Entorno y autoestima
Algunas personas acuden a consulta convencidas de que lo que les ocurre es un problema exclusivamente individual: «soy demasiado sensible», «no sé poner límites», «siempre acabo en relaciones conflictivas», «me cuesta organizarme», «tengo mal carácter».
La cosa es algo más complicada. Los factores personales —rasgos temperamentales, experiencias tempranas, situaciones vitales complejas— influyen (y mucho) en cómo reaccionamos. La respuesta del entorno también ayuda a mantener, intensificar, suavizar o reducir determinados comportamientos.
No vivimos en un entorno «aséptico». Toda conducta se desarrolla en un contexto. Nuestras reacciones están mediatizadas por la una historia compartida, nuestros miedos y deseos, los roles asumidos y las expectativas —no hacen falta palabras para expresarlas— de la familia, de la pareja, incluso de nuestros amigos y colaboradores. El «problema» que alguien trae a consulta expresa, con bastante frecuencia, un malestar compartido por su entorno cercano. Pero que algo tenga raíces relacionales no lo convierte en responsabilidad exclusiva de los otros.
Miedo al error y autoexigencia
Imaginemos a alguien que crece en un contexto donde el error está siempre en el punto de mira. El logro se da por supuesto y el fallo se señala de inmediato. Es muy probable que el niño que se desarrolla en ese entorno hiperexigente tienda, cuando alcanza la adultez, a fijarse casi exclusivamente en lo que hace mal y, en cambio, minimice sus avances o el esfuerzo realizado.
O, tal vez, ocurra lo contrario: el miedo a errar sea tan intenso que evite cualquier situación que pueda ponerle a prueba. Si equivocarse implica vergüenza, crítica o retirada del afecto, la estrategia aprendida sería la de no exponerse demasiado, por puro sentido práctico o de supervivencia. En la adultez, esto puede manifestarse como procrastinación, bloqueo ante proyectos importantes o tendencia a abandonar algo si no sale perfecto a la primera.
La postergación o la renuncia oculta a menudo el temor profundo al fallo. Son dos respuestas distintas ante la misma experiencia. Hay quien interioriza la presión y se vuelve implacable consigo mismo y quien intenta ponerse a salvo eludiendo el riesgo de equivocarse.
Ahora bien, que el contexto nos influya no significa que nos determine. Comprender el posible origen de nuestras reacciones puede ayudarnos; detenernos ahí, lamiéndonos las heridas, no.
La pregunta clave estriba en si la persona desea seguir alimentando lo que le hace sentirse mal o trata de adoptar otro enfoque, aunque deshacer lo aprendido sea complicado al principio. La ayuda de la familia o de la pareja es bienvenida, porque el acompañamiento facilita las cosas. Sin embargo, nadie puede hacer por nosotros el trabajo interior.
Reconocimiento y validación
Uno de los objetivos del trabajo terapéutico es aprender a reconocer y valorar los avances y los esfuerzos, propios y ajenos. Esto exige actuar con prudencia. Reconocer no es elogiar de forma indiscriminada ni convertir cualquier gesto en motivo de celebración. Cuando todo se aplaude, el reconocimiento pierde valor.
El refuerzo del entorno es más eficaz cuando se ciñe a lo concreto: señalar qué conducta se aprecia, en qué contexto y qué esfuerzo ha implicado. No es lo mismo decir «lo has hecho bien» que señalar: «sé que te costaba afrontar esta conversación y, aun así, decidiste hablar con calma». Este matiz no reduce las palabras a una mera aprobación; aporta información útil.
Las palabras no son la única forma de reconocimiento. Escuchar sin interrumpir, mostrar interés real y compartir tiempo sin correcciones constantes son gestos eficaces de validación.
Revisar las etiquetas
Con el paso de los años, los mensajes —explícitos o implícitos— que recibimos van configurando una narrativa interna. Si alguien es calificado repetidamente de «irresponsable», «exagerada» o «el que siempre falla», es casi seguro que acabará incorporando esa etiqueta a su identidad.
Escuchaba a una persona cercana explicar cómo, desde que podía recordar, salpicaba su discurso con el comentario de «Como soy un desastre…». Su intención era, según supone, prevenir críticas si las cosas no salían como se esperaba de ella. Sin embargo —añadía—, cuando alguien me decía, para afearme alguna conducta, «Claro, como eres un desastre…» (es decir, repetía mi comentario habitual), me sentaba fatal y sentía unas ganas tremendas de llorar.
En cierta ocasión, mi profesor de filosofía me dijo en un aparte: «Por favor, no vuelvas a calificarte de desastre. No es cierto». Y, por alguna razón, puse en práctica su consejo. Al principio me costó. Esa frase, tantas veces repetida, era parte de mi identidad, aunque no fuese consciente de ello. Pero logré hacerlo. Es increíble cuánto conseguí expulsándola de mi vocabulario cotidiano. Aún me cuesta creer el impacto de ese gesto en mi autoestima.
Como cualquier aprendizaje consolidado durante años, desprendernos de determinadas etiquetas no es fácil, pero sí viable. Una buena razón para hacerlo es la pesada carga que suponen en nuestra vida personal y profesional. Revisarlas, matizarlas o descartarlas está en nuestras manos. Pero recuerda: entender la influencia del entorno no es un ejercicio destinado a repartir culpas, sino la ocasión de asumir qué parte nos corresponde en el cambio.