Una escena repetida
Me comentaba una paciente lo incómoda que se sentía en las reuniones sociales —cualesquiera que fuese su naturaleza— cuando acudía con su pareja. «Me corrige o puntualiza todo lo que digo. Al principio nos enzarzábamos en discusiones inacabables sobre «si los hechos fueron o no así» y terminábamos hastiando a todos los presentes. Con el tiempo iba participando cada vez menos en la conversación general o, si lo hacía, era esperando a ser interrumpida en cualquier momento, y ese pensamiento me hacía hablar aturulladamente. El resultado es que hoy, si quiero sentirme a gusto en compañía de otros, pido a mi pareja que no me acompañe».
Observamos este mismo hecho en algunas conversaciones, ya se trate de parejas, amigos, reuniones familiares o entorno laboral: alguien toma la palabra por otra persona antes de que esta haya terminado —o incluso de que haya abierto la boca—. Un tercero formula una pregunta y alguien interviene de inmediato: «Lo que quiere decir es…», «No, lo que pasó fue…»
Este comportamiento puede parecer un intento de precisar algún dato o hacer que la conversación avance, pero introduce una distorsión en el intercambio comunicativo. Quien habla en nombre de otro interrumpe el proceso mediante el cual esa persona organiza sus ideas, piensa lo que quiere decir y lo expresa a su manera. Y, de paso, la desautoriza y coloca en un segundo plano.
Lo vemos en contextos familiares con niños, donde algunos padres se adelantan por costumbre a responder por sus hijos. Pero también encontramos en la vida adulta personas que completan las frases, reformulan lo que otro acaba de decir, corrigen su versión de los hechos o le piden «que sea más conciso», sino destripan el final directamente. También asistimos a lo contrario: quien adopta el papel de portavoz de los demás sin que nadie lo haya solicitado y sin advertir el efecto que produce.
Que lleva a algunas personas a hacerlo
En este post me limitaré a citar dos motivos:
- Dificultad para aceptar que la otra persona tiene su propia opinión. En las relaciones muy cercanas se difuminan las perspectivas. Padres e hijos, parejas o compañeros de muchos años hablan de los mismos acontecimientos como si solo hubiera una versión válida. Parece natural intervenir por el otro: uno cree saber lo que el otro piensa o debería decir.
- Proyección de una imagen social determinada. En las conversaciones públicas surge la preocupación por la imagen que proyecta el grupo al que pertenecemos. La respuesta de la otra persona deja de percibirse como algo que le compete solo a ella y se interpreta como si nos representase. Esto puede llevarnos a corregir o tratar de mejorar esa respuesta.
Esta dinámica distorsiona la estructura de la conversación. Cuando alguien se encarga de traducir o filtrar lo que dice una de las partes, el intercambio comunicativo pierde espontaneidad.
El malestar de ser corregido en público
El acto de hablar es complejo. Exige ordenar ideas, decidir qué se comparte y qué se omite, sopesar la reacción del interlocutor y reconducir el discurso sobre la marcha. Ese proceso se perfecciona participando en conversaciones reales. Gracias a ellas aprendemos a tolerar los silencios (muchas veces incómodos), solventar nuestras dudas sobre la marcha y aceptar que nuestras respuestas pueden ser imperfectas. Cuando el otro toma la palabra en nuestro nombre por costumbre dificulta ese aprendizaje y, con ello, empobrece nuestra capacidad comunicativa.
Quien acostumbra a responder por los demás tiende, además, a atribuirse un conocimiento excesivo sobre lo que el otro piensa o siente: sobreestimamos nuestra capacidad para interpretar la mente de quienes tenemos cerca. Esa convicción provoca intervenciones que, vistas desde fuera, pueden parecer invasivas.
La forma de evitarlo es, en principio, sencilla: bastaría con guardar unos segundos de silencio y dejar que respondiese el aludido. Hay personas que necesitan dar más vueltas para explicar algo; otras son más analíticas y lo hacen con unas cuantas frases. Hay quien tiene un discurso ágil y quien necesita más tiempo para expresarse. Estas diferencias son parte de cómo cada uno de nosotros organiza lo que piensa y lo comparte con los demás.
El que alguien hable por nosotros de forma habitual termina afectando a la relación que mantenemos con nuestra forma de ser y de expresarnos. Hay quienes aceptan ese papel sin protestar e incluso empiezan a modular sus opiniones o a buscar la aprobación del otro antes de hablar. No dejes que eso te ocurra.