La previsión como impulso recurrente
Durante el periodo dominado por la pandemia y el distópico confinamiento se hizo habitual un comportamiento algo escatológico que me llamaba la atención y que, de alguna manera, me producía un ligero sonrojo: esa necesidad generalizada de acumular papel higiénico. Cierto, el miedo provocó escasez de otros productos básicos (además de mascarillas y geles), pero nada resultaba tan vistoso, al acceder al supermercado, como la visión de los lineales de papel higiénico mostrando sus huesos desde primera hora de la mañana. He llegado a presenciar algunos encontronazos poco edificantes entre compradores que alegaban haber sido los primeros en fijarse en el ansiado último rollo de doble capa.
En fin, que juré que no caería en esa —para mí— desagradable y humana costumbre… y, sin embargo, el destino decidió darme una lección de humildad.
Recuerdo que era jueves cuando el camión de reparto de mi supermercado bajó —ante el cachondeo de los vecinos que se soleaban en las terrazas— un palé perfectamente embalado de papel higiénico.
No podía creerlo: había intercambiado las cifras al indicar en la página web la cantidad de paquetes que deseaba. Y, desde luego, el transportista tenía muy claro que no se llevaba la carga: «después de lo que me ha costado subirla por esas escaleritas, que ya les vale».
Pero al destino no le bastaba con colocarnos en el vecindario el sambenito de «Los cagones». En la noche siguiente se produjeron intensísimos episodios de lluvias. Apenas pudimos salvar algunos rollos intactos del palé que permanecía en la terraza por falta de espacio. Aviso para navegantes: el plástico utilizado para proteger los productos paletizados no es estanco.
La anécdota, como suele ocurrir, me dejó una valiosa enseñanza: conviene reflexionar sobre si los «por si acaso» son una ayuda o, por el contrario, una carga.
Obviamente, nadie compra un palé de papel higiénico (o eso quiero creer), salvo que sea por error. Pero ante la incertidumbre, es fácil entrar en un bucle anticipatorio por si la cosa se complica o se produce desabastecimiento o quién sabe lo qué puede ocurrir. Después de todo, ¡la vida es tan imprevisible!
El alivio de hacer algo frente a la incertidumbre
El «por si acaso» es mucho menos absurdo de lo que parece. De hecho, cumple una función clara: hacer manejable la incómoda incertidumbre. No sabes qué va a pasar, pero haces algo: compras, guardas y anticipas. Incluso acciones mínimas o simbólicas resultan atractivas. Posiblemente no cambiarán el resultado, pero nos proporcionan cierta sensación de control.
El «por si acaso» no es muy distinto, en el fondo, de otros mecanismos más elaborados —rituales, creencias, supersticiones— que buscan reducir la incertidumbre o hacerla más llevadera.
Si actuar siempre alivia, la alternativa —no hacer nada— es cada vez más difícil de aceptar. Y, en casos extremos, puede instalarse la sensación de falta de control, la idea de que, si no haces algo, estás expuesto. La necesidad de anticipar deja de ser un recurso puntual para transformarse en una dinámica de control cada vez más férrea.
Vivir con la maleta medio hecha
Este mecanismo se va puliendo. El «por si acaso» deja de ser una reacción puntual ante a un hecho extraordinario para convertirse en una forma de percibir y actuar en un mundo en el que la incertidumbre es consustancial a la vida. Ya no se trata de llenar armarios con todo aquello que podamos necesitar en situaciones previsibles e imprevisibles: se cuela en la toma de decisiones, en las relaciones, en el trabajo. Revisar una vez más algo que ya está correcto. No cerrar del todo una opción. Decir que sí a lo que no haría falta.
El problema no es tanto el riesgo real como la incomodidad de no tenerlo todo bien atado. El «por si acaso», aunque no resuelve el fondo de la cuestión, actúa como calmante de acción rápida.
El inconveniente llega cuando nada termina de ser suficiente. Siempre cabe un escenario más, una posibilidad más remota, un detalle que se puede cubrir. Y así, sin grandes aspavientos, esos «por si acaso» van ocupando cada vez más espacio en nuestra vida: a veces en forma de objetos; otras, de tiempo, energía o decisiones aplazadas.
No tiene mucho sentido plantearlo en términos de eliminación —entre otras cosas porque anticipar problemas forma parte de un funcionamiento razonable—, pero sí conviene hacer una comprobación de vez en cuando: cuánto de lo que hacemos responde a algo probable y cuánto a la incomodidad de no saber.
No siempre es fácil distinguirlo. Sobre todo cuando uno se ha acostumbrado a vivir con la maleta medio hecha, por lo que pueda pasar. Pero, por lo general, las cosas son mucho más llevaderas cuando, en lugar de cargar con un baúl, aprendemos a movernos con una ligera mochila.
Párate a pensarlo: compramos, anticipamos, revisamos y volvemos a revisar… por lo que pueda ocurrir. Pero ¿y si esa necesidad de preverlo todo acaba generando más inquietud que tranquilidad?