-spacer spacer-6a30106ba6368" data-id="6a30106ba6368" data-height="10" data-height-mobile="10" data-height-tab="10" data-height-tab-portrait="" data-height-mobile-landscape="" style="clear:both;display:block;"></div>
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Estos comportamientos están muy ligados a la <strong>inteligencia emocional</strong>, en especial a la empatía y la <a href="https://psicologiasanchinarro.com/secuestro-emocional/">autorregulación</a>.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>Aprender a conversar: se puede entrenar</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>La buena noticia es que, quienes no tienen este don, pueden aprenderlo. Y la mejor forma es disponer de un guion facilitador y, sobre todo, <strong>practicar sobre el terreno</strong>.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Algunos consejos a tener en cuenta:</p>

		</div>
	</div>
<ul class='dt-sc-fancy-list  blue  circle-bullet'>
<li>Sonríe: una sonrisa es el mejor iniciador de cualquier conversación.</li>
<li>Mantén contacto visual con tu interlocutor y muestra genuino interés por lo que dice (el interés fingido se nota de inmediato).</li>
<li>Ve construyendo la conversación en función de sus respuestas.</li>
<li>Puedes aliñar la charla con algún dato personal (sin pasarte) que te relacione con el evento o la situación concreta en la que te encuentras, hacer un cumplido, contar una anécdota o incluso mostrar cierta vulnerabilidad («No conozco a nadie aquí y ando un poco perdido»).</li>
<li>No está de más tener a mano una pequeña reserva de temas «inocuos» para esos momentos en los que cuesta arrancar. Lo que empieza como un guion acaba volviéndose natural con la práctica.</li>
<li>Retírate con elegancia si notas que tu interlocutor no siente interés por hablar contigo. No siempre se acierta.</li>
</ul><div class="ult-spacer spacer-6a30106ba6611" data-id="6a30106ba6611" data-height="10" data-height-mobile="10" data-height-tab="10" data-height-tab-portrait="" data-height-mobile-landscape="" style="clear:both;display:block;"></div>
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2>Un gesto pequeño, pero de importante impacto</h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Practicar la conversación informal no solo mejora nuestras relaciones sociales, sino que también refuerza nuestra autoestima y  sensación de competencia social. De hecho, diversos estudios ponen de manifiesto que las personas que mantienen interacciones casuales frecuentes (como hablar con el camarero o saludar al vecino) reportan mayores niveles de satisfacción vital.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>La habilidad para la conversación informal y cercana también se entrena. Hay personas con facilidad natural para ello y otras tenemos que practicarlo un poco más. Pero nadie nace sabiendo mantener una buena charla: estas cosas se aprenden a base de meter la pata, escuchar y volver a intentarlo.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
</div><p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/charla-intrascendente/">La charla trivial</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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		<title>Sentirse un mueble arrinconado</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/comunicacion-y-vejez/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 18 Sep 2025 16:08:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[escucha activa]]></category>
		<category><![CDATA[mayores]]></category>
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	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>A nadie le gusta ser ignorado, no importa la edad</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Recientemente, he acudido a un establecimiento de telefonía acompañando a mi abuela. Su móvil -que utiliza con mucha frecuencia porque es muy parlanchina-, empezaba a recalentarse y, bueno, tal como me aclaró: «con la oreja ardiendo no hay manera de entender lo que llega del otro lado».</p>
<p>Así que allí estábamos las dos, sentadas escuchando con absoluta atención lo que el comercial nos explicaba sobre la nueva oferta de modelos&#8230; o al menos, lo que me explicaba a mí. Porque, pese a quedar claro desde el primer momento que la interesada y potencial compradora del teléfono era mi abuela, el eficaz vendedor se dirigía a mí exclusivamente, por más que trataba sutilmente de redirigirlo hacia mi acompañante o, al menos, de hacer que nos incluyese ambas en la conversación.</p>
<p>Algo he aprendido: en estos casos no hay sutileza que valga y no está de más indicar con amabilidad al interlocutor que se dirija a la persona interesada, con independencia de su edad u otras características. No digamos ya si quien es objeto de lo que se habla está haciendo esfuerzos para ser tenido en cuenta.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>El escenario cambia, pero la historia se repite</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>He vivido situaciones semejantes en otras ocasiones (bancos, ambulatorios&#8230;): se parte del supuesto de que los adultos mayores no están capacitados para entender ni aportar información útil sobre cuestiones que les afectan directamente y repercutirán en sus vidas.</p>
<p>Y, en algunos casos, esto será así. Con el paso del tiempo se produce un progresivo deterioro de las capacidades físicas y psíquicas. Puede existir un déficit auditivo importante o un menoscabo de las funciones cognitivas.</p>
<p>La pérdida de memoria, en particular la de trabajo, se manifiesta en la incapacidad o dificultad para encontrar el término buscado, en los tiempos de respuesta prolongados, en la falta de estructuración en el discurso o en las alteraciones en la comprensión. Obviamente, la persona puede necesitar que alguien hable por ella o la represente en determinadas circunstancias. Pero esto no debe presuponerse.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h2><strong>Aislamiento y desmotivación</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>El aislamiento y el papel meramente pasivo que asume el anciano (en muchos casos, en contra de su voluntad y por falta de paciencia de su entorno) produce sentimiento de tristeza y soledad, desmotivación y una caída estrepitosa de la autoestima. La <a href="https://psicologiasanchinarro.com/escucha-consciente/">escucha activa</a>, las muestras de interés y, no digamos ya, la conversación cercana, combate la soledad y, sobre todo, devuelve la alegría de vivir.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>¿Cómo podemos facilitar la comunicación cuando hay dificultades?</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Algunas estrategias sencillas -y, sobre todo, basadas en el sentido común- mejorarán notablemente la comprensión.</p>

