Mirar la realidad no es un acto neutro

Tres personas observan una oveja dibujada y discuten distintas interpretaciones de la misma imagen.

Mirar la realidad no es un acto neutro

La existencia vista desde la ventanilla de un tren

Mirar el mundo no es un acto neutro. Creemos observar la realidad tal como es, pero lo que hacemos es interpretarla, filtrarla y traducirla a través de nuestra propia historia. Cada experiencia vivida, cada aprendizaje, cada creencia y cada herida sufrida conforman el cristal a través del cual contemplamos el paisaje de la existencia.

Hay una imagen especialmente ilustrativa de este fenómeno. Imaginémonos viajando en tren. El paisaje pasa a gran velocidad, fragmentado e incompleto. Durante unos segundos vemos una imagen parcial desde un ángulo concreto. Y, a partir de ahí, sacamos conclusiones rápidas sobre lo que creemos haber visto. Esta tendencia humana a convertir una percepción parcial en una verdad absoluta es el motivo de muchos de nuestros conflictos internos y relacionales.

La oveja negra y los marcos mentales

Una conocida anécdota lo explica con claridad: tres filósofos de distintas escuelas observan, desde un tren en marcha, una oveja negra pastando en el campo. El filósofo dogmático exclama: «¡Qué curioso, todas las ovejas escocesas son negras!». El filósofo empírico le corrige: «Lo único que podemos asegurar sin temor a errar es que en Escocia existe al menos una oveja negra». El filósofo crítico puntualiza: «En realidad, lo único que podemos decir con absoluta certeza es que hay al menos una oveja escocesa que es negra por un lado».

Cada uno de ellos extrae una conclusión distinta a partir de la misma escena. Uno generaliza sin matices; otro introduce cautela y limita el alcance de la afirmación; el tercero cuestiona incluso lo que parece evidente, recordando que solo se ha visto parte del animal. No hay una percepción falsa y otras verdaderas; todas parten de la misma imagen tamizada por sus diferentes marcos mentales.

Cómo construimos la realidad

En psicología ocurre algo parecido. Cada persona acude a consulta con una narrativa propia sobre lo que le ocurre, sobre quién es y sobre cómo funciona el mundo. Esa narrativa no es arbitraria: se ha ido construyendo a lo largo de los años, a partir de las vivencias, de las relaciones, de las pérdidas y logros, de las decepciones y aprendizajes emocionales. El problema surge cuando olvidamos que esa narrativa es solo una versión posible de la realidad, no la realidad en sí.

Muchos sufrimientos psicológicos tienen que ver con esta confusión. Pensamientos como «siempre me pasa lo mismo», «los demás son así», «yo soy de esta manera y no puedo cambiar» son, con frecuencia, observaciones parciales que se han convertido en verdades incuestionables. Son conclusiones extraídas de lo que vemos desde la ventanilla del tren en movimiento, en un momento determinado de nuestro trayecto vital, que interpretamos como el paisaje completo.

Tratar de ver más allá de nuestra propia perspectiva

En el ámbito de las relaciones, esta dinámica es aún más compleja. Las interacciones son resultado del encuentro entre dos miradas subjetivas. Cuando comunicamos, no solo transmitimos palabras; también proyectamos expectativas, miedos, creencias y experiencias previas. Escuchamos al otro a través de nuestros filtros internos. Por eso, lo que uno dice rara vez coincide exactamente con lo que el otro escucha.

Una comunicación eficaz no consiste en expresarnos lo mejor que podamos, sino en hacer el esfuerzo —a menudo incómodo— de aparcar nuestra perspectiva para intentar comprender la del otro. Esto implica reconocer que nuestra visión es limitada y, que tal vez, solo estamos viendo «un lado de la oveja». Este ejercicio no es sencillo, porque requiere humildad, empatía y capacidad de tolerar la incertidumbre.

El trabajo terapéutico

El trabajo terapéutico se mueve en este espacio. No se trata de imponer una nueva mirada, sino de ampliar el campo visual. De ayudar a la persona a observar sus pensamientos y emociones con mayor distancia, a cuestionar generalizaciones rígidas y a explorar otras interpretaciones posibles de su experiencia. En lugar de viajar siempre en el mismo vagón, podemos cambiar de asiento, asomarnos a a otra ventanilla e incluso bajarnos del tren por un momento y contemplar el paisaje con más calma.

Comprender que nuestra percepción no agota la realidad puede ser de lo más liberador.  Abre la puerta al cambio, a la empatía y a una relación más flexible con uno mismo y con los demás. No podemos ver el paisaje completo —es cierto—, pero sí aprender a desconfiar de las conclusiones apresuradas y a convivir con la complejidad. Al fin y al cabo, la existencia es un viaje en movimiento.