¿O incluso aceptarla?
En la vida adulta, la dificultad para aceptar (y no digamos ya para pedir) ayuda no siempre se manifiesta como un rechazo explícito, tal como observamos tantas veces en la infancia; la negativa adopta formas más sutiles: posponer una petición, restarle importancia a lo que nos ocurre o repetirnos «no es para tanto». Esta resistencia tiene que ver con la forma en cómo hemos aprendido a relacionarnos con los demás.
Aceptar ayuda tiene mucho de exposición personal. Significa reconocer nuestros límites y dejar que otro entre en un espacio que consideramos íntimo. Para muchos, esta experiencia puede ser muy incómoda, no tanto por la ayuda en sí, sino por lo que representa.
Ayudar y ser ayudado: una relación asimétrica
La ayuda se asocia a menudo con la idea de desigualdad. Quien ayuda desempeña una posición activa; quien la recibe, una pasiva. Visto así, aceptar ayuda puede vivirse como «situarse por debajo del otro».
Esta vivencia tiene su razón de ser. Muchas personas han construido su identidad adulta sobre la autosuficiencia: poder con todo, no necesitar a nadie, no molestar. Pedir ayuda genera entonces una mezcla de incomodidad, vergüenza e incluso de culpa.
Hace poco, alguien recordaba una escena de su infancia que ilustra otra cara de esta cuestión.
Cuando, por razones económicas, mi familia se vio obligada a trasladarse a otro barrio, mi madre me pidió que fuera a casa de una vecina a pedir «una mijita de sal». «Pero si tenemos sal» —respondí extrañada. La respuesta de mi madre puso de relieve su profundo conocimiento de la naturaleza humana (y, dicho de paso, de su empatía): «Si permites que otra persona te ayude, no sentirá vergüenza si en un momento determinado ella también necesita pedírtela a ti».
Esta anécdota introduce una nueva clave: pedir ayuda refuerza vínculos, algo que suele olvidarse en la vida adulta, donde este acto deja de verse como un gesto relacional, propio de seres tremendamente sociales, y se interpreta como una carencia.
La ayuda como deuda
Pero hay otra percepción de la ayuda: entendida esta como obligación futura. Algunas personas expresan claro rechazo a recibir regalos, favores o apoyos porque consideran que conllevan una deuda implícita. «Cuando alguien te da algo, espera que respondas de la misma forma» —alegaba un paciente. Desde su perspectiva, aceptar ayuda no es un acto gratuito, puesto que compromete y espera una devolución.
Cuando la ayuda se vive como deuda, aceptar apoyo puede ser angustiante. Surge la sensación de quedar atrapado en una relación desigual, donde no es posible cumplir la reciprocidad esperada (o que se supone esperada) y que incluso afecta a la libertad de actuación de quien la recibe. En estos casos, rechazar la ayuda es una forma de protección.
Ambas vivencias —la ayuda como posición de inferioridad y como deuda— acostumbran a alimentarse mutuamente. El resultado es una respuesta rígida: me las arreglo solo, aunque el coste emocional sea elevado.
La autosuficiencia forzada
Cuando una persona necesita apoyo pero no lo acepta, no desaparece el malestar. En lugar de ello, se acumula el cansancio, disminuye la tolerancia al estrés y aumenta la sensación de desbordamiento. Y, paradójicamente, cuanto peor se encuentra, más difícil le resulta pedir ayuda. Surge, posiblemente, el pensamiento de «si no puedo con esto es porque algo falla en mí». Pedir ayuda se vive como una amenaza a la propia identidad.
Replantearse lo que significa ayudar
En muchos procesos terapéuticos, el trabajo no consiste tanto en «enseñar a pedir ayuda», sino en revisar qué significa la ayuda para esa persona. ¿Dependencia? ¿Deuda? ¿Fracaso? ¿O puede ser una forma de cuidado mutuo, de sostén temporal?
Aceptar ayuda no tiene por qué implicar renunciar a la autonomía ni contraer una deuda permanente. Tampoco desempeñar una posición pasiva. En las relaciones sanas, la ayuda circula: a veces se recibe, a veces se ofrece. Y esas dinámicas solidarias son una eficacísima forma de argamasa social.
Esto nos lleva de nuevo a la anécdota de la «mijita de sal»: aceptar ayuda es una forma de permitir que el otro no tenga que sostener siempre la posición de quien da. Y esto equilibra las relaciones.
La capacidad de aceptar ayuda con naturalidad y sin sentir malestar está estrechamente vinculada con nuestra autoestima, historia personal y entendimiento de los vínculos. Cuando la ayuda deja de vivirse como amenaza o deuda, se convierte en un recurso legítimo para superar los momentos difíciles.