Cómo la presión social banaliza el riesgo
Hace algunos años —todavía podría calificárseme de «jovencita»— una buena amiga que empezaba a dar sus primeros pasos en las artes escénicas me contaba lo mal que lo pasaba en ciertas fiestas de socialización. En su sector, esos encuentros eran obligados: servían para forjar relaciones profesionales y formar parte de determinados círculos.
Los psicoestimulantes corrían en esos entornos con la misma naturalidad que el alcohol. En determinados ambientes parecían funcionar como contraseña tácita para pertenecer al grupo. Si querías estar dentro, debías participar. Mi amiga no lo hacía y eso la colocaba en una posición incómoda. Su decisión de no consumir no se interpretaba como una preferencia personal, sino como una forma de distanciamiento respecto al resto.
Rituales de pertenencia
La presión del grupo no necesita amenazas explícitas para ser efectiva. Basta con que ciertas conductas se instauren como norma para que quien se aparta de ellas sea «el raro». Y el ser humano tiene una fuerte tendencia a buscar aceptación de su entorno inmediato.
Consumir alcohol o drogas forma parte, en algunos contextos, de los rituales de pertenencia. El funcionamiento es similar a las pruebas de iniciación o novatadas que aparecen en las noticias cuando a los autores se les ha ido la mano. Por muy incomprensibles que puedan parecernos a muchos (y hagamos causa común contra ellas) tienen una función clara en el grupo: delimitar quién entra y quién se queda fuera. El consumo compartido refuerza la sensación de complicidad y reduce distancias entre los miembros del grupo. Negarse a participar se entiende como una ruptura de un pacto implícito.
Decía Charles Bukowski: «Desconfía de quien no beba». El pensamiento y estilo de vida poco ejemplar de Bukowski tiene muchos detractores, pero también son muchos quienes comparten ese pensamiento: quien no bebe despierta sospecha, parece menos cercano e incluso menos fiable.
La percepción y la realidad
Son muchos los psiquiatras y psicólogos que han descrito los efectos de los psicotrópicos en la población joven. Los profesionales de la salud mental conocen bien esta realidad por experiencia directa en urgencias hospitalarias de fin de semana. En esas guardias se observa con claridad algo que a menudo pasa desapercibido: la distancia entre la imagen social de determinadas sustancias y sus consecuencias reales.
Drogas como la heroína generan un marcado rechazo social. El deterioro físico y psicológico se hace pronto visible. Esa visibilidad la sitúa en el imaginario colectivo como droga asociada a la marginalidad. Otras sustancias, sin embargo, se perciben como mucho más inocuas. El alcohol, el cannabis o la cocaína no producen un deterioro inmediato ni evidente a simple vista.
Muchas de ellas provocan efectos subjetivos socialmente atractivos. Incrementan la sensación de confianza, reducen la inhibición y facilitan la interacción social. Para alguien tímido o inseguro, esos efectos pueden ser especialmente seductores. Estas sustancias dan la impresión de resolver dificultades que en condiciones normales exigirían tiempo y trabajo personal.
La percepción inicial del consumo suele centrarse en esos efectos inmediatos. Las consecuencias psicológicas tardan más en aparecer y, cuando lo hacen, rara vez se relacionan de forma directa con ese consumo. La irritabilidad, los cambios de carácter, la pérdida de control o determinados episodios de violencia se interpretan como problemas personales, no como efectos secundarios del consumo.
El deterioro psicosocial avanza con discreción al principio. Durante un tiempo puede pasar desapercibido o quedar enmascarado por el propio entorno, que comparte hábitos similares. Antes o después, las consecuencias de aquello que empezó como una forma de integrarse socialmente son difíciles de ignorar, tanto por uno mismo como para los demás.
Entender la presión social para mejorar la prevención
En este punto hemos de recordar algo que se diluye en los debates públicos: las drogas no distinguen ideologías ni sensibilidades políticas. Sus efectos tampoco dependen del contexto cultural en el que se consumen. Desde el punto de vista clínico, son sustancias con un elevado potencial de daño psicológico y social.
La prevención se centra en informar sobre los riesgos biológicos o legales del consumo. Esa información es necesaria, pero convendría prestar más atención a la dimensión social del problema. Muchos jóvenes no consumen por curiosidad ni por rebeldía; simplemente no quieren quedarse fuera del grupo.
Comprender ese mecanismo no justifica el consumo, pero nos ayuda a explicarlo. Y, sobre todo, permite diseñar estrategias de prevención que no se limiten a advertir sobre los riesgos y tenga en cuenta una realidad psicológica básica: la presión del grupo puede pesar más que cualquier argumento racional.