¿A nuestros hijos o a nosotros mismos?
Con frecuencia escuchamos una queja recurrente entre padres y madres: la falta de autonomía de sus hijos. De hecho, oigo tan a menudo este comentario que, de no trabajar también con niños, pensaría que estamos ante la generación más dependiente de la historia.
Los padres lamentan la escasa iniciativa de sus hijos, su dificultad para tomar decisiones o su tendencia a depender en exceso del adulto ante cualquier situación que exija posicionarse. Cuando indagamos con detenimiento en la dinámica familiar, nos damos de bruces con el escenario siguiente: muchos de los adultos preocupados por el poco empuje de sus hijos acostumbran a decidir, de forma rutinaria, sobre la mayoría de los asuntos cotidianos que atañen a sus estos, sea cual sea su importante.
Desde cuestiones aparentemente menores —como la ropa que deben ponerse o cómo responder ante un pequeño conflicto— hasta otras más relevantes relacionadas con actividades, amistades o formas de expresar lo que sienten. El mensaje implícito transmitido, aunque no sea esa la intención, es tajante: «sé mejor que tú lo que conviene».
Proteger y educar no son lo mismo
Hay una creencia generalizada según la cual los hijos, en particular cuando son pequeños, forman parte de nosotros; son algo así como una prolongación de nuestra identidad. Esta idea, aunque comprensible desde el vínculo afectivo, puede derivar en una constante intervención en la vida cotidiana de los niños. Conviene detenerse aquí en una distinción que algunos padres confunden: proteger no es lo mismo que educar.
Proteger implica establecer límites claros cuando existe un riesgo real. Como padres y madres asumimos la responsabilidad de evitar situaciones que puedan comprometer la seguridad física o emocional de nuestros hijos. En ese terreno, la función parental exige rigor y no puede delegarse ni valen las medias tintas. Los límites están muy relacionados con esa protección.
Educar es muy distinto. Y, en cierta forma, una obligación bastante más compleja que la de proteger. Requiere, entre otras cosas, depositar nuestra confianza en la capacidad de quien aprende, en los valores que le transmitimos y en que el proceso dará fruto a largo plazo. Proteger significa resguardar; educar significa abrir, soltar poco a poco y asumir el riesgo que conlleva formar a alguien para que pueda valerse por sí mismo. Los adultos deben permitir que el niño tome decisiones adaptadas a su nivel madurativo, que experimente las consecuencias de esas elecciones y que pueda equivocarse (dentro de un marco seguro), por mucho que deseen evitarle esa equivocación.
Cómo afecta decidir por ellos
Las dificultades comienzan cuando confundimos educación con protección y ampliamos los límites de esta última hasta abarcar cualquier situación o experiencia de nuestros hijos que les genere incomodidad o frustración o entrañe la posibilidad de fallo.
La intervención constante del adulto tiene, por lo general, poco que ver con la inseguridad del niño —aunque esa intervención terminará probablemente convirtiendo al niño en una persona insegura— y mucho con la dificultad del adulto para tolerar determinadas emociones.
Permitir que un niño se equivoque no es sencillo. Errar provoca frustración, enfado o tristeza (mucho más si no estás acostumbrado a experimentar situaciones de fracaso). Y también aceptar que otros puedan juzgar el resultado de tu decisión. Decidir por ellos para evitarles esos sentimientos puede aliviar nuestra propia ansiedad: reduce la incertidumbre, evita el conflicto y ofrece sensación de control.
No es descabellado preguntarse si, cuando lo decidimos todo por nuestros hijos, no estaremos tratando de aliviar nuestro malestar más que el suyo.
La toma de decisiones en el desarrollo de la autonomía infantil
La toma de decisiones está estrechamente vinculada con el desarrollo de la función ejecutiva y la construcción del autoconcepto. Aprender a elegir implica evaluar opciones, anticipar consecuencias y asumir los resultados y responsabilidades de nuestra elección. Es un aprendizaje progresivo (y complejo) que comienza con los pequeños gestos cotidianos.
Cuando no existe espacio para practicar esta habilidad o su desarrollo se ve constreñido por la constante dirección del adulto, el niño terminará interiorizando la idea de que no es capaz de hacer las cosas por sí solo y necesita de otro que piense por él.
Esta dinámica se vuelve paradójica. Cuanto más se evita el error, menos recursos se desarrollan para afrontarlo. Cuanto más se decide por el niño, más inseguro se muestra a la hora de tomar una decisión. Surgen entonces las quejas sobre su falta de autonomía infantil, sin advertir que, con nuestra conducta, hemos favorecido esa situación.
Educar no significa renunciar a la responsabilidad parental ni adoptar una postura permisiva. Pero entraña una tarea nada fácil: diferenciar cuándo es necesario proteger y cuándo hemos de limitarnos a acompañar entre bambalinas. Y aceptar que el niño necesita experimentar continuamente para convertirse en un adulto sano. Y toda experimentación incluye cierto margen de error.
Antes de quejarte de la falta de autonomía de tus hijos, pregúntate con sinceridad si no has contribuido a ese estado de cosas. Tal vez la cuestión no sea si nuestros hijos están preparados para decidir, sino si nosotros estamos preparados para tolerar lo que ocurre cuando les permitimos hacerlo.