Adolescencia y replanteamiento de la parentalidad

Viñeta cómica que ejemplifica la separación entre padres e hijos propia de la adolescencia.

Adolescencia y replanteamiento de la parentalidad

Cambian los hijos, cambian los padres y cambian las dinámicas familiares

Contaba una madre, refiriéndose a su hija adolescente, una situación en la que estoy segura se reconocerán otros padres:

«Discutimos a todas horas. Si yo digo A, ella dice B; pero si digo B, ella dice A. Y, además, me dirá que las cosas ahora son de otra forma y que no me entero de nada. Por eso me sorprendió —y reconfortó mucho, lo reconozco— cuando, de casualidad, la escuché hablar con sus amigas. Estaba defendiendo, a su manera, lo que yo le había repetido tantas veces… eso que consideraba una tontería. Mira por dónde, resulta que sí escucha lo que le digo».

La adolescencia provoca cambios evidentes en nuestros hijos, pero también obliga a los padres a realizar un ejercicio de revisión de una función parental bien consolidada. Desde su nacimiento, hemos ocupado un lugar central en su vida. Hemos marcado sus ritmos, transmitido nuestros valores, aconsejado y establecidos límites para protegerlos, les hemos explicado lo que está bien y lo que está mal. Hemos sido, en pocas palabras, su referencia para comprender cómo funciona el mundo. Este  protagonismo parece decaer a medida que nuestros hijos se adentran en la adolescencia.

La pérdida del protagonismo

Lo que muchos padres viven como distanciamiento o rechazo tiene que ver, a menudo, con esta pérdida de protagonismo, aunque raramente los adultos lo reconozcan. Sin embargo, es fácil observar algunas de sus manifestaciones: enfado, intentos de recuperar el control o una vigilancia más estricta. Y también cierta sensación de desconcierto: el no saber cuándo y cómo intervenir.

Entretanto  —mientras los padres lidian con dudas, temores y enfados— nuestros adolescentes amplían su campo de experiencias fuera del entorno familiar. Aprenden los códigos utilizados por sus grupos de iguales, a relacionarse de otras formas y asumen nuevas exigencias. Lo que antes se resolvía en casa ahora se negocia fuera. Esta exploración de nuevos territorios pone a prueba, en contextos menos protegidos, todo lo aprendido en la infancia.

Observamos aquí la primera dificultad en los padres. Durante años han sido eficaces cuidadores porque el entorno estaba relativamente controlado. Sabían qué hacer y sus intervenciones tenían un efecto claro. En la adolescencia se debilita esa relación entre lo que hacen y lo que ocurre. El hijo decide más, oculta más y, en ocasiones, se equivoca sin que ellos puedan anticiparlo. Aparecen dudas sobre si lo están haciendo bien, sobre si han sido demasiado permisivos o demasiado rígidos.

Intensificación del pensamiento crítico

El pensamiento crítico se intensifica en esta etapa y los padres no se libran de esa visión crítica. El adolescente no acepta sin más la autoridad parental. Cuestiona, compara, contrasta con lo que ve en otros. Esto afecta tanto a las normas como a la imagen de los padres. Los observa con más distancia, detecta incoherencias que antes pasaban desapercibidas y las expresa.

Esto es incómodo para los padres. Durante años su autoridad no ha necesitado justificaciones. Ahora tienen que argumentar y alcanzar situaciones de compromiso, tolerar la discrepancia y a aceptar que no siempre prevalece su criterio. Algunos padres endurecen las normas; otros prefieren retirarse para evitar conflictos. Por lo general, ninguna de estas dos opciones da buenos resultados.

Los padres siempre serán padres

La cosa no va de dejar de ser padres, sino de ejercer la parentalidad de otra forma. Seguir presentes sin invadir su espacio. Y, por supuesto, mantener ciertos límites, aunque el adolescente los discuta. Por parte del adulto, esto implica hacer frente a la incertidumbre y tolerar decisiones con las que no estamos de acuerdo. No es un papel fácil.

También cambia la función del vínculo creado en la infancia. Deja de ser un sistema de protección directa, para convertirse en una referencia interna a la que el adolescente recurre en situaciones concretas. Muchos padres interpretan la autonomía como distanciamiento cuando en realidad el hijo sigue utilizando lo aprendido, aunque no lo muestre ni reconozca abiertamente.

El espinoso aspecto del error

Hay un punto especialmente delicado: el error. El adolescente toma decisiones por sí mismo y se equivoca muchas veces. Para los padres, presenciar esos errores sin intervenir genera tensión.  Surge la tentación de corregir antes de que se produzca el fallo o de intervenir para evitar consecuencias. En esta etapa, el aprendizaje del adolescente pasa por hacer frente a esas situaciones y aprender de sus errores en primera persona. Y el aprendizaje de los padres pasa por superar las ansias de evitarle a toda costa errar.

¿Hablamos de desentendernos? Obviamente, no. Pero no todos los errores tienen la misma importancia ni todas las situaciones requieren la misma respuesta. Aquí entra la valoración del riesgo. Básicamente y grosso modo, podemos hablar de dos valoraciones: si el riesgo es grave o irreversible, nuestra intervención debe ser clara y los límites impuestos también. Si el riesgo es asumible o formativo, la función de los padres será la de dejar espacio, ofrecer criterio y estar disponibles si nuestros hijos nos necesitan.

La adolescencia reorganiza las posiciones de padres e hijos. Cambian las formas de intervenir y de entender la relación. No es un cambio menor, pero tampoco es opcional: forma parte del desarrollo de toda persona.