Del «¿qué le pasa a mi hijo?»

Niño que pide a sus padres que dejen de pelear.

Del «¿qué le pasa a mi hijo?»

…al «¿qué nos pasa a nosotros?»

Muchos padres llegan a consulta preocupados por el comportamiento de sus hijos. Hablan de rabietas intensas, desobediencia, dificultades en el colegio, irritabilidad constante o cambios de humor que no saben cómo manejar. La pregunta es recurrente: ¿qué le pasa a mi hijo?

Es comprensible.  Cuando vemos que nuestro hijo o hija lo está pasando mal, queremos ayudarle cuanto antes. Pero, a menudo, la respuesta no está solo en el niño.

En la práctica clínica observamos con relativa frecuencia algo que no siempre es evidente: los síntomas del menor aparecen en un contexto donde la relación entre los padres atraviesa dificultades. No hablamos de conflictos abiertos o discusiones constantes. Pueden ser manifestaciones más sutiles como distanciamiento, silencios prolongados, miradas de reproche y una sensación palpable de incomodidad.

La pareja reducida a «equipo parental»

Cuando esto ocurre, la preocupación por el niño se convierte —sin que nadie lo pretenda— en el único punto de encuentro entre los adultos. Ambos padres se movilizan, hablan sobre el problema, toman decisiones y buscan soluciones. De algún modo, el malestar del niño les obliga a trabajar juntos y les proporciona sensación de orden: hay un problema claro y tienen algo concreto que hacer.

El menor concentra toda la atención. Y cuando la atención se dirige exclusivamente hacia el niño, es fácil pasar por alto el clima emocional en el que este se desenvuelve.

Los niños viven dentro de un entramado de relaciones. Observan y registran constantemente lo que ocurre entre las personas de las que dependen. No necesitan que los conflictos se expresen de forma explícita para darse cuenta de que algo no va bien. Perciben las miradas, las tensiones, los silencios incómodos, las respuestas cortantes o la falta de conexión entre sus padres.

A veces los adultos están convencidos de que saben ocultar esas tensiones. Creen que mientras no discutan delante del niño, él no notará nada. Sin embargo, los niños son especialmente sensibles a lo que ocurre entre quienes más quieren. Detectan cambios de tono, gestos, distancias y contradicciones que a los adultos pueden parecerles detalles menores.

Efectos del clima familiar en el comportamiento infantil

Ese clima emocional termina reflejándose en el comportamiento infantil. Algunos niños reproducen formas de interacción que ven en casa. Otros reaccionan con irritabilidad, desobediencia o estallidos que desconciertan a los padres. El menor no  sabe explicar lo que le ocurre; simplemente muestra, a través de su conducta, un malestar al que no sabe como dar salida.

En consulta nos encontramos con una escena repetida: los padres buscan soluciones para el niño mientras la relación entre ellos sigue deteriorándose. No es extraño que, al explorar la historia familiar, aparezca otra realidad: la pareja lleva tiempo funcionando como un equipo parental y no como pareja. Ese hijo o hija es el único proyecto que ambos comparten.

Las conversaciones giran alrededor de horarios, tareas, normas o preocupaciones educativas. El vínculo entre los adultos —el espacio donde antes había complicidad, curiosidad o deseo de compartir— es prácticamente inexistente. Por lo general, la pareja no llega a esta situación de un día para otro. Las cosas se deterioran poco a poco, ayudadas por las exigencias del trabajo, el cansancio cotidiano y las responsabilidades.

El malestar del niño puede ser (y, de hecho suele ser) un síntoma del sistema familiar. Su comportamiento refleja las tensiones presentes en casa.

Revisar la relación de pareja

Ante esta situación, el trabajo terapéutico con el niño se acompaña, por lo general, de otra propuesta: revisar la relación de pareja.

La terapia de pareja no consiste en buscar culpables ni en decidir quién tiene razón. Tampoco pretende mantener a toda costa una relación que no beneficia a nadie. Su cometido es ofrecer un espacio de tranquilidad donde poder hablar de lo que está ocurriendo entre los adultos.

La terapia permite observar las dinámicas instauradas entre los miembros de la pareja, entender cómo se ha llegado a ese punto y escuchar aquello que tapan las prisas y el cansancio. A partir de ese momento la pareja ve con más claridad qué quiere hacer:  reconstruir la relación o, llegado el caso, aceptar que esta no funciona y que lo más honesto es la separación.

A menudo ocurre algo evidente: cuando mejora la relación entre los padres, también lo hace el comportamiento del niño. Al  haber menos tensiones en el hogar, se reducen o desaparecen muchas de las conductas que  preocupaban a los adultos.

Esto no significa que todos los problemas infantiles tengan su origen en la relación de pareja. Los niños pueden atravesar dificultades por muchos motivos. Pero conviene recordar algo: los hijos crecen dentro de una red de relaciones en la que los progenitores desempeñan un papel clave. Y son los primeros afectados por cuanto ocurre entre sus padres.

A veces, la pregunta con la que iniciábamos este post —¿qué le pasa a mi hijo?— es la antesala de otra reflexión: ¿cómo estamos nosotros como pareja? Si no respondemos a esta segunda pregunta, difícilmente podremos ayudar a nuestros hijos.