Padres e hijos atrapados en el conflicto
Las calificaciones, las malas contestaciones, la falta de esfuerzo… cuando las conversaciones familiares se convierten en una sucesión de reproches, las partes implicadas en esta dinámica agotadora se embarcan en un ejercicio anticipatorio: los padres anticipan discusiones por cualquier motivo y el o la adolescente anticipa una nueva recriminación. Unos corrigen y otros están a la defensiva.
¿Cómo se llega a esta situación? Por lo general, de forma gradual e imperceptible. Una (o varias) conductas concretas —mal comportamiento, dificultades para cumplir normas, etc.— repetidas en el tiempo provocan enfrentamientos recurrentes entre padres e hijos. Las tensiones familiares aumentan y el adolescente pasa a ser el «que siempre la lía» o «el que amarga a todo el mundo».
El conflicto como eje de la convivencia
Los padres llegan a consulta agotados. Tienen la sensación de haber intentado un montón de cosas sin resultado alguno: han probado a hablar, negociar, razonar, amenazar, castigar, ceder, controlar o vigilar de cerca. Algunos se sienten culpables ante una dureza que años antes hubieran considerado imposible. Otros están tan hartos de enfrentamientos que saltan a la mínima. Y hay quien, sencillamente, ha tirado la toalla.
En ese contexto, muchas decisiones son fruto de la desesperación más que de una estrategia educativa clara. Quitar el fútbol, prohibir salidas durante semanas o actividades motivadoras es una decisión basada en un razonamiento sencillo, cuando ningún recurso parece funcionar: «si esto tampoco funciona, ya no sé qué hacer».
¿Soy un problema?
Algunos adolescentes viven convencidos de ser una decepción constante para sus padres. Cuando la relación se basa casi por completo en la corrección es fácil considerar que solo se habla de ellos en términos de problemas.
Los comentarios de «vago», «imposible», «le da igual todo» o «solo busca el conflicto» reflejan, en ocasiones, situaciones reales, pero conviene preguntarse cuánto tiempo lleva ese adolescente escuchando ese tipo de críticas.
Las expectativas familiares influyen en la conducta. Las etiquetas no explican el origen del problema, pero condicionan la forma en cómo todos interpretan lo que ocurre. Si un adolescente se considera conflictivo, lo más probable es que cualquier pequeño avance por su parte pase desapercibido mientras que los fallos confirmarán la idea preconcebida. Hay adolescentes convencidos de que hagan lo que hagan decepcionarán a todos. Y cuando uno está convencido de eso, ¿para qué esforzarse?
El adolescente problemático… ¿en todos los contextos?
Muchos adolescentes con dificultades de conducta no funcionan mal en todos los contextos. Pueden acumular suspensos y discusiones en casa, pero mantienen un buen vínculo con su entrenador, trabajan bien en un equipo deportivo o muestran otra actitud fuera del entorno familiar.
Los padres interpretan a veces esos espacios en los que su hijo se siente bien como un premio inmerecido: «para lo que quiere sí tiene ganas».
Esas actividades cumplen, sin embargo, una función importante. En algunos casos son los únicos lugares donde el adolescente no es causa de conflictos. Ahí no es «el que suspende», «el que contesta» o «el que decepciona».
Hay adolescentes muy desorganizados, agresivos o irresponsables que necesitan consecuencias claras. No podemos aceptar cualquier conducta ni renunciar a los límites, pero conviene ser prudentes antes de utilizar como castigo los espacios en los que nuestro hijo o hija siente que pertenece al grupo, hace algo bien y recibe el reconocimiento de los otros.
Hay quien cree que endureciendo los castigos recuperará la autoridad. Y a menudo sucede lo contrario: el adolescente se distancia, miente más o entra en una dinámica de oposición automática.
Algunos chavales llevan años escuchando que podrían hacer las cosas mejor «si quisieran». Y aunque esto pueda ser cierto en parte, incurre en una simplificación excesiva. Tras su comportamiento puede haber impulsividad, dificultades para organizarse, sensación de fracaso constante, falta de autoestima o baja tolerancia a la frustración. Aunque nada de esto elimina la responsabilidad personal, cambia la forma de entender el comportamiento.
El castigo como receta universal
Los castigos por sí solos rara vez enseñan autorregulación al adolescente que carece, por ejemplo, de habilidades para gestionar los impulsos, la frustración o la planificación.
Los límites son necesarios y, desde luego, corregir las conductas inadecuadas. Pero la dinámica familiar no puede basarse exclusivamente en el conflicto, la vigilancia y el reproche, porque corremos el riesgo de que la relación con nuestros hijos se reduzca al enfrentamiento.
Cuando la convivencia lleva tiempo deteriorándose, muchos adolescentes necesitan experimentar que pueden relacionarse con sus padres desde una posición que no sea de fracaso, decepción o corrección continua. El cambio más eficaz empieza, con frecuencia, por tratar de romper esa dinámica en la que el adolescente deja de ser una persona con dificultades para convertirse en «el problema».
Y una buena forma de empezar a hacerlo es entender que se pueden corregir conductas concretas sin atribuir etiquetas personales. Porque no es lo mismo decir «esto que has hecho es irresponsable» que repetir «eres un irresponsable».