De gallinas y de acequias

Imagen de una gallina desplumada que ilustra un post sobre resolución de conflictos

De gallinas y de acequias

La condición humana

Pues sí, la verdad es que no nos hablamos. Ni ganas que tengo. Todo se remonta a cuando éramos chavales. Las gallinas andaban sueltas y escarbaban, en busca de gusanos, en la acequia que atravesaba el pueblo y también delimitaba las fincas. Las dichosas aguas eran motivo de rifirrafe entre mi madre y Felipín. «Que sí la acequia es nuestra y las gallinas la enguarran —voceaba Felipín desde su lado del riachuelo». «Demuéstralo con papeles —respondía mi madre, los brazos en jarras—. Y además las aguas pertenecen a todos los hijos de Dios».

Y así, entre este toma y daca de reproches, un día desapareció nuestra mejor gallina ponedora. Y al otro lado de la acequia, en las tierras de Felipín, todos pudimos ver una gallina desplumada. Ni una pluma le quedaba al pobre animal; se las habían arrancado a conciencia, una tras otra. Pero mi madre reconoció el cacareo y corrió a reclamar al juez de paz lo que era nuestro, porque entonces hasta teníamos juez de paz.

No sabremos si es la Tomasa hasta que recupere las plumas —sentenció el juez—. Entretanto quedará en el Ayuntamiento y se repartirán los huevos entre ambas familias.

Hubo que esperar varios meses a que saliese el plumaje. Pero no había duda: todos los vecinos reconocieron a la Tomasa y el juez de paz obligó a Felipín a devolvérnosla. Además de los huevos recibidos y otros tantos como intereses.

Por ese, y por unos cuantos desencuentros más, no hemos vuelto a hablarnos.

En realidad, ¿sobre qué estamos discutiendo?

Esta escena refleja bastante bien un comportamiento humano —recogido con frecuencia en la literatura y que en los casos más  críticos se traslada entre generaciones—. En muchos conflictos hay una acequia que cada parte considera propia. Puede ser una herencia, una decisión familiar o expectativas incumplidas. La discusión empieza por algo concreto y, a medida que crece en intensidad (o se extiende en el tiempo), pierde concreción y va incorporando otros agravios del pasado. Ya no discutimos sobre lo que ocurrió ayer, sino sobre lo que sucedió mucho antes, meses o años atrás.

Un «se te ha pasado recoger a los niños» puede ser una llamada de atención por un despiste. Pero si hay reproches acumulados, la otra persona lo interpretará como «¿Estás diciendo que no soy responsable?» o «Claro, yo soy el que siempre falla». Ya no se discute sobre un acto concreto; lo importante es si el otro es considerado o no una persona fiable. La crítica se transforma en una cuestión de identidad: quién soy yo en esta historia y qué lugar me corresponde. Cuando vemos peligrar ese lugar, reaccionamos con una vehemencia que puede sorprendernos.

Hay discusiones en las que ambas partes se arrancan las plumas con una precisión casi artesanal: se recuerdan errores antiguos, se exageran defectos o se duda de las intenciones. Se hace daño con una convicción que en ese momento parece justificada. Y puede ocurrir que los desplumados seamos nosotros mismos. Los conflictos ,repetidos drenan energía, nos dejan sin ganas de seguir explicándonos e incluso, en ocasiones, con una desagradable sensación de ridículo.

Algunas personas llegan a consulta hastiadas de discutir siempre por lo mismo. Hijos adultos que no consiguen que sus padres reconozcan su autonomía. Hermanos que llevan años intercambiándose cuentas pendientes. Parejas para las que la convivencia es un inventario de ofensas. Por lo general, todos ellos hablan, sobre todo, de desgaste.

La función del psicólogo

Cuando el conflicto se cronifica, la cuestión inicial pierde relevancia. Lo que pesa es la interpretación: «no me respeta», «no me escucha», «siempre tengo que ceder». Son frases fundamentadas en experiencias reales, pero que, a fuerza de repetidas sin matices, terminan estrechando el campo de visión. Colocamos a la otra parte bajo constante sospecha y cualquier gesto confirma lo que ya se daba por hecho.

El juez de paz, con su sentencia salomónica, introdujo algo que no acostumbramos a concedernos en esas situaciones: tiempo. Sin plumas el veredicto no habría sido posible. Algo de eso ocurre cuando conseguimos distanciarnos de una disputa y reducir la reactividad antes de volver a la conversación.

Hay quien teme que, si no responde de inmediato, su posición se debilite o el otro consolide la suya. Sin embargo, cuando introducimos una pausa deliberada para que descienda nuestra reactividad —cuando nos sentimos menos heridos— estamos en mejores condiciones para decidir con claridad qué nos conviene. Tal vez decidas que quieres seguir luchando por la propiedad de la acequia empleando otra perspectiva. O quizá optes por replantear los límites. O prefieras olvidar el asunto si consideras demasiado alto el coste emocional. Sea cual sea tu decisión, habrás tenido tiempo de sopesar los pros y contras sin que la activación del momento nuble tu juicio.

Lo sabemos: no todos los conflictos tienen una resolución o un reconocimiento justo. Pero aunque no podamos cambiar el desenlace, sí podemos decidir cuanto tiempo y energía queremos invertir en ello.

Cuando el psicólogo te acompaña en estas situaciones, no asume el papel de juez. Su función no es dictar sentencia sobre quién tiene razón. Pero te ayudará a comprender qué está en juego de verdad; qué parte del conflicto se refiere al presente y qué parte corresponde a heridas pasadas cerradas en falso. Muchas veces basta con tener esto claro para que las plumas empiecen a despuntar.