Cómo gestionar las expectativas adultas
Acompañar a un niño con TDAH —o con dificultades atencionales o inhibitorias— puede poner a prueba la paciencia de adulto más dedicado. Muchos padres se identificarán con la escena que muestra la viñeta. Ante la acostumbrada desconexión del niño surge el inevitable pensamiento de «¿Pero es posible que no lo haga a posta?», porque esa desconexión choca con nuestra idea de cómo debería funcionar la atención. La situación pone manifiesto, de paso, nuestras propias dificultades; lo fácil que nos resulta perder la paciencia, por ejemplo.
Aun sabiendo —porque así nos lo ha explicado el profesional a cargo de la valoración— que nuestro hijo o hija tiene problemas atencionales e inhibitorios, solemos pensar en la distracción infantil como un problema exclusivo del niño o —aún, reconociendo su existencia— que este no se esfuerzo lo suficiente por superarlo. Después de todo, es él quien debe corregirlo. Pocas veces nos detenemos a observar qué se activa en nuestro interior cuando notamos que no nos escucha o nos vemos obligados a repetir las cosas hasta la saciedad. Y, sobre todo, cómo reaccionamos cuando el niño no responde como esperamos.
Porque el niño está en su mundo… y, nosotros, en el nuestro. Y diría que es lo más parecido a tratar de comunicarse desde dos habitaciones estancas.
Lo que se activa en el adulto
Ante la falta de atención de nuestro hijo o hija, se dispara automáticamente un diálogo interno: no me hace caso, no le importa, siempre igual, esto no debería ser tan difícil. Estos pensamientos, rápidos y poco conscientes, alimentan el enfado y justifican respuestas por nuestra parte que, aunque comprensibles, no suelen ser eficaces.
Por otra parte, la conducta del niño no explica siempre la reacción del adulto. Tal vez hayamos tenido un mal día o estemos cansados o nuestra expectativas se vean defraudadas… sea cual sea el motivo, se produce una respuesta reactiva por parte del adulto, que busca aliviar el malestar de este, más que atender a las necesidades infantiles.
Expectativas adultas y necesidades infantiles
Los padres formulamos demandas que consideramos razonables, pero estas no siempre se ajustan a las capacidades atencionales (o de otro tipo) del niño. Este desajuste ente lo esperado y la realidad es la causa de buena parte de los conflictos cotidianos en familias con niños con TDAH.
Esperamos atención sostenida cuando el niño está saturado. Exigimos autocontrol cuando su sistema inhibitorio está al límite. Requerimos su atención cuando su mente está ocupada en otra cosa. Y cuando no se cumplen nuestras expectativas, lo interpretamos como falta de voluntad.
Esta confusión tiene un coste: nos enfadamos con el niño por algo que no depende de él (o al menos no por completo) y reforzamos dinámicas relacionales tensas que complican las cosas.
Reformular el enfoque
Que nuestro hijo o hija «desconecte» no significa que renunciemos a intervenir. La intervención pasar por comprender su estado atencional y dar con las claves para sacarlo de su abstracción. El adulto adopta la función de regulador externo: alguien que ayuda al niño a volver, en lugar de encadenar los reproches.
Esto exige algo que, dependiendo de nuestro estado de ánimo, puede resultar más o menos costoso: frenar la respuesta automática, reconocer nuestra propia activación y modular la respuesta.
Enfadarse alivia (momentáneamente), pero no enseña
Cuando nuestro hijo o nuestra hija está «en Babia» y necesitamos que nos atienda, podemos actuar de dos formas. Reaccionar con irritación ante la falta de conexión y comprobar —una vez más— que no sirve de nada elevar el volumen de voz o repetir lo mismo mil veces… o recabar su atención utilizando algunas señales de anclaje (tocar ligeramente el brazo, un comentario breve («mírame un momento»)). E incluso comprender que, en determinadas situaciones, por mucho que insistamos, la atención no es accesible y conviene posponer la intervención.
Cuando se trata de chavales con dificultades atencionales, la calma es una estrategia bastante más efectiva que el enfado. Y la información breve, concretada y ajustada al momento es mucho más eficaz que los mensajes múltiples o embrollados, las críticas o las justificaciones innecesarias que, por lo general, terminan conduciendo a una nueva desconexión.