y tú también.
Si eres padre o madre de uno o varios hijos, conoces de primera mano el nivel de desgaste con el que muchos chavales acaban el curso escolar y su necesidad de disfrutar de un tiempo alejados de las aulas y obligaciones académicas. Esta experiencia se repite todos los años y, a estas alturas, ya eres un avezado o una avezada experta en estas lides. Ahora toca bandearse durante los meses de verano en ese complejo terreno conocido como la «conciliación familiar», pero ese es otro cantar.
Lo que quizás te resulte llamativo, si te paras a pensarlo, es el cansancio que también tú acumulas en estas fechas. Y es que a las obligaciones laborales, familiares y domésticas se suman las escolares: llevas todo un curso estudiando mano a mano con tu hijo y los resultados son más bien descorazonadores. Tratas de entender qué le ocurre o que podría funcionar para mejorar las cosas, pero no acabas de dar con la tecla.
Has hablado con profesores. Has supervisado las tareas del niño (o de la niña) cada día. Has dedicado tardes enteras a estudiar con tu hijo. Han probado todos los sistemas de organización habidos y por haber. Por supuesto, has buscado información por internet y escuchado opiniones de familiares (en ocasiones, poco afortunadas a tu juicio). Y, sin embargo, el problema sigue ahí, aunque haya sacado el curso a trancas y barrancas.
Las dificultades escolares suelen ser el aspecto más visible. Malas calificaciones o aprobados raspados, deberes que se eternizan o unos resultados a años luz del ímprobo esfuerzo realizado, tanto por tu hijo como por ti. Sin embargo, lo que más te agota no es el rendimiento académico, por importante que este sea. Es la sensación de estar actuando a ciegas.
La desgastante incertidumbre
Las discrepancias hacen acto de presencia
Es posible que surjan discrepancias con tu pareja. Uno piensa que el niño necesita más disciplina. El otro cree que está desbordado. Uno considera que conviene esperar. El otro quiere consultar cuanto antes. Son desacuerdos esperables y desgastantes. Sin información suficiente, cada cual interpreta la situación a partir de su experiencia, sus preocupaciones y sus ideas sobre educación.
También se resiente la relación con vuestro hijo o hija. Las tardes terminan girando alrededor de los deberes, las notas o las discusiones sobre el mismo tema. Las obligaciones escolares parecen fusionarse con la hora de la cena. Y en ese tiempo ejerces las funciones más variopintas, —profesor particular, entrenador de hábitos, supervisor de tareas y gestor emocional—, en ocasiones sin demasiada cualificación.
La culpa invisible
Y está esa forma de culpa poco visible.
Te preguntas si podías haberlo hecho mejor. Revisas decisiones tomadas años atrás. Te acuerdas de cambios de colegio, separaciones, problemas familiares, épocas en las que trabajabas demasiado. Es posible que establezcas relaciones entre acontecimientos que ocurrieron hace años y las dificultades que observas ahora, aunque no tengas ningún motivo claro para establecer esa vinculación.
También aparecen las comparaciones. Comparas a tu hijo con otros niños de la misma edad. Comparas tu manera de educar con la de otras familias. Comparas los resultados obtenidos con el esfuerzo realizado. Y te sientes peor.
Cuando no entendemos qué está ocurriendo, tratamos de encontrar explicaciones plausibles. Y si se trata de nuestros hijos, la primera hipótesis suele ser que el problema está en nosotros: ¿soy demasiado exigente o, por el contrario, excesivamente permisivo? ¿tendría que haber actuado antes? ¿me estoy preocupando por naderías?…
Estas preguntas ocupan muchísimo espacio mental y pocas veces conducen a soluciones prácticas. Intentas averiguar qué le ocurre a tu hijo y acabas evaluando continuamente tus propias decisiones como padre o madre.
Por si fuera poco, te llegan opiniones de todas partes. Profesores, familiares, amigos, otros padres e internet ofrecen explicaciones distintas, muchas veces contradictorias. Algunas son razonables y otras no. Pero cuando llevas tiempo preocupado, cualquier comentario tiene muchas más repercusiones en ti.
Los beneficios del fin de curso
El final del curso escolar ofrece una ventaja relevante. La presión cotidiana disminuye durante unas semanas y se produce cierto distanciamiento de esos problemas que eran el día a día hasta hace nada. Con el distanciamiento, algunas situaciones se ven con más claridad.
A estas alturas del año ya sabemos bastante sobre cómo ha funcionado el niño. Sabemos qué dificultades se han mantenido durante meses, cuáles aparecen en distintos contextos y cuáles mejoran cuando cambian las circunstancias. Disponemos de mucha más información que en septiembre.
Esta información puede bastar para comprender que determinadas preocupaciones formaban parte de una etapa evolutiva normal. También nos ayuda a identificar señales que justifican una evaluación más detallada. Ambas son buenas noticias, porque reducen la incertidumbre.
Por regla general, los padres buscan soluciones rápidas cuando están preocupados. Es una reacción lógica, pero lo más eficaz no es la intervención inmediata, sino comprender cuál es exactamente problema. Las intervenciones —educativas, psicológicas o logopédicas— solo funcionan si tenemos claro qué estamos intentando resolver.
Las dificultades no van a desaparecer de la noche a la mañana porque entiendas lo que pasa. Pero evitan que la familia siga acumulando desgastantes meses de esfuerzo, preocupación y discusiones y te permiten actuar con conocimiento de causa y no sobre «lo que tal vez sea». En su momento había un spot publicitario muy conocido que decía «La potencia sin control no sirve de nada». Llevado a nuestro terreno, podríamos decir que «La buena voluntad sin información sirve de poco»