Y he perdido el interés por todo
Muchos adultos describen el descriptivo estado de «estar hecho polvo» como una combinación de cansancio persistente, bloqueo mental, apatía y sensación de vivir en un bucle de pensamientos negativos.
«Lo curioso —comentaba un paciente— es que, si reflexiono sobre ello, no creo tener motivos objetivos para sentirme así. No tengo problemas económicos insoslayables ni tampoco problemas médicos. Me gusta mi familia y tengo buenos amigos. Y sin embargo, me da la impresión de que cargo un peso sobre la espalda del que no consigo liberarme. Cada día se me hace cuesta arriba».
Desde una perspectiva neuropsicológica, entender qué ocurre en el cerebro ayuda a explicar por qué, en determinados momentos, pensar con claridad o tomar decisiones sencillas puede resultar tan difícil.
Algunos cambios neuropsicológicos
Cuando una persona experimenta malestar durante periodos prolongados —sea cual sea la razón— se producen una serie de cambios funcionales en el cerebro:
- La amígdala, implicada en la detección de amenazas, permanece hiperactivada. Esto genera sensación continuada de alerta o peligro, aunque no exista amenaza real.
- La corteza prefrontal, responsable de funciones como la planificación, la toma de decisiones y la regulación emocional, pierde eficacia ante niveles elevados de estrés. La mayor producción de cortisol interfiere en la concentración, el control cognitivo y la capacidad para valorar alternativas.
- El sistema de recompensa muestra una disminución de la actividad dopaminérgica. Como consecuencia, actividades que antes resultaban agradables pierden atractivo y surge la sensación generalizada de desinterés.
- El hipocampo, clave en la memoria y la regulación del estrés, tiende a reforzar el recuerdo de experiencias negativas, contribuyendo a una visión más pesimista del presente y del futuro.
- El sistema nervioso simpático permanece activado durante demasiado tiempo y dificulta la recuperación del sistema parasimpático. Esto provoca sensación de fatiga y tensión muscular.
Cansancio mental y cansancio físico
Hace unos años, una buena amiga rumana vino a trabajar a España. Diez años después tomó la decisión de volver a su país de origen porque no se sentía bien. La última vez que hablé con ella se encontraba mucho mejor: «¿Sabes —me dijo— mi trabajo es ahora muy exigente desde el punto de vista físico, pero me acuesto y me levanto descansada. En España tenía tantos frentes abiertos que seguía trabajando incluso cuando dormía. Me sentía agotada».
De sus palabras se desprende una diferencia clave entre el cansancio físico y el cansancio mental:
- tiene límites claros (con un principio y un final definidos).
- consume energía, pero favorece la regulación del estrés.
- mejora el sueño profundo (no llevamos a la cama ni incertidumbres ni tomas de decisiones).
- reduce el cortisol basal.
Resultado: el cuerpo está cansado pero el sistema nervioso descansa.
- provoca la activación sostenida del eje del estrés (hipotálamo-hipófisis-adrenal): descanso sea menos profundo.
- aumenta la liberación de cortisol y adrenalina: reduce el sueño reparador.
- persiste la rumiación y la hiperactivación cortical: el cerebro sigue «procesando problemas»
Resultado: el cerebro no desconecta. El estrés mantiene activado el sistema de alerta, el sueño se vuelve superficial y, aunque durmamos, no descansamos.
El cansancio puntual nada tiene que ver con el estrés mantenido en el tiempo. El cansancio físico mejora con descanso. En cambio, si el sistema nervioso permanece activado persistentemente, el descanso deja de ser reparador y persiste la sensación de agotamiento.
Cuando esto ocurre, solemos escuchar el «no termino de recuperarme, aunque duerma más o reduzca temporalmente la actividad». Descartados problemas físicos, cabe pensar en un desajuste en los mecanismos de regulación emocional y fisiológica.
Evitación del malestar
Si el malestar se prolonga, puede surgir la evitación de situaciones, decisiones o emociones que resultan incómodas. A corto plazo, la evitación reduce la activación emocional y genera alivio; a medio y largo plazo, contribuye a mantener el problema.
El cerebro aprende que evitar «funciona» y refuerza este patrón. Con el tiempo, el margen de acción se estrecha y la persona se siente cada vez más bloqueada lo que, a su vez, aumenta la sensación de incapacidad y desmotivación.
Intervención terapéutica
Cuando la persona llega a consulta con esta sensación de agotamiento que, por lo general, arrastra desde hace tiempo, no se trata de forzar cambios rápidos que, por otra parte, tienen pocas expectativas de éxito. La intervención debe adaptar al nivel de activación del sistema nervioso:
- Regulación del sistema nervioso autónomo, mediante respiración diafragmática, movimiento adaptado y contacto social seguro. Acciones como cantar, realizar respiraciones profundas o estimular el nervio vago (por ejemplo, con agua fría en la cara) ayudan a reducir la activación excesiva.
- Reactivación gradual del sistema de recompensa, a través de acciones pequeñas y asumibles. El ejercicio físico moderado y las actividades ligeramente gratificantes facilitan la liberación de dopamina, incluso cuando al inicio no resultan especialmente atractivas.
- Trabajo con la memoria emocional, prestando atención consciente a experiencias positivas concretas. Registrar de forma regular hechos agradables contribuye a contrarrestar el sesgo negativo.
- Reducción de la hiperreactividad emocional, mediante técnicas de respiración, atención plena o exposición progresiva a aquello que genera ansiedad.
- Activación de la corteza prefrontal a través de la escritura, que permite organizar la experiencia emocional, disminuir la activación de la amígdala y favorecer una respuesta más regulada frente al malestar.
Cuando conviene pedir ayuda
- El estado de apatía o bloqueo se mantiene durante semanas.
- El malestar interfiere en el trabajo, las relaciones o el autocuidado.
- Aparecen síntomas físicos persistentes sin causa médica clara.
- Existe la sensación de saber qué habría que hacer, pero no lograr hacerlo.
Lo de exigirse «funcionar como antes», por muy humano que resulte, no hace más que aumentar la frustración. Las funciones ejecutivas que intervienen en la planificación, decisión o sostenimiento del esfuerzo dependen de circuitos cerebrales comprometidos por el estrés prolongado. No se trata de falta de voluntad, sino de una limitación funcional temporal que requiere un abordaje específico.