¿Arreglar o sortear?
Hace unos años cambié la bañera por un plato de ducha, más seguro y cómodo. Por un fallo de fábrica, el mando circular del agua caliente empezó a mostrar un funcionamiento errático casi enseguida. Si lo giraba más de un cuarto de vuelta para elevar la temperatura del agua, salía despedido del resorte que lo unía a la ducha. La primera vez me resultó enojoso y me dije «Mañana mismo llamo al fontanero para que lo repare».
Pero llegó mañana y tenía una jornada complicada por delante, así que decidí dejarlo para pasado, y después para pasado mañana. Desde entonces ha transcurrido casi un año y he terminado por acostumbrarme a girar el mando un cuarto de vuelta, alejarme un poco para cazarlo al vuelo si sale disparado (algo bastante habitual) o dedicarme a buscarlo por el plato de la ducha, si no consigo detenerlo en su trayectoria. Sin apenas darme cuenta he incorporado esta molestia a otras rutinas diarias, como la de desayunar o lavarme los dientes. Y cada vez me acuerdo menos del fontanero.
Aprender a esquivar el problema
Observamos este tipo de adaptación en muchas facetas de nuestra vida diaria. Cuando un inconveniente no impide que una actividad siga adelante, terminamos reorganizando las cosas alrededor de esa «molestia». El problema no desaparece, pero lo hacemos manejable. Poco a poco dejamos de percibirlo (y, si reparamos en él, nos decimos: «A ver si en algún momento tengo tiempo de solucionarlo»).
Si funciona, no lo cambies
El ser humano tiende a conservar lo que funciona, incluso aunque ese funcionamiento sea torpe. Corregir un fallo exige eliminar en lo que ya se ha convertido en rutina, buscar una solución y dedicarle tiempo. Adaptarse nos parece (al menos al principio) más cómodo: basta introducir algunos ajustes en nuestro comportamiento para que las cosas salgan adelante.
Así empiezan a instalarse algunos inconvenientes, ya sea en los aspectos prácticos de la vida cotidiana o en las esferas personal o profesional. Un cajón que no cierra bien y empujamos con la rodilla. Un programa del ordenador que obliga a repetir varias veces la misma operación. La puerta del cuarto de baño hinchada que hay que elevar un poco para abrir del todo. O esos pequeños compromisos (contigo o con otros) que podrías evitar, pero vas demorando. Son molestias menores cuya reparación nos exige llevar a cabo determinados actos que retrasamos, por falta de tiempo, por pereza o porque nos supone introducir un cambio. Al final, de tanto repetirlos, se convierten en hábitos.
Con el tiempo ejecutamos estas maniobras con destreza; desarrollamos habilidad práctica para sortear obstáculos no corregidos. La acción termina siendo casi automática. El inconveniente sigue ahí, pero la conducta se ha organizado de tal forma que apenas afecta a nuestra actividad principal.
Organizar la vida alrededor de lo que no funciona
Esta adoptación tiene algunas consecuencias colaterales, entre ellas, los efectos acumulativos. Cada ajuste añade una complicación al funcionamiento diario. Cada una de estas pequeñas molestias apenas pesa. Cuando encadenamos varias, empezamos a notarlas. Cuando se prolongan durante años, acabar por ocupar un espacio considerable en la organización de nuestra vida (y esto es aplicable a todos los ámbitos de nuestra existencia).
Llega un momento en que actividades «importantes» se sustentan sobre una base llena de remiendos. Nuestras decisiones deben tener en cuenta todas estas incomodidades. Nuestros hábitos se moldean alrededor de ellas. Aprendemos a sortearlas, pero nos complican mucho la vida.
Los vemos continuamente. Algunas personas aprenden a convivir con tensiones leves, hábitos poco útiles o situaciones que generan un malestar persistente pero tolerable. Nada de ello les obliga a introducir cambios inmediatos; simplemente, incorporan sobre la marcha estrategias para seguir adelante.
Esas estrategias funcionan, por lo general, durante un tiempo. Cuando más se perfeccionan, más distante parece el problema de raíz. La existencia se apoya en pequeños esfuerzos constantes que nos aportan una extraña sensación de un equilibrio inestable.
El mando de mi ducha sigue fallando exactamente igual que el primer día y no hay razones para creer que esto cambie en algún momento. Así que, por mucho que trate de endulzar la situación, cada mañana sigue y seguirá provocándome el mismo problema. A ver si esta tarde me decido a llamar al fontanero.