O de como seguir frenando al estilo «dabadabadú»
En cierta ocasión una buena amiga, al explicarnos la receta del lacón con grelos que tantas alabanzas recibía de todos nosotros, hizo gran hincapié en la necesidad de utilizar la olla característica de su pueblo que, en lugar de tener un perímetro circular, era abombada en uno de sus lados.
No pude conseguir una olla semejante, así que utilicé una convencional para cocinar la receta. Y aunque el lacón estaba delicioso, no alcanzó el nivel «delicatessen» del preparado por mi amiga.
Algunos años después tuve la fortuna de ser invitada por la abuela de mi amiga, quien nos agasajó con el delicioso lacón con grelos. Al observar que no utilizaba la famosa olla abombada me pudo la curiosidad y le pregunté por qué había dejado de usar aquel utensilio que tanto realzaba el sabor de los grelos.
«Bueno -me contestó la encantadora mujer con un gesto picarón-, no podría decirte si mejoraba el sabor; abombábamos la olla para que cupiese el lacón entero y no tener que andar cortando el hueso. Con esta termino mucho antes y es bastante más cómoda».
La resistencia al cambio
La resistencia al cambio -ya sea por falta de motivación para aprender nuevas competencias, por la creencia de «si ha funcionado hasta ahora, por qué cambiarlo» o por el temor de que las nuevas ideas o prácticas nos expongan a mayores riesgos (el «más vale malo conocido que bueno por conocer»)- es un comportamiento conservador al que tendemos por inercia, ya se trate de nuestra vida personal o laboral. Paradójicamente, el riesgo de protegernos del riesgo es caer en una inacción que nos lleve a permanecer indefinidamente en el «malo conocido» mientras desaprovechamos todos los posibles beneficios de «lo bueno por conocer».
¿Pero por qué esa resistencia a modificar las cosas?
Desde una perspectiva psicológica, la resistencia al cambio es un mecanismo de defensa vinculado con nuestra necesidad de seguridad y control. El cerebro humano tiende a preferir lo familiar porque lo asocia con lo predecible y, por tanto, con lo seguro. Cambiar implica incertidumbre, y la incertidumbre provoca ansiedad.
Algunos comentarios habituales en consulta cuando un adulto se enfrenta al cambio:
- «Sé que no me hace bien, pero prefiero seguir así a enfrentarme a lo que pueda pasar».
- «Me da miedo que lo nuevo sea aún peor»
Estos pensamientos reflejan la lucha interna entre el deseo de modificar el estado de cosas y el instinto de autoprotección. El problema de permanecer en lo conocido, por miedo a lo nuevo, es que también tiene un coste psicológico: estancamiento, pérdida de oportunidades y, sobre todo, sensación de frustración vital.
Superar esta resistencia implica:
- Reconocer las emociones que subyacen tras ese rechazo (miedo, inseguridad, falta de confianza).
- Replantearse el cambio como un proceso gradual, no como un salto brusco.
- Centrarse en los beneficios a largo plazo más que en el malestar momentáneo.
- Buscar apoyo (psicológico, social o formativo) que facilite el proceso.
Si algo caracteriza al ser humano, desde el mismo momento en que nace, es su incansable curiosidad y deseo de avanzar. A lo largo de la vida, los cambios —grandes o pequeños— transforman la manera en que nos relacionamos, trabajamos y entendemos el mundo. Resistirse a ellos puede llevarnos a repetir viejos patrones, aunque resulten incómodos o poco útiles en nuestro presente.
El «porque siempre lo he hecho así» tiene un valor entrañable en tradiciones y recuerdos, pero en la vida cotidiana y profesional muchas veces nos limita. Como decía la abuela de mi amiga, con gran sentido práctico: «También la cocina de carbón era bien bonita, ¡pero cómo se agradece la vitrocerámica!».
Y volviendo al título de este post, apuesto a que ni siquiera un enamorado de las frenadas al estilo «dabadabadú» como Pedro Picapiedra hubiera rechazado el probar unos buenos frenos de disco: sus pies lo habrían agradecido.