El coste de disimular las capacidades

Una trabajadora se pinta las uñas porque su jefe le ha pedido que reduzca su capacidad de trabajo.

El coste de disimular las capacidades

«Por favor, haz menos»

Hace unos días me encontré con una amiga a la que llevaba algún tiempo sin ver. Sabía por conocidos que había conseguido el trabajo por el que siempre había suspirado y me alegré sinceramente por ella. Por eso me desconcertó que me dijese que iba a dejarlo.

«Mi jefe me llamó hace un par de semanas y pensé que sería para felicitarme. No es por tirarme flores, pero me gusta lo que hago y lo hago bien. La conversación, sin embargo, fue por otros derroteros. Me pidió que redujese la productividad y me aclaró que, si a lo largo de la semana, yo solucionaba cinco reclamaciones cuando el resto del equipo resolvía tres, haría que la dirección incrementase la carga de trabajo, porque exigiría los mismos resultados a mis compañeros.

«Ahora  me encuentro en un callejón sin salida: los usuarios me agradecen que les resuelva los problemas con rapidez —y yo lo hago encantada, si está en mi mano—. Y, sin embargo, me veo obligada a reducir un ritmo de trabajo que me resulta cómodo. Me paso parte del tiempo mirando la pared y con la desagradable sensación de que, entretanto, muchas personas esperan a ser atendidas».

Adaptación y conflicto interno

Su desazón no se debía, por consiguiente, al salario o a los horarios. Tampoco a su relación con los compañeros o a que no le gustase su trabajo. Al escuchar sus quejas, incluso habrá quien piense: «Tampoco es para tanto. Solo le han pedido que se tome el trabajo con más tranquilidad. Mejor para ella». Pero el mensaje implícito es menos amable: «oculta tus capacidades para equipararte a los demás».

Este problema no es nuevo y, en determinados entornos, hace que excelentes profesionales se vean obligados a reducir  su desempeño para adaptarlo al del grupo, con la inevitable sensación de hastío y desmoralización.

Ante ese tipo de sugerencia,  el profesional se siente obligado a ocultar algo que es parte de su identidad: la competencia, la agilidad, el compromiso, el deseo de hacer bien las cosas… Lo que entiende como cualidades se convierten en un estorbo.

En el caso de mi amiga,  a la incredulidad inicial siguió la frustración.  Y, poco después, la desmotivación y el desgaste.

El mismo fenómeno se observa en la escuela

Este fenómeno no se limita al ámbito laboral. En algunos centros escolares ocurre algo parecido cuando un niño o una niña aprenden que destacar demasiado complica la convivencia. Algunos acaban por «adormecer» sus capacidades para adaptarse al grupo; otros optan por exagerar rasgos disruptivos, convirtiéndose en los «malotes» de la clase, como forma de equilibrar lo que les resulta difícil ocultar. En la vida adulta, esa estrategia se perfecciona: uno aprende a regularse para no incomodar.

Algo falla en nuestras aulas, administraciones públicas y empresas cuando un niño, un joven o un adulto se ve obligado a hacer mucho menos de lo que podría o querría. ¿Hemos de medir el desempeño de los demás por el baremo de esa persona? Claramente, no, porque ni todos tenemos las mismas capacidades, ni el mismo ritmo de trabajo ni la misma forma de enfrentarnos a las tareas. Y sin embargo,  cumplimos nuestras responsabilidades debidamente. Pero igualmente injusto sería impedir que  alguien muestre su potencial, alegando que ello nos obliga a esforzarme más.

Entra en escena la apatía

Hay quienes viven esta tensión con especial intensidad: profesionales muy implicados, adultos con altas capacidades que llevan años tratando de pasar desapercibidos, personas con firme sentido ético.

No es una cuestión de ambición (al menos en el caso que nos ocupa), sino de coherencia interna. El esfuerzo por «disimular la valía» termina provocando apatía. Cuando lo que hacemos y lo que podríamos hacer se distancian demasiado, el desgaste termina manifestándose.

El «reduce el ritmo» es aparentemente menos lesivo que el «debes aumentarlo»

Lo más delicado de estas situaciones es que no son llamativas: aparentemente no ocurre nada. Por otra parte, siempre parece menos lesivo —e incluso, de alguna forma, halagador— pedir a una persona que baje el ritmo que requerirlo lo contrario.  En el segundo caso, se cuestiona su competencia o su rendimiento; en el primero, no se pone en duda su capacidad; solo se le pide que «no se exceda mostrando» aquello que, precisamente, hace bien. No hay recriminaciones. Solo una única consigna: «por el bien de todos, no destaques demasiado».

Esta petición, que  puede parecer justificable —porque apela a la necesidad de encajar y no incomodar al grupo—, genera un malestar larvado que crece lenta pero persistentemente. Cuando alguien te pide que hagas menos de lo que puedes  hacer y, sobre todo, de lo que deseas hacer, da al traste con algo básico para todo ser humano: tu motivación interna.

Llegado a este punto, conviene recapacitar sobre el coste de nuestra adaptación al entorno laboral. Trabajamos demasiadas horas de nuestra vida como para hacerlo sin motivación. Y esta no depende solo del salario o del reconocimiento externo; también nace del desafío, de la posibilidad de mejorar, de nuestra responsabilidad para con nosotros mismos. Cuando ese motor se apaga y el entorno no ofrece ningún estímulo, la pregunta que hemos de plantearnos es si ese es nuestro lugar.  Y actuar en consecuencia. Así lo ha hecho mi amiga y estoy convencida de que para bien.