Una anécdota frecuente en contextos sociales
«Cuando empecé a trabajar como comercial —recordaba una paciente—, me asignaron como formadora a otra profesional con mucha experiencia. Parte de su trabajo consistía en enseñarme a establecer redes de contactos con posibles clientes en los eventos a los que acudíamos. Para mí era una situación complicada, sobre todo al principio, porque no conocía a nadie. Salvo que tengas un buen don de gentes o mucho desparpajo, establecer relación con personas que no conoces no es sencillo».
«Me llamó la atención que, cada vez que entrábamos en uno de estos eventos —y con cierta frecuencia durante los mismos—, mi formadora simulaba hablar por teléfono, aunque yo sabía que no había nadie al otro lado. Fingía una animada conversación profesional durante la cual solventaba alguna duda o concertaba una cita con un cliente interesado e inexistente. Por supuesto, esto no era así siempre: recibía llamadas con frecuencia porque era una magnífica vendedora. Pero si estas no se producían en el momento adecuado, no dudaba en inventarlas».
Intrigada, le pregunté por qué lo hacía.
«Por dos buenas razones —me contestó con una sonrisa pícara—. Por un lado, das la impresión a quienes te rodean de que otras personas te necesitan, lo que siempre es un plus para acreditar tu valía. Por otro, estar ocupada reduce la incómoda sensación que provoca estar en una sala en la que no conoces a nadie. Entretanto buscas alguna cara conocida que te presente a otras personas o divisas algún corrillo a cuya conversación puedas incorporarte con naturalidad y sin dar la impresión de irrumpir sin haber sido invitada».
Lo interesante de esta estrategia es la función que cumple. No se trata solo de aparentar seguridad o cierto estatus, sino de manejar una situación interna concreta: la incomodidad de no saber muy bien cómo actuar en un entorno social inhabitual.
Desconexión y regulación emocional
El «estar en mi mundo» funciona de forma parecida.
Obviamente, en un adulto que desconecta del entorno puede haber desinterés, pero no tiene por qué ser así. De hecho, gran parte de las veces no es más que una forma de ganar tiempo o de aliviar una sensación desagradable. El móvil, una tarea aparentemente apremiante o una distracción mental cumplen la misma función que la falsa llamada telefónica de la comercial de nuestra anécdota.
Este tipo de desconexión se cita en consulta con cierta frecuencia. Personas que, en reuniones sociales o laborales, se refugian en el móvil o en un informe. O evitan determinadas conversaciones porque no saben cómo manejarlas. O aparentan estar siempre ocupadas (o con prisas) para no tener que manifestarse.
Las estrategias de evitación tienen poco recorrido
Las estrategias de evitación funcionan a corto plazo. En principio, nos permiten seguir adelante aminorando la sensación de exposición o de que estamos mostrando inseguridades. Cuando, a fuerza de recurrir a ellas, se convierten en la única forma de manejar determinadas situaciones, comienzan los problemas.
Evitar encuentros o conversaciones que nos resultan incómodos se convierte en una práctica cada vez más frecuente. Incluso puede surgir la sensación de desconexión con los demás y también —aunque de forma más sutil— con uno mismo.
Posiblemente no acabamos de entender lo que nos pasa. Sin embargo, nos sentimos incómodos en determinadas situaciones sociales y preferimos mantenernos al margen. Cada vez más. El patrón siempre es el mismo: no sabemos cómo estar o comportarnos sin recurrir a la evitación.
Aprendizajes previos
Los aprendizajes previos son una de las posibles causas. Puede tratarse de personas que han aprendido que no es conveniente mostrarse inseguras, que consideran que incomodar a otros es problemático o que equiparan pedir ayuda con debilidad. En ese contexto, el distanciamiento emocional se convierte en una solución aprendida para aliviar el malestar y protegerse de la exposición.
Distanciarse, aquí, no implica «irse del todo». No tiene que ver con lo que entendemos en psicología por disociación clínica o pérdida de contacto con la realidad. Es algo mucho más cotidiano. La persona sigue presente, pero reduce su implicación emocional o mental para poder manejar la situación. Mediante ese mecanismo de «estar sin llegar a estar del todo», amortigua la incomodidad social, el miedo a no saber qué decir o la sensación de no encajar.
El trabajo terapéutico no consiste en prohibir el móvil, forzar conversaciones o invitar a exponerse sin más. El primer paso es comprender qué se está evitando, qué función cumple ese distanciamiento y qué emociones aparecen justo antes de que se active.
Ampliar los recursos disponibles
Una vez entendamos qué estamos evitando, ese proceso se orientará a ampliar recursos: tolerar mejor esos primeros minutos de incomodidad, poder expresar lo que nos ocurre internamente o reducir el grado de autoexigencia y la obligación autoimpuesta de hacerlo todo bien. No siempre es necesario quedarse más tiempo. El objetivo es poder elegir si nos vamos o nos quedamos, sin que aliviar la incomodidad sea el único motivo para hacerlo.
Volvamos a la anécdota inicial. No hay ningún problema en que la comercial utilice el recurso de la falsa llamada telefónica para acercarse a otros asistentes o hacer más llevadera una situación social que puede ser exigente. De hecho, sus buenos resultados avalan sus habilidades profesionales y, en particular, su capacidad para crear y mantener redes de contactos. El teléfono solo sería un problema si se convirtiera en su única opción para poder permanecer en esos eventos.