“Arréglalo, está mal”
«No lo soporto —señalaba una paciente como una de las causas del estado de burnout en el que se sentía inmersa—. Recibo a diario de mi jefe contratos de muchísimas páginas acompañados de una escueta nota: “Arréglalo: está mal”. Sin aclaraciones, sin comentarios al margen, sin un miserable subrayado en color fosforito sobre alguna parte del texto que agilice el trabajo. No solo debo leerme todas las páginas para localizar el error, sino que además, tengo que adivinar qué es lo que mi interlocutor considera incorrecto. Una cosa es obvia: le importa un comino mi tiempo».
Este comentario me hizo reflexionar sobre un comportamiento cada vez más frecuente y que termina pasando factura a quien es objeto del mismo: la delegación encubierta de responsabilidades y, por consiguiente, sin reconocimiento alguno.
Transferencia de la carga mental
Cuando acudo a mi médica de cabecera y esta me pregunta qué me pasa, acostumbro a explicarle cuál es la molestia que siento. O, si no es algo obvio, trato de mostrarle lo mejor que puedo dónde se localiza ese dolor inespecífico que me está dando la tabarra. Añado, además, las explicaciones adicionales que pueden facilitarle el diagnóstico.
Lo mismo hago cuando llamo al técnico de la caldera. Le explico que se pone en marcha cuando abro el grifo de agua fría y se apaga cuando abro la caliente, vaya usted a saber por qué. E incluso intento reproducir el molesto ruidito que hace, por si esto le ayuda.
Y si el coche se avería, no utilizaré los términos mecánicos más ortodoxos, pero confío en que el operario se haga una idea, a partir de mis explicaciones más o menos embarulladas, de si el problema tiene que ver con el arranque, las pastillas del freno o con no haber cambiado el aceite cuando tocaba.
Lo que no diré, ya se trate de un fallo de mi organismo, de la caldera o del coche, será: «Aquí te lo dejo. Busca lo que está mal».
Desplazamiento de la responsabilidad
Sin embargo, este tipo de planteamiento se está volviendo cada vez más habitual en el ámbito laboral, aunque no se limita a este. Si alguien alega que «algo falla» en una web, en un proyecto o en un documento, pero no concreta qué ni dónde, el mensaje implícito es claro: tu tiempo vale menos que el mío.
Ese «ahí te lo dejo» nada tiene de inocente: traslada la carga mental al otro. Y no me refiero únicamente al trabajo de corrección, sino la tarea previa de pensar, discriminar, priorizar y decidir qué es relevante. Yo me libero del esfuerzo y tu duplicas el tuyo.
La urgencia como justificación
Los encargos de este tipo suelen venir, además, acompañados de una sensación de urgencia: «Échale un vistazo cuanto antes», «esto es importante», «hay que arreglarlo ya». Esta urgencia imprecisa funciona como coartada para no pensar en el problema… cuando hacer el esfuerzo de concretarlo sería la forma de ahorrar tiempo.
Quien recibe sistemáticamente este tipo de mensajes termina sufriendo desgaste mental. Tener que descifrar qué se espera de uno, qué está mal, qué se da por supuesto y qué no, acaba generando irritación, cansancio y una sensación persistente de falta de reconocimiento.
Hay quien justifica este comportamiento apelando a la ausencia de conocimientos técnicos. Es cierto, nadie puede saber de todo. Pero sí podemos hacer lo que está en nuestra mano por concretar el problema. Y, curiosamente, este tipo de comportamiento evasivo se observa, a menudo, entre profesionales que conocen perfectamente la materia, lo cual hace pensar que hay mucho de «quitarse el muerto de encima».
Describir un problema (profesional o personal) no exige precisión quirúrgica ni un lenguaje especializado. Se reduce a algo mucho más básico: detenerse un momento, pensar qué ocurre y colocarse en la piel del otro.
El mismo patrón en el ámbito personal
Este mismo patrón se observa en el ámbito personal. El equivalente doméstico del «arréglalo: está mal» es el clásico «Nada, no me pasa nada». O su primo hermano: «Tenemos que hablar». Frases aparentemente inofensivas que descargan en el otro toda la responsabilidad de adivinar qué ocurre, qué se ha hecho mal o qué se espera que cambie. Mientras uno se limita a enunciar el malestar, el otro se queda rumiando hipótesis, repasando conversaciones pasadas y haciendo horas extra de trabajo emocional.
Y es que todos estamos convencidos de que nuestro tiempo es oro… mientras que el tiempo ajeno no pasa de latón.
Así que, por favor y sin ánimo de ofender, la próxima vez no me digas que hay un problema. Descríbemelo con toda la precisión que puedas. De esta forma los dos podemos sacar el máximo partido de nuestros respectivos tiempos. Porque lo midas con un Omega o con un Casio, el tiempo transcurre a la misma velocidad para todos.