Trabajar con calor no es solo cuestión de voluntad
Somos muchos los que en estos días de calores tórridos cada vez más frecuentes consultamos el parte meteorológico con la esperanza de que el astro Sol nos dé una tregua y, ya en el colmo de la alegría, caigan unas gotas que refresquen el asfalto. El «¡Quién puede trabajar con este calor!» es una queja recurrente en ascensores, establecimientos —pese al aire acondicionado— y, no digamos, entre quienes trabajan en la agricultura, la construcción, la recogida de residuos u otros sectores de una larga lista de actividades al aire libre.
La frase suele pronunciarse medio en broma, como si fuera una excusa más para rendir menos o posponer tareas. Sin embargo, la investigación sobre el estrés térmico lleva décadas mostrando que el calor afecta de forma directa al funcionamiento físico y mental de las personas.
A partir de determinadas temperaturas —que varían según la humedad, la actividad realizada o la aclimatación, entre otros factores— aumenta la sensación de incomodidad, disminuye la capacidad de concentración y se ralentizan los tiempos de reacción. Aparece somnolencia, cuesta más mantener la atención durante periodos prolongados y los errores son más frecuentes. En los trabajos físicos se dispara el esfuerzo cardiovascular y se manifiesta antes la fatiga.
Una sensación muy objetiva
¿Dejamos de pasar calor cuando nos aclimatamos?
En realidad no dejamos de pasar calor, pero nuestro cuerpo lo gestiona con mayor eficacia echando mano de algunas ayudas fisiológicas:
- Sudamos antes y en mayor cantidad: la transpiración corporal se adelanta y la mayor cantidad de sudor disipa mejor el calor mediante evaporación.
- Nuestro sudor contiene menos sal para que el organismo conserve el sodio y otros electrolitos, lo que ayuda a mantener el equilibrio hídrico. La sensación de debilidad, el dolor de cabeza, los calambres y, en los casos más graves, las alteraciones de la presión arterial son algunas de las manifestaciones que acompañan a la pérdida de agua y sales minerales.
- Disminuye el esfuerzo cardiovascular: a igual cantidad de calor y actividad, la frecuencia cardiaca es menor. La temperatura corporal también aumenta menos cuando realizamos un esfuerzo.
Obviamente, la climatización tiene un límite, pero nos ayuda a sobrellevar el calor con más alegría.
El estado de ánimo también se resiente
El impacto de las altas temperaturas no se limita al rendimiento. Los cambios en el estado de ánimo también son evidentes. Cuando el malestar físico se prolonga durante horas o días (y el escaso descenso de las temperaturas nocturnas impide el sueño reparador) crece la irritabilidad y disminuye la tolerancia a las molestias cotidianas. Cualquiera que haya vivido una ola de calor intensa sabe de las dimensiones desproporcionadas que puede alcanzar lo que en condiciones climatológicas más benignas no pasaría de una pequeña contrariedad.
Durante los episodios de calor extremo, los pensamientos se alejan de las obligaciones laborales para centrarse en objetivos más inmediatos: encontrar sombra, beber agua, refrescarse o descansar, todos ellos perfectamente razonables desde el punto de vista biológico. El cerebro presta más atención a lo que considera necesario para el bienestar inmediato que a objetivos abstractos o diferidos.
Un fenómeno de consecuencias globales
Las consecuencias de este fenómeno cada vez más prolongado en el tiempo van más allá de las experiencias individuales. Las pérdidas de productividad asociadas al calor están bien documentadas, en particular en sectores que dependen del trabajo al aire libre. A medida que aumentan las temperaturas, se requieren más pausas, más medidas de protección y la reorganización de horarios para reducir riesgos.
No está de más tener esto presente cuando hablamos de regiones que soportan temperaturas elevadas durante buena parte del año. Quienes trabajan en esos entornos se enfrentan a condiciones que no experimentamos quienes vivimos en climas más benignos (aunque el verano nos da una idea de lo dura que puede ser la experiencia). A menudo damos por sentado que determinadas formas de organizar el trabajo, los horarios o incluso algunas costumbres culturales responden únicamente a tradiciones locales cuando, en realidad, son adaptaciones prácticas a condiciones ambientales exigentes.
Ponerse en la piel del otro
Visto lo anterior, seamos conscientes de los esfuerzos que hacen millones de personas para desenvolverse y trabajar en condiciones climáticas difíciles. El calor aumenta el riesgo físico y obliga a seguir rindiendo mientras el organismo intenta protegerse de un entorno hostil. Que muchas de esas personas conserven el buen humor tiene mérito en estas circunstancias.
Quizá esta perspectiva nos ayude a revisar con cautela algunos tópicos sobre los países cálidos y sus habitantes. Las diferencias culturales existen. Pero el clima no es un simple decorado. Influye en cómo vivimos y trabajamos. Y también en las estrategias desarrolladas para hacer llevaderas determinadas condiciones de vida. El humor es una de ellas.
Visto lo anterior, seamos conscientes de los esfuerzos que hacen millones de personas para desenvolverse y trabajar en condiciones climáticas difíciles. El calor aumenta el riesgo físico y obliga a seguir a seguir rindiendo mientras el organismo intenta protegerse de un entorno hostil. Que muchas de ellas conserven además el buen humor tiene bastante mérito.
Quizá esa perspectiva nos ayude a revisar con cierta cautela algunos tópicos sobre los países cálidos y sus habitantes. Las diferencias culturales existen, desde luego. Pero el clima no es un simple decorado. Influye en cómo vivimos, cómo trabajamos y qué estrategias desarrollamos para hacer llevaderas determinadas condiciones de vida.
Se dice que no hay nada como sentir en propia piel los padecimientos ajenos para comprenderlos un poco mejor. Quizás estas elevadas temperaturas que tantas quejas despiertan entre nosotros nos hagan ser un poco más comprensivos con quienes no tienen la suerte de que sean estacionales.