Las inseguridades en la adolescencia

Madre que propone una solución absurda a la inseguridad de su hija.

Las inseguridades en la adolescencia

¿Por qué soy inseguro/a?

No es fácil responder a una pregunta de este tipo (planteada en una de nuestras charlas con adolescentes) sin información contextual. Dar una respuesta concreta al chico que la formulaba requeriría conocer su historia vital, sus relaciones, sus circunstancias actuales y otros aspectos que nos permitan construir un cuadro fiel del «yo y mis circunstancias».

Ni las inseguridades son iguales ni tienen una misma causa. No es lo mismo sentirse inseguro ante situaciones nuevas que bloquearse por sistema. Tampoco es igual cuestionarnos puntualmente que mantenernos bajo constante evaluación.

Hay quien describe la inseguridad como una compañera poco grata que siempre está ahí. Otros la circunscriben a situaciones concretas: al hablar en público o al entablar una relación, por ejemplo. Hay quien no tiene ningún problema para expresarse ante una gran audiencia y, sin embargo, no se siente cómodo en absoluto en situaciones de mayor cercanía o de «charla intrascendente».

Aunque pueda vivirse como rasgo estable, la inseguridad es resultado de la interacción entre las características personales de base (como el temperamento) y las experiencias vividas. No es, por consiguiente, inmutable.

Nuestro historial de aprendizaje tiene mucho que ver en este sentido. No es necesario habernos desarrollado en circunstancias extremas de rechazo o humillación. Basta un contexto propenso a señalar el error, abundante en comparaciones o donde no se acostumbra a reconocer los logros. También puede exacerbarse en entornos impredecibles. Sea como fuere, el error deja de vincularse con hechos concretos y se emplea como referencia para valorarse uno mismo. Cuando las situaciones de inseguridad se repiten a menudo, la persona termina colocándose la etiqueta de «insegura». Una vez «autoetiquetada», cualquier nueva situación de inseguridad reforzará esa idea y la idea reforzada hará que se sienta cada vez más insegura.

Yo y mis circunstancias

A través del aprendizaje asociativo, se establecen conexiones entre situaciones y posibles consecuencias. Si hablar en clase provoca correcciones incómodas o risas, no es extraño que años después cueste intervenir en una reunión. La situación actual reactiva expectativas aprendidas en experiencias anteriores.

Por otra parte, los hechos no son percibidos ni interpretados de la misma forma por todo el mundo. Una persona puede interpretar un comentario como una opinión rebatible, mientras que otra lo asume como señal de no haber estado a la altura de las circunstancias.

La inseguridad suele ir acompañada de interpretaciones negativas. Estas mismas interpretaciones contribuyen a mantenerla: tenemos la tormenta perfecta. Los errores confirman los más negros presagios, en tanto que se relativizan los aciertos o se atribuyen a la casualidad o a factores externos.

La inseguridad puede llevarnos a evitar determinadas situaciones, prepararnos en exceso o buscar validación externa. Estas respuestas pueden funcionar a corto plazo: evitar reduce la exposición, prepararse proporciona sensación de control y la validación es tranquilizadora.

Pero está la otra cara de la moneda: evitar impide comprobar qué habría pasado. Prepararse en exceso, aparte de resultar agotador, puede despertar la duda de si el resultado se debe a la capacidad propia (Me ha salido bien no porque sea bueno, sino porque lo he preparado muchísimo). La validación externa hace que nuestra seguridad dependa de la opinión de otros. Estas estrategias pueden aliviar el problema (al menos en principio), pero contribuyen a su mantenimiento.

Con el tiempo, lo que se limitaba a situaciones concretas puede extenderse a ámbitos parecidos para terminar generalizándose.

La inseguridad también puede acrecentarse en determinadas circunstancias sin que haya cambios claros en la historia personal: transiciones, decisiones importantes, contextos nuevos u otras situaciones de mayor incertidumbre.

¿Cuándo se manifiesta?

A veces se intenta resolver la inseguridad como si fuera un problema general de confianza y no siempre es así. Es importante saber en qué situaciones se manifiesta, qué pensamientos la acompañan y qué hacemos a continuación. Sin concretar estos aspectos, la explicación será demasiado general para tener validez.

Buscar una causa única no ayuda. La inseguridad es multifactorial. Así que hay mucho que tener en cuenta: aprendizajes previos, atención a determinadas señales, interpretación de experiencias, formas de actuar recurrentes, etc.

Esperar a actuar cuando pase la inseguridad puede llevar (y, de hecho, lleva con mucha frecuencia) a la inacción. Las cosas funcionan, por lo general, al revés: la práctica, especialmente cuando implica exponerse de forma repetida a las situaciones temidas, favorece el desarrollo de nuevas asociaciones y reduce progresivamente la intensidad de la respuesta. La inseguridad tiende a disminuir con la repetición y el dominio de una actividad.

¿Y en la adolescencia?

En este caso, no solo surgen inseguridades; también pueden intensificarse las existentes por la confluencia de algunos procesos característicos de esta etapa:

  • Construcción de la identidad. Este proceso conlleva un elevado grado de autoobservación. El adolescente se mira, se compara, se pregunta quién es y cómo encaja. Con esa estrecha supervisión aumenta la posibilidad de detectar fallos, dudas o aspectos de sí mismo que no le gustan.
  • Mayor sensibilidad a la opinión de los demás, en particular del grupo de iguales. La aceptación, el reconocimiento o el rechazo del grupo tienen gran importancia. Algunas situaciones cotidianas pueden vivirse como evaluaciones y algunos gestos nimios se interpretan como señales de aprobación o desaprobación.
  • Cambios en la forma de pensar. Aumenta la capacidad de anticipar, compararse, reflexionar sobre uno mismo e imaginar cómo te ven los otros. Las interpretaciones pueden volverse más exigentes o negativas, sobre todo cuando la información es ambigua o incompleta.
  • Sistemas emocionales más reactivos, con una regulación aún en desarrollo. Las emociones se viven con intensidad y cuesta relativizarlas. Las experiencias de inseguridad son más fuertes y prolongadas, en un contexto en el que los sistemas de control todavía están madurando.
  • Cambios físicos y contextuales. El cuerpo cambia y no siempre lo hace al mismo ritmo que el de los demás. Aumenta la exposición social y, por consiguiente, las situaciones en las que uno puede sentirse evaluado, física y socialmente.

La inseguridad en la adolescencia puede ser incómoda, pero no implica necesariamente psicopatología y, en muchos casos, forma parte del desarrollo normativo. Sin embargo, conviene prestar atención cuando se generaliza, condiciona notablemente la conducta o provoca un malestar excesivo.