La lengua del amor

Viñeta humorística de estereotipos lingüísticos utilizando la imagen de una cena romántica.

La lengua del amor

… aunque no entienda nada

Una película «viejuna» para muchos, pero en su momento muy celebrada —Un pez llamado Wanda (1988)— incluía una conocida escena: el actor Kevin Kline (Otto), que no tiene ni idea de italiano, trata de conquistar a Jamie Lee Curtis (Wanda), una joven que se pirra por este idioma, recurriendo a todas aquellas palabras que, en su opinión, suenan a esa lengua.

Otto recita un montón de palabras inconexas, mientras Wanda se muestra fascinada por la sonoridad de un idioma que considera el sumum de la sofisticación y el erotismo (y del que, dicho de paso, tampoco entiende una palabra).

Años después, Kevin Kline recordaría que, llevado por la emoción del momento, improvisó durante el rodaje nombres de quesos, platos y «todas las chorradas que me vinieron a la cabeza».

Por qué funcionó el gag

El humor de la escena no se basa en lo que dice Otto, sino en la reacción emocional que un montón de palabras triviales, absurdas e inconexas provocan en Wanda.

Y es que la protagonista no presta la menor atención al significado semántico. La sonoridad del idioma, la vinculación cultural de Wanda con Italia (principalmente a través del cine) y la percepción de romanticismo que atribuye al italiano, a partir de las muchas películas que ha visto, son pieza clave de esa reacción.

¿Qué dice la psicología social?

La viñeta que acompaña a este post es, obviamente, una referencia directa al chiste clásico de la película.

La escena ejemplifica lo que se conoce como efecto halo lingüístico: las características positivas atribuidas a una lengua se transfieren a quien la habla. La película exagera ese fenómeno hasta el absurdo para sacarnos una sonrisa.

Si una persona se siente atraída por Italia, por su cultura y por su idioma, es muy probable que le guste cualquier discurso que suene a italiano.

Pero el fenómeno es aún más general. Muchas veces no reaccionamos a lo que una persona es, sino a lo que imaginamos sobre ella. Una voz agradable, un determinado acento o una forma de hablar pueden llevarnos a atribuir características que en realidad desconocemos: inteligencia, sensibilidad, sentido del humor o incluso atractivo físico.

La sonoridad de la lengua

Los estudios sobre actitudes lingüísticas muestran que las personas desarrollan estereotipos sobre cómo «suenan» los idiomas.

El italiano es percibido por muchos hablantes occidentales como expresivo, musical y emotivo por características fonéticas como numerosas vocales abiertas, ritmo fluido, entonación expresiva y estructura silábica relativamente sencilla. Pero esto no lo explica todo.

Las asociaciones culturales

Durante décadas, el cine, la publicidad y los medios han asociado Italia con la pasión, la gastronomía, la música, el arte, el estilo de vida mediterráneo… y el carácter apasionado.

Por eso, cuando alguien oye palabras italianas, además de procesar los sonidos, activa toda una serie de asociaciones mentales agradables.

En cierto modo, nuestro cerebro está utilizando un atajo. Llamamos heurísticos a estos procedimientos rápidos que nos permiten formarnos impresiones sin analizar toda la información disponible.

Algo parecido ocurre con Wanda: «me gusta Italia» y «suena a italiano», luego «me resulta atractivo». No es un razonamiento consciente, sino una asociación emocional potente.

Además de las características fonéticas de una lengua, nuestra vinculación cultural con ella nos lleva a atribuir cualidades concretas a quien la utiliza. Si escuchamos a alguien hablando alemán, probablemente nos veamos transportados a un mundo de orden, precisión y eficacia (aunque esté diciendo las mismas tonterías que nuestro Otto).

Ninguna de esas lenguas tiene esas cualidades per se. Las proyectamos cada uno de nosotros a partir de estereotipos culturales, experiencias previas y memoria colectiva. Somos nosotros quienes percibimos determinados sonidos como promesas de romance y otros como muestras de eficacia.

La forma sobre el contenido

La viñeta también ilustra algo bien estudiado por la psicología de la comunicación: con mucha frecuencia, la respuesta emocional depende más de la voz, la prosodia, la entonación y el ritmo que del significado literal de las palabras.

Los experimentos clásicos sobre percepción social también lo confirman: las personas suelen inferir emociones, simpatía o atractivo a partir de fragmentos de voz, aunque no entiendan lo que están escuchando.

Después de todo, la voz es una de nuestras primeras fuentes de información al formarnos una impresión del otro. Antes de analizar el contenido de un mensaje, reaccionamos a cómo nos hace sentir quien lo transmite.

La escena de «Un pez llamado Wanda» sigue funcionando décadas después. Nos reímos por la reacción de la protagonista al escuchar un montón de palabras absurdas, pero también porque nos reconocemos en algo muy humano: nuestra percepción no depende únicamente de lo que escuchamos, vemos o sentimos, sino de los significados que nuestra experiencia nos lleva a atribuirle.