No es cosa de niños
Cuando hablamos de sobreprotección pensamos de inmediato en la infancia. Sin embargo, los efectos de la sobreprotección no desaparecen cuando el adulto se va de casa o cumple cierta edad. Muchas de las dificultades que aparecen en la vida adulta —ansiedad, inseguridad, bloqueo en la toma de decisiones— tienen que ver con haber crecido en un entorno donde otros pensaban, decidían o anticipaban por nosotros.
La sobreprotección está movida por las buenas intenciones: el deseo profundo de cuidar, evitar el sufrimiento y prevenir errores y fracasos de aquellos a quienes queremos. El problema no está, por consiguiente, en la intención, sino en las consecuencias a largo plazo de ese comportamiento.
Manifestaciones de la sobreprotección en la vida adulta
Los adultos que han crecido en contextos sobreprotectores no siempre lo identifican así. A menudo llegan a consulta por motivos que, aparentemente, nada tienen que ver con las experiencias vividas en la etapa infantil. A continuación enumero algunas de las manifestaciones más frecuentes:
- Dificultad para tomar decisiones
Elegir genera un malestar desproporcionado. Hay una necesidad constante de consultar, contrastar opiniones o buscar garantías antes de actuar. El error es vivido como algo que hay que evitar a toda costa.
- Ansiedad ante la incertidumbre
En ausencia de normas claras, instrucciones o una figura de referencia, surge la inseguridad y la sensación de estar «sin red», incluso en situaciones cotidianas que otros manejan con relativa tranquilidad.
- Dependencia de la validación externa
Necesidad de aprobación constante para confirmar que lo que hago «está bien». Si no existe esa validación, surge la duda, la culpa o la sensación de estar fallando, aunque no haya consecuencias reales.
- Relación complicada con la autoridad
Puede tratarse de sumisión excesiva o, por el contrario, de un rechazo frontal a la autoridad. En ambos casos, se observa dificultad para hacer valer el criterio propio por razones distintas a la obediencia o a la oposición.
- Evitación del error y del conflicto
Tendencia a postergar decisiones, a abandonar proyectos o a mantener situaciones insatisfactorias por miedo a equivocarse o a generar conflictos. El coste emocional de «hacer algo mal» es percibido como demasiado elevado.
El criterio externo reemplaza al propio
El exceso de límites y la supervisión exagerada durante la infancia impide que el niño practique algo que será esencial en su vida adulta: decidir, equivocarse y corregir. Con el tiempo, esto termina generando dificultades para desarrollar límites internos y adoptar decisiones autónomas. La persona no aprende a confiar en su propio juicio y se formula continuamente preguntas del tipo «¿Qué debería hacer?» «¿Tú qué harías?» o «¿Será esto normal? Este adulto, con escasa confianza en su criterio, necesitará referencias externas constantes para decidir y también evaluar si sus actos son adecuados.
Excesiva dependencia de la motivación externa
La motivación externa, en sí misma, no es el problema. De hecho, es inevitable, seamos niños o adultos. Pensemos en un ejemplo cotidiano: muchas veces sabemos que estamos haciendo algo que no beneficia a nuestra salud, pero aun así necesitamos que alguien de fuera nos dé un toque. ¿Quién no ha modificado algún hábito porque su médico le ha alertado sobre determinadas consecuencias? En estos casos, la intervención externa nos empuja a adoptar una acción que, aún siendo conscientes de su conveniencia, probablemente no partiría de nosotros mismos.
Lo preocupante es que la motivación externa sea el único motor de nuestros actos. Cuando iniciamos o mantenemos una conducta por razones profundas —ya se trate de interés, convicción, coherencia con determinados valores o responsabilidad personal, aunque genere incomodidad—, nos estamos motivando internamente. La pregunta que nos planteamos en este caso es «¿Tiene sentido para mí hacer esto?» frente al «¿Qué es lo que se espera de mí?»
Algunos adultos siguen funcionando con esquemas muy similares a los de la infancia:
- Hacen las cosas solo si hay recompensa.
- Se mueven más por evitar consecuencias negativas que por deseo o convicción.
- Les cuesta iniciar acciones si no hay una presión externa clara.
Esto genera dependencia, agotamiento y sensación persistente de falta de iniciativa.
¿Qué puede hacer la terapia?
De nada vale culpar a los padres (que, además, como hemos visto anteriormente, actúan generalmente con la mejor de las intenciones). Por otra parte, forzar cambios rápidos sirve de poco, cuando no es contraproducente. El trabajo terapéutico pasa por establecer objetivos graduales y muy concretos:
- Aprender a tolerar el error sin vivirlo como amenaza.
- Diferenciar protección de control.
- Entrenar la toma de decisiones en contextos cotidianos, no solo en los grandes dilemas.
- Revisar la relación con la culpa y la exigencia.
- Construir un criterio propio que permita decidir sin necesidad de validación constante.
El propósito no es eliminar la ansiedad, sino entender qué función cumple y reducir su impacto en la vida cotidiana.
La autonomía no surge de un día para otro. Necesita entrenamiento y mucha prueba y error. Y ningún lugar mejor y más seguro para probar y errar que el seno familiar, bajo la supervisión (que no sobreprotección) de quienes más nos quieren. Crecer en un entorno de sobreprotección no determina irreversiblemente la vida adulta, pero puede dejar huellas que la compliquen mucho. Tengámoslo en cuenta cuando nos embarquemos en la maravillosa experiencia de la paternidad o la maternidad.