La torpeza rentable
De adolescente tenía un amigo que presumía de haber dado con el mecanismo infalible para llevar una vida sosegada y sin excesos innecesarios. «El secreto está en hacer las cosas lo suficientemente mal como para que no vuelvan a encargártelas, pero lo bastante bien como para que no parezca una negligencia absoluta. Ya sabes, el tradicional “ha sido sin querer”, pero mejorado». Lo explicaba con una convicción que, vista con perspectiva, ya apuntaba maneras.
Nos lo contaba sentados en un banco del parque, donde cada fin de semana nos amontonábamos para ensayar el último hit de Queen con una guitarra de cuarta mano, mucho frío, buena voluntad y poca fortuna. Juan nos llamaba pringaos y defendía su método con entusiasmo pedagógico.
La razón de su discurso siempre era la misma: las tareas domésticas. Una obligación que, junto con los deberes, todos aborrecíamos, entre otras cosas porque reducía el tiempo que pasábamos juntos, aunque fuese para aburrirnos. Siendo hijos de padres trabajadores de clase muy media, quien más y quien menos tenía que echar una mano en casa: ir al super, sacar a pasear al perro o al hermano pequeño (o ambos), llevar las envases al punto limpio o lavar la loza. Actividades que, por lo general, nos parecían lo más parecido al martirio.
El «método Juan»
Juan había perfeccionado su sistema hasta extremos notables. Jamás respondía con un «no». Aceptaba cada encargo con una disposición ejemplar. Se diría que era feliz haciendo felices a quienes le rodeaban. Pero, qué desgracia, no le salían bien las cosas. Si iba al mercado, la mitad de la fruta llegaba pocha. Si paseaba al perro, siempre había algún altercado con otro chucho. Si lavaba la loza, esta se reducía en uno o dos platos. Y si sacaba la basura, quedaba un reguero de aceite en las baldosas que tardaba semanas en desaparecer.
El resultado era constante y previsible: sus obligaciones se reducían por arte de magia. Nadie quería repetir la experiencia. Ante la posibilidad de desastre, mejor encargárselo a otro.
Algunos intentamos imitarlo con escasa convicción y menor éxito. El primer día que dejé caer un plato me lo descontaron de la paga. El reguero de aceite me costó pulir las baldosas durante varias semanas. En mi caso, los «sinqueriendos» no salían rentables. Bastaron un par de consecuencias poco agradables para dar al traste con el experimento.
Incompetencia estratégica
Durante años recordé aquello como una anécdota simpática sobre la picaresca adolescente. Sin embargo, últimamente me he cruzado con algunos Juanes ya crecidos en oficinas, consultas, reuniones de vecinos y, por supuesto, en relaciones de pareja.
Son personas que nunca dicen que no. Aceptan tareas, compromisos y responsabilidades con aparente buena disposición. Pero el informe siempre llega tarde o incompleto. La gestión se complica innecesariamente. El encargo requiere supervisión constante. La tarea doméstica termina siendo más costosa de delegar que si la hace uno mismo. Y así, poco a poco, el entorno empieza a redistribuir funciones. «Ya lo hago yo». «Déjalo, no pasa nada». «Es que tú no te organizas bien con esto».
¿Deliberado o inconsciente?
A veces no hay mala intención. Otras sí. En cualquier caso, lo que si hay es aprendizaje. Si cada vez que hago algo mal la consecuencia es que me liberan de esa actividad en el futuro, no hay duda del mensaje. Si el conflicto directo resulta más incómodo que asumir la tarea ajena, el sistema se reorganiza automáticamente. Y quien parecía torpe acaba siendo muy eficaz en el cumplimiento de su objetivo.
Más interesante que la conducta de quien actúa así, es la respuesta del entorno. El método Juan solo funciona si alguien recoge la fruta estropeada, limpia el aceite o rehace el informe. Si el error tiene consecuencias claras y proporcionales, la estrategia del «sinqueriendo» pierde atractivo. Si el coste lo absorbe otro, se consolida y amplia sus márgenes.
Este patrón adopta formas distintas. Parejas en las que uno «no sabe» organizar la casa y el otro termina asumiéndolo todo o casi todo. Equipos de trabajo donde alguien sistemáticamente cumple por debajo del mínimo esperado y el resto compensa sus deficiencias para evitar problemas mayores. Familias en las que el miembro más desorganizado acaba liberado de ciertas responsabilidades porque «ya se sabe como es».
Persiste porque funciona
No hablamos de incapacidad real ni de dificultades objetivas, que existen y merecen otro análisis. Hablamos de torpeza selectiva que se activa en contextos concretos y que, curiosamente, no suele extenderse a aquello que sí interesa mantener.
Lo llamativo es que suele generar irritación y, al mismo tiempo, tolerancia. Nos quejamos, pero seguimos haciendo. Nos enfadamos, pero asumimos. Y así, sin declaraciones ni conflictos abiertos, se consolidan dinámicas muy difíciles de deshacer.
Me pregunto si Juan sabía lo que hacía o si simplemente descubrió, primero por casualidad y después por ensayo y error, que una incompetencia moderada puede generar beneficios. Y me pregunto, asimismo, cuántas veces, ya adultos, seguimos premiando lo que decimos que nos molesta, ya se trate de nuestra pareja, de nuestros hijos o de nuestros colegas.