¿En qué idioma hablan tus recuerdos?
Hay quien vive, trabaja o estudia en otro país y se las apaña perfectamente con el idioma local. Dirige reuniones, hace gestiones, mantiene conversaciones complejas y pueden discutir, si lo desea, de política o de cualquier otro tema espinoso. Cuando entra en terapia, sin embargo, la cosa cambia y su discurso se vuelve plano o distante.
La lengua materna nos sirve para comunicarnos, pero participa en muchos otros procesos. Organiza nuestra memoria autobiográfica, nuestra expresión emocional y muchas asociaciones aprendidas durante años. Cuando tratamos de rememorar recuerdos en otro idioma es fácil perder los matices.
Hay quien escribe mejor cuando piensa en una segunda lengua porque mantiene cierta distancia emocional, en particular si se trata de temas delicados. Escribir en un idioma extranjero puede favorecer, asimismo, la reflexión y estilo analítico ya que, por lo general, el vocabulario más limitado nos obliga a un ejercicio de concreción.
No es de extrañar, por tanto, que los textos generados en una segunda lengua sean por lo general más estructurados, en tanto que la redacción en lengua materna muestra mayor expresividad.
¿Eres de los que redacta con mayor precisión en otro idioma?
Lo que vemos en terapia
Después de años viviendo fuera, muchas personas se desenvuelven perfectamente en otra lengua. Sin embargo, cuando piensan en determinadas experiencias lo hacen en el idioma con el que crecieron. Su infancia, las discusiones familiares, la vergüenza, el miedo o determinadas expresiones de afecto están vinculadas a esa lengua. Hay quien alega que piensa mejor en la lengua adquirida, pero conecta peor con sus sentimientos.
Expresarte en una segunda lengua reduce la activación emocional en algunos contextos y nos ayuda a distanciarnos de lo que contamos. Esto puede ser de ayuda en determinadas circunstancias. Si a alguien le cuesta hablar de experiencias difíciles, tal vez se sienta más cómodo utilizando una lengua con menor carga afectiva. Sin embargo, corremos el riesgo de que ese discurso ordenado desconectado de la experiencia emocional no permita avanzar en la terapia.
No es necesario vivir fuera
No hace falta vivir en otro país para notar la tendencia a utilizar una u otra lengua en función de las circunstancias. Las personas bilingües cambian espontáneamente de idioma según el tema del que hablen. Algunos pacientes optan por un idioma para cuestiones laborales y por otro para temas familiares o íntimos. Otros cambian de idioma inmediatamente al contar algo conflictivo. No se trata de evitación (aunque también puede serlo): nuestro cerebro recupera ciertas experiencias en la lengua con la que fueron codificadas.
Pero no caigamos en las teorías grandilocuentes. Hay quien habla de la lengua materna de forma casi mística (de ahí expresiones literarias como «el idioma del alma o del corazón»). Todo es bastante más prosaico. El lenguaje participa en cómo accedemos a los recuerdos, cómo interpretamos lo que sentimos y cómo regulamos la activación emocional. Al cambiar de lengua modificamos en parte ese proceso.
¿Siempre es mejor la terapia en lengua materna?
Conviene evitar otra simplificación: la de que hacer terapia en lengua materna siempre es la mejor opción. No es así necesariamente. Hay quien prefiere expresarse en otro idioma porque reduce la sensación de vergüenza o de exposición. En trauma, por ejemplo, algunos pacientes se acercan antes a determinados recuerdos utilizando una lengua menos intensa emocionalmente. En otros casos ocurre lo contrario y la intervención terapéutica no es efectiva hasta que recuperan su lengua original.
Terapia online
Algunas personas que viven fuera buscan un profesional que hable su idioma porque no quieren tener la sensación de estar «traduciéndose» continuamente. Ese proceso de traducción simultánea cansa cognitivamente y, además, introduce filtros: hay expresiones, recuerdos o matices que se pierden al intentar reconstruirlos en otra lengua.
En estos casos, el cambio es evidente. El paciente habla con enorme control emocional en inglés y, sin embargo, pasa al español sin solución de continuidad al recordar una frase que le decía su madre. También cambia su tono, velocidad, prosodia e incluso la postura corporal. Y no debe llamarnos la atención, porque memoria, lenguaje y emoción van de la mano.
El aislamiento lingüístico
Hay otra cuestión que suele infravalorarse: el aislamiento lingüístico (descrito genialmente por Eva Hoffman en sus memorias «Lost in Translation»). Muchos adultos se manejan bien o muy bien en un idioma que no es el propio, pero no mantienen una red relacional profunda con esa lengua. La competencia lingüistica funcional no siempre se acompaña de la integración emocional. Y eso provoca sensación de falta de pertenencia.
La terapia no elimina la fractura cultural ni lingüística. Pero conviene entender que hablar en la propia lengua no es un capricho ni una preferencia estética. En muchos pacientes facilita la expresión emocional, la precisión narrativa y la sensación de continuidad personal. Y los beneficios clínicos son innegables.