		</div>
	</div>
<ul class='dt-sc-fancy-list   circle-bullet'>
<li><strong>Evita los ruidos de fondo</strong> (televisión, conversaciones paralela, entornos ruidos como cafeterías&#8230;): además de alteraciones asociadas a la edad que dificultan el habla y la comprensión, el mayor puede sufrir un déficit auditivo. Un entorno tranquilo evitará distracciones y frustrantes esfuerzos para discriminar sonidos. Comprueba que está a gusto en ese entorno.</li>
<li><strong>Controla tu volumen de voz:</strong> una dicción clara, un habla pausada y una entonación agradable hacen maravillas. No se trata de hablar a gritos, sino de dar con el volumen que resulte agradable para ambas partes.</li>
<li><strong>Dirige la voz hacia tu interlocutor</strong> y no olvides el contacto visual.</li>
<li><strong>Habla de temas con los que esté familiarizado y cíñete a ellos: </strong>es posible que haya una restricción en los temas de interés, así que ten en cuenta las materias que le gustan. Utiliza frases claras, evitando expresiones rebuscadas y saltar de una idea a otra. Repítelas si crees que no lo ha entendido.</li>
<li><strong>Haz</strong> <strong>preguntas directas y facilita la toma de decisiones, si la indecisión le provoca malestar: </strong>«¿Te apetece un té?» mejor que «¿Quieres beber algo?».</li>
<li><strong>Deja que te hable de sus recuerdos: </strong>aunque la memoria de trabajo esté afectada, la persona mayor conserva, por lo general, sus recuerdos autobiográficos. Esto le permite rememorar hechos que ocurrieron durante su juventud y disfrutar narrándolos. Las canciones, los poemas, los refranes e incluso las oraciones ocupan un lugar muy especial en esos recuerdos.</li>
<li><strong>Escucha activamente</strong>: los gastos, las ayudas visuales y el contacto facilitan muchísimo la comunicación. Nada hay más gratificante para cualquiera (con independencia de la edad) que notar que quien nos escucha se interesa por lo que le contamos y, en particular, por lo que sentimos.</li>
<li><strong>Y muy importante: olvida las prisas</strong>. No atosigues a tu interlocutor. Deja que se tome su tiempo para responder. La paciencia, el cariño y el respeto son la mejor terapia.</li>
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	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3>Reflexiones de un viejo histólogo que cambió la visión de las neuronas</h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Termino este post recordando al magnífico Santiago Ramón y Cajal, padre de la moderna neurología, quien perteneció además al restringido club de los octogenarios españoles de su tiempo.</p>
<p>Cuenta Cajal en sus memorias tituladas «El mundo visto a los ochenta años», las vicisitudes a las que la edad enfrenta a una persona repleta de vitalidad física e intelectual como había sido su caso, destacando entre otras duras pruebas <em>«la dureza de oído, que me obliga a conversar con familia y amigos a gritos. Y sufro la contrariedad de advertir  como estos, hartos de desgañitarse, adoptan el comodín del cuchicheo. El pobre sordo, víctima del tedio, termina por aislarse. Con razón decían los griegos que el silencio destruye la amistad.»</em></p>

