Del «no hay tu tía» al «pitipote»

Niño que lleva a su tía a clase para mostrarla a su profesora quien suele utilizar con frecuencia la frase "no hay tutia"

Del «no hay tu tía» al «pitipote»

¿Por qué nos cuesta tanto corregir lo que decimos mal?

Desde siempre, la expresión «no hay tu tía» (no hay remedio, no hay vuelta atrás) forma parte de mi bagaje lingüístico. Me hace mucha gracia y la suelto a menudo. Así que acabo de llevarme un sofocón cuando he sabido por el lingüista Alex Grijelmo que la fórmula correcta es «no hay tutía», en referencia a un antiguo ungüento a base de óxido de zinc, muy utilizado en la medicina tradicional como antiséptico, y no una mención a una famosa hermana materna.

Esta confusión me recuerda una anécdota que me contó un amigo refiriéndose a nuestra dificultad para darnos cuenta de que utilizamos palabras incorrectas, por más que escuchemos a nuestro entorno decirlas debidamente.

¿Estáis sordos o qué?

«Mi vida laboral estaba vinculada al mundo de las fotocopiadoras. Eran los tiempos de la venta a «puerta fría» y, aunque duros, tenían la parte bucólica de que te permitían conocer y establecer relaciones de carne y hueso con personas de todo tipo. Muchas de mis amistades son fruto de estas relaciones, tan sólidas, que han resistido el paso del tiempo sin fisuras.

Entre estas personas estaba Alfonso, propietario de una pequeña empresa y asiduo comprador de nuestras fotocopias. Era un hombre de procedencia humilde (o humildísima), hecho a sí mismo, buena persona y —quizás, por su formación autodidacta (tenía un diccionario siempre a mano)— muy dado a las expresiones pelín rocambolescas.

Así que no me llama la atención cuando escucho su voz a través del teléfono: «Os comunico que la operatividad del equipamiento va OK, pero el pitipote está problemático».

Al otro lado de la línea, traduzco en tiempo real las palabras de Alfonso: la fotocopiadora funciona más o menos, aunque falla alguna cosa menor… ¿pero qué diablos es el pitipote?

Con algún pretexto, paso el teléfono a un compañero, a ver si tiene mejor oído o es más intuitivo que yo. Por su gesto, comprendo que también él está in albis.

Con un segundo pretexto, llamamos a uno de nuestros técnicos más avezados en esto de interpretar peticiones curiosas y, con el conocimiento que da la experiencia, adopta un enfoque indirecto en su pregunta que arrojase luz: «Y dígame, Alfonso, ¿es el pitipote de la izquierda o el de la derecha?».

—Ni uno ni otro, es el que parpadea. Y está en el centro.

—Comprendo —responde el técnico solícito—. Se refiere al pivote o indicador de encendido, ¿verdad?

—Exactamente, hombre, a eso me refiero: al pitipote que parpadea. ¿Es que tenéis todos alguna problemática de oído?

Al escuchar, aplicamos nuestro vocabulario interno

La escena es clarificadora: interpretamos lo que escuchamos aplicando nuestro diccionario interno. El cerebro no se limita a recibir información: la traduce, reconstruyéndola según nuestros propios esquemas.

Alfonso empleaba el curioso término con absoluta convicción. Pero, ¿por qué ocurre esto? ¿Por qué nos empecinamos en utilizar una palabra incorrecta cuando a nuestro alrededor la mayoría lo emplea la forma adecuada?

Los motivos son numerosos.

Automatizamos el lenguaje

Al hablar no ensamblamos palabras desde cero: activamos secuencias consolidadas en nuestra memoria. Cuando repetimos un término,  se convierte en un atajo neuronal. Cada nuevo uso de esa palabra refuerza ese circuito. Reemplazarla por otra implica frenar ese automatismo y crear una ruta nueva.

Si Alfonso ha dicho «pitipote» durante años, ha instalado ese término en su diccionario interno. Para modificarlo tendría, en primer lugar, que hacer el esfuerzo de romper con ese hábito, inhibir la palabra en tiempo real y, por último, reemplazarla por la correcta.

Confiamos más en lo familiar

El cerebro tiende a confiar en aquello que conoce. Lo que nos resulta fluido nos parece correcto. Si una palabra nos suena bien porque la hemos repetido con frecuencia, la sensación interna de corrección pesa más que la evidencia externa.

Interpretamos la realidad

Así es: interpretamos la realidad a partir de nuestros propios esquemas. Alfonso no percibe ningún error. Para él, lo correcto siempre ha sido «pitipote». Su cerebro no detecta incoherencia alguna, porque el término cumple a la perfección su función comunicativa… al menos hasta que aparece un interlocutor desconcertado.

El efecto de fosilización

Si un mensaje se entiende más o menos, no experimentamos la sensación urgente de cambio. En lingüística se habla de formas «fosilizadas»: expresiones que, aunque incorrectas, se consolidan porque no impiden la comunicación. Si nadie te corrige con claridad o no integras emocionalmente la corrección, permanecerá la forma antigua.

Modificar un término mal dicho requiere un esfuerzo de atención consciente y cierta flexibilidad mental, ya que el cerebro, siempre a la búsqueda del funcionamiento más eficiente, tiende a conservar lo que funciona.

El «pitipote» de Alfonso no es un despiste ni una demostración de cabezonería. Se trata, simplemente, del resultado natural de cómo aprendemos, almacenamos y conservamos nuestro lenguaje.

El acto de escuchar (o de hablar) no es neutro. Está influido por nuestra historia, nuestros hábitos y nuestras certezas.  Modificar una palabra habitual en nuestro vocabulario exige identificarla como problemática, tener un motivo para cambiarla y practicar su sustitución hasta automatizarla. Para que compense el esfuerzo, debe existir una razón de peso: incomodidad social, corrección externa, deseo de precisión, identidad profesional… Sin una de estas razones determinantes, seguiremos escuchando lo que queremos escuchar. Y ante esta conducta tan humana «no hay tu tía».