Un ejercicio complicado
La noticia del fallecimiento repentino del padre del soldado Peláez recorre rápidamente el puesto militar donde el joven vive y presta servicio. Es bien sabido lo unido que Peláez está a su padre, por lo que la autoridad informante pide a su sargento que comunique al soldado la aciaga noticia con máxima sensibilidad.
—¡Sí, señor. Ningún problema, señor! —es la marcial respuesta del sargento. Y con castrense eficiencia convoca al batallón frente a los barracones.
—¡Soldados —vocifera el sargento con su imponente vozarrón—, todos aquellos de ustedes que tengan padre den un paso adelante!… ¿Pero se puede saber adónde vas, Peláez?
El sargento de este antiguo chiste es la representación esperpéntica de la falta de tacto, pero —por una de esas acrobacias mentales— me ha trasladado al terreno de los profesionales que han de aprender a manejar su respuesta emocional, en circunstancia difíciles, para poder cumplir con rigor lo que se espera de ellos.
Sentir una cosa y tener que hacer otra
Pienso en el juez que debe respetar la imparcialidad del proceso judicial en crímenes que conmocionan a la opinión pública. O en el empresario que ha de tomar, en situaciones de crisis, decisiones impopulares que afectarán a la vida de muchas personas. O en el cirujano que trasplanta el deseado riñón basándose en las expectativas de supervivencia, no en las bondades del receptor. O en el abogado que garantiza el derecho de defensa del acusado, por atroz que sea el delito cometido. O en el policía que, tras dejar a su niño en la guardería, detiene asépticamente al pederasta. El listado de posibles ejemplos sería inacabable.
Hablamos mucho de empatía, pero bastante menos de la distancia emocional que exige el ejercicio de algunas profesiones: impedir que las emociones, por intensas que sean, determinen una decisión profesional que —tengo la impresión— puede estar acompañada de una buena dosis de dilema ético y desgaste personal.
Las emociones participan en nuestra forma de interpretar lo que ocurre, valorar sus consecuencias y tomar decisiones. Es poco realista pensar que un juez, un médico, un policía o un empresario pueden desprenderse de sus emociones al entrar a trabajar y recuperarlas al final de la jornada. Y, sin embargo, su actuación está sujeta a criterios profesionales, jurídicos, clínicos o éticos en los que la emoción no puede ser el criterio decisorio.
Mantener cierta distancia emocional no significa sentir menos. La persona comprende las consecuencias de lo que está haciendo y, por eso, la decisión es más difícil. Puede estar convencida de hacer lo que debe y, sin embargo, lamentar las consecuencias. Ha cumplido sus obligaciones profesionales, pero sigue pensando en quien no ha recibido el trasplante, en el trabajador despedido o en la familia a la que ha comunicado una mala noticia.
Aparcar una emoción no es dejar de sentirla
Hay, además, una diferencia importante entre contener temporalmente una emoción para poder actuar y acostumbrarse a no sentirla. En determinadas situaciones, será necesario aparcar el miedo, la pena, la culpa, la compasión o el rechazo.
En algunas profesiones este tipo de situaciones son excepcionales. En otras forman parte intrínseca del trabajo. Y cuando se repiten una y otra vez, pueden terminar pasando factura. Las dudas posteriores, la sensación de haberse endurecido, el miedo a llevarse el trabajo a casa o la dificultad para explicar a los demás por qué se tomó determinada decisión son causa de desgaste.
También puede ocurrir que ese distanciamiento emocional deje de circunscribirse al trabajo. Mantener la cabeza fría ante una situación especialmente dura es una herramienta profesional útil. Seguir funcionando así cuando esas circunstancias desaparecen, no.
Hacer lo correcto también duele
Distancia emocional no es insensibilidad
La sensibilidad no está reñida con ninguna de las profesiones citadas. Pero hay ocasiones en las que es necesario tomar una decisión atendiendo a criterios profesionales que no coinciden con lo que desearíamos hacer. Una decisión profesionalmente correcta puede ser una dura carga para quien la toma.
Encerrar las emociones bajo llave durante un rato puede ser necesario para actuar conforme a esos criterios. Otra cosa es pretender que no estaban allí o no encontrar el momento de abrir de nuevo la puerta.
Vuelvo al soldado Peláez. El sargento del chiste no es un buen ejemplo de distancia emocional. Para mantener cierta distancia de una emoción, tiene que haber una emoción que manejar. El juez lamenta las consecuencias de su sentencia; al médico le afecta la suerte de su paciente; al empresario le preocupa el futuro de quien acaba de despedir. El sargento, sencillamente, no se plantea cómo puede sentirse Peláez. Y eso es insensibilidad.