		</div>
	</div>

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			<blockquote>
<p>Cajal escribía estas palabras en  la primavera de 1934, poco antes de su muerte. Ha transcurrido casi un siglo desde entonces y esa soledad de la que hablaba -empujada por el deterioro físico o cognitivo- sigue patente en nuestra sociedad moderna, donde los riesgos de la falta de comunicación y la soledad indeseada son un tema recurrente. Queda mucho por hacer, empezando porque nuestros mayores sean tratados con la deferencia que merecen en el hogar y en los espacios públicos.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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		<title>¿Me estás escuchando?</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Jul 2025 15:08:15 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[escucha activa]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h2><strong>«Quizás sea el momento de divorciarnos»</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>En una reciente comida familiar, mi madre nos contaba algo sucedido durante el día que le había llamado la atención. Mi padre la miraba con los ojos muy abiertos y cada cierto tiempo decía «ajá», asintiendo con la cabeza. En un momento dado –para asombro de todos nosotros–  mi madre intercaló en su relato, sin cambio alguno de tono  de voz o expresión, algo que no venía a cuento y que más o menos sonaba así: «Pues nada, querido, ahora que están aquí los chicos aprovechamos para explicarles lo del asunto de nuestro divorcio». Mi padre, sin retirar la mirada y con los mismos ojos abiertos, acompañó en esta ocasión el «ajá» de una sonrisa.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Obviamente, mi padre -del que debo aclarar que adora a mi madre- no tenía ni idea de lo que esta le estaba contando y simplemente ponía su «cara de estar escuchando» mientras su mente vagaba por otros terrenos más motivantes como, seguramente, sopesar los efectos del virus FIFA en su equipo del alma que esa tarde tenía una contienda complicada.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Esta anécdota es un caso extremo (aunque yo diría que bastante habitual en algunas relaciones de pareja), pero pone de manifiesto cómo la escucha activa requiere un esfuerzo de atención en nuestro interlocutor que a veces no estamos dispuestos a hacer o, al menos, no del todo. Y, sin ese esfuerzo, el resultado es que oímos hablar como quien oye caer la lluvia: algo parecido a un murmullo de fondo.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3>El arte de la escucha consciente</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>En un mundo saturado de estímulos –cláxones, conversaciones a medias, la sirena de una ambulancia, el golpeteo de las obras en la calzada o el murmullo de la multitud– nos acostumbramos a oír sin escuchar. Oír es un acto pasivo. Escuchar, en cambio, exige atención, intención y sensibilidad para ir más allá de las palabras y captar también lo que no se dice, ya sea un gesto, una pausa o un tono vacilante.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3>La importancia de lo que no se dice</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Tenemos un refrán que lo describe estupendamente: <em>«A buen entendedor pocas palabras bastan»</em>. La comunicación humana no se limita al significado literal de las palabras. Los silencios, la prosodia y el lenguaje corporal aportan matices que pueden reforzar e incluso contradecir un mensaje verbal. De hecho, se estima que la <strong>comunicación no verbal impacta hasta cinco veces más</strong> que la verbal en la comprensión global de un mensaje.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>En su libro <em>«El hombre que confundió a su mujer con un sombrero»</em>, el neurólogo Oliver Sacks narra cómo un grupo de pacientes con afasia receptiva –incapaces de comprender las palabras– se reía a carcajadas viendo un discurso de Ronald Reagan emitido por televisión. Es cierto, los pacientes afásicos no entendían una palabra de lo que el presidente decía, pero detectaban perfectamente la <strong>incongruencia entre sus gestos y su prosodia</strong> (es decir, las características sonoras del habla). Así funciona nuestro cerebro: cuando los gestos (lenguaje corporal), la prosodia (tono, ritmo, entonación) y el discurso verbal no se corresponden en el hablante, tendemos a percibir la situación como incongruente… o como demostración de falsedad o engaño.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>El lenguaje corporal: un discurso paralelo</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>No hace falta tener afasia para intuir que alguien no dice toda la verdad. El lenguaje no verbal –posturas, microgestos, contacto ocular– puede desmentir las palabras más firmes. Ejemplo de ello es el famoso <em>impeachment </em>contra Bill Clinton cuya grabación se utiliza con frecuencia en los cursos de criminología, psicología forense y análisis del comportamiento no verbal: mientras el presidente repetía una y otra vez que las acusaciones contra él eran falsas, su lenguaje corporal (labios tensos, mirada evasiva, manos inquietas) transmitía justo lo contrario. Esta discordancia entre lenguaje corporal, lenguaje verbal y prosodia es interpretada por muchos expertos como indicadores de incongruencia emocional.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3>Escuchar con todos los sentidos</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>La escucha activa exige:</p>

		</div>
	</div>
<div class="ult-spacer spacer-6a30106ba9c53" data-id="6a30106ba9c53" data-height="8" data-height-mobile="8" data-height-tab="8" data-height-tab-portrait="" data-height-mobile-landscape="" style="clear:both;display:block;"></div><ul class='dt-sc-fancy-list  blue  circle-bullet'>
<li>Atender al <strong>tono, ritmo y pausas</strong>.</li>
<li>Observar gestos y posturas.</li>
<li>Leer entre líneas, detectar ironías y dobles sentidos.</li>
<li>Prestar atención no solo a las palabras, sino también a las emociones que las acompañan.</li>
</ul><div class="ult-spacer spacer-6a30106ba9c94" data-id="6a30106ba9c94" data-height="20" data-height-mobile="20" data-height-tab="20" data-height-tab-portrait="" data-height-mobile-landscape="" style="clear:both;display:block;"></div>
	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Generar vínculos a través de la escucha</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Posiblemente conozcas a alguien que parece tener la capacidad de «leerte la mente» con solo una mirada o un gesto. Esas personas no tienen un don sobrenatural, aunque a veces pueda parecerlo: tienen una especial habilidad para la <strong>escucha activa y empática,</strong> o dicho de otro modo, una gran sensibilidad para intuir las emociones y matices que no se expresan con palabras.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote><p>
La verdadera escucha  –esa que demuestra auténtico interés por lo que nos cuenta nuestro interlocutor– exige decodificar simultáneamente el lenguaje verbal y no verbal: entonación, pausas, microexpresiones y silencios. Esta es la vía de acceso al significado emocional que oculta el discurso.
</p></blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
</div><p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/escucha-consciente/">¿Me estás escuchando?</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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