No sé como decírtelo, pero no me estás ayudando

Dos hombres en una viñeta; uno está deprimido y el otro le sugiere hacer zumba para animarse.

No sé como decírtelo, pero no me estás ayudando

Por favor, no me animes así

¿Quién no se ha encontrado alguna vez en uno de esos momentos en los que no necesita ánimos, sino comprensión? Aun así, cuando alguien cercano lo está pasando mal, nuestra respuesta inmediata es tratar de animarlo diciéndole, por regla general, aquello que a nosotros —en nuestras circunstancias particulares— nos hace sentir mejor. Pecamos de aquello que tanto nos molesta cuando somos nosotros el objeto de esos ánimos. La intención que nos mueve es buena, pero el resultado no tanto.

En consulta escuchamos una queja recurrente: «La gente intenta ayudarme, pero termino sintiéndome peor». Y nada tiene que ver con que el otro no le preocupe, sino con que sus palabras no tienen en cuenta el estado emocional de quien sufre. Y, en esto del malestar, no valen las palabras vacías ni las frases hechas.

Estados emocionales en las antípodas

Las interacciones humanas no tienen lugar en el vacío: son resultado del cruce de dos mundos internos. Cuando una persona atraviesa una etapa vital estable y se encuentra con alguien desbordado por el estrés, la tristeza o la incertidumbre, la comunicación puede ser complicada y dejar mal sabor de boca en ambas partes.

Desde fuera, es fácil ofrecer soluciones, relativizar el problema o resaltar los aspectos positivos, tendiendo a minimizar los negativos. Desde dentro, este tipo de respuestas se viven, con frecuencia, como una falta de comprensión. En el mejor de los casos, se interpretan como vacuidades. En el peor, como una muestra de prepotencia.

Lo difícil que es tratar con el malestar ajeno

Las emociones agradables son atractivas y facilitan el contacto con el otro. La alegría invita a acercarse, compartir y celebrar. El malestar, en cambio, genera incomodidad. Muchas personas no saben qué hacer ante la tristeza, el enfado o el miedo del otro y tratan de neutralizar esa situación cuanto antes.

Animar cumple, en parte, esa función neutralizadora: alivia la incomodidad de quien escucha. La cuestión es que no siempre ayuda a quien se siente mal.

Además, muchos adultos han aprendido a exigirse fortaleza emocional, a no mostrar debilidad ante la adversidad, por dura que esta sea. Por eso, cuando reciben mensajes implícitos de «no deberías sentirte así» o «tienes que ser más positivo», interpretan su reacción emocional como inadecuada.

Estrés y percepción de amenaza

Cuando una persona está sometida a estrés prolongado, su sistema nervioso permanece en estado de alerta. En ese contexto, el cerebro interpreta la realidad a la defensiva. Comentarios bienintencionados pueden percibirse como críticas, comparaciones o señales de desinterés.

No se trata de exageración ni de hipersensibilidad. El cuerpo filtra el mundo a través del cansancio. Comentarios que, en cualquier otro momento, habían resultado neutros e incluso reconfortantes, ahora son molestos.

El valor de escuchar

La idea de que escuchar es «no hacer nada» está extendida. En realidad, escuchar es un intervención compleja porque exige dos acciones nada fáciles para el ser humano: frenar el impulso de aconsejar y tolerar el silencio cuando las circunstancias y el estado emocional del otro lo requiere.

Una pregunta sencilla, formulada con empatía  —«¿Cómo lo llevas?» «¿Te apetece hablar de ello?»— puede obrar milagros.

Y, en ocasiones, ni siquiera hacen falta las preguntas. Basta con estar ahí, sin pretender mejorar nada.

Validar no es dar la razón

Validar emocionalmente no significa estar de acuerdo con todo ni reforzar el sufrimiento. Significa reconocer que lo que la otra persona siente tiene sentido desde su vivencia y en su situación actual. Algo así como: «Entiendo que esto te esté afectando».

Antes de lanzarnos a animar, conviene detenernos y escuchar. Si no sabemos qué decir, aceptemos que el silencio compartido también comunica nuestro deseo sincero de echar una mano.

Algunos patrones ineficaces (por habituales que sean)

  • Relativizar: tratar de consolar comparando el problema con otros peores o recordar que «podría haber sido mucho más grave» genera distancia, porque desplaza el foco de la experiencia emocional concreta a otro hecho o situación.
  • Anticipar soluciones: proponer salidas rápidas transmite acción, pero también  comunica implícitamente que la emoción sobra o estorba, cuando esta aún debe ser elaborada.
  • Apelar a la fortaleza personal: recordar lo capaz, resiliente o fuerte que es la otra persona en momentos de sobrecarga se puede vivir como una exigencia añadida.
  • Tratar de cambiar el estado emocional de forma directa: tratar de forzar una mirada positiva suele aumentar, en personas estresadas, la sensación de incomprensión.
  • Normalización excesiva: presentar el malestar como algo  normal y esperable —«eso nos pasa a todos», «es lo habitual en estas situaciones»— puede tener un efecto tranquilizador en otros contextos, pero si se utiliza demasiado pronto puede percibirse como un intento de minimizar el malestar de la otra persona.
  • Explicar la emoción en lugar de escucharla: ofrecer análisis psicológicos, causas o lecturas sobre lo que le ocurre al otro — «lo que te pasa es que estás muy exigente contigo», «eso es ansiedad»— , en particular si no han sido solicitados, provocan distanciamiento.
  • Desplazar la conversación hacia la propia experiencia: responder con ejemplos personales del tipo «a mí me pasó algo parecido y lo solucioné así» no genera la pretendida cercanía, porque traslada el foco de la conversación a uno mismo y deja al otro con la sensación de no ser escuchado.

Ante alguien que sufre,  es conveniente detenerse y preguntarse: «En este momento, ¿esta persona necesita comprensión o soluciones? Por regla general, lo primero suele ser prioritario. Lo segundo, si está en nuestras manos, vendrá después.