La difícil tarea de no hacer nada

Tres niños se alejan en bicicleta mientras un padre los observa preocupado.

La difícil tarea de no hacer nada

cuando podríamos resolverlo en treinta segundos

Por razones que no vienen al caso, este año hemos veraneado en un coqueto pueblecillo de interior, de esos en los que la espectacular naturaleza de la España vacía y el ritmo de vida pausado actúan como antídoto contra el exceso de revoluciones que traemos los urbanitas.

La experiencia rural ha sido apasionante  —tanto que hemos decidido repetirla en cuanto tengamos ocasión—. En mi caso ha sido, además, reveladora de algo que sabía, pero que en Madrid me cuesta llevar a la práctica: la mejor ayuda que podemos prestar a nuestros hijos es, con frecuencia, no hacer nada.

Si estás siempre presente, terminas interviniendo

Quienes vivimos en una gran ciudad estamos acostumbrados a participar activamente en la vida cotidiana de nuestros hijos. Los llevamos y recogemos de sus actividades, esperamos mientras terminan, sabemos dónde están y con quién y organizamos sus desplazamientos. Esta presencia constante tiene una consecuencia esperable: estamos ahí en todo momento. Y cuando uno está siempre disponible, es fácil que termine interviniendo.

En el pueblo cambian las cosas. Las distancias son cortas, apenas hay tráfico, adultos y niños se conocen y las pandillas reúnen a chavales de todas las edades. Los niños entran y salen, van a buscar a un amigo, vuelven a por la pelota, cambian de plan sobre la marcha y no los vemos hasta que tienen hambre o se complican las cosas.

Los padres también cambiamos. Nos sentimos más tranquilos y dejamos de estar permanentemente pendientes de ellos. Esa menor presencia adulta tiene un efecto reseñable: nuestros hijos resuelven solos muchas más cosas.

Treinta segundos frente a media mañana

Tres niños llevan un buen rato discutiendo porque uno quiere jugar al fútbol, otro prefiere montar en bicicleta y el tercero ha quedado con un amigo que no aparece. Tú, como adulto, necesitas  treinta segundos para ofrecer una solución: «Id primero a buscar a fulanito y luego decidís entre todos qué hacéis». Asunto resuelto.

Pero ¿hay alguna razón de peso para solventar la situación en treinta segundos? ¿qué aporta tu intervención a esos chavales? Cierto, les llevará bastante más tiempo ponerse de acuerdo si tú no estás ahí,  pero acabarán organizándose. Y aunque la solución alcanzada será probablemente peor que la tuya, es «su» solución. Mientras llegaban a ella, tres niños han realizado prácticas exhaustivas de un montón de habilidades complejas: exponer ideas, escuchar a los otros, discutir, ceder, convencer o, dado el caso, aceptar una propuesta que no era la nuestra, entre muchas otras.

¿Pero por qué intervenimos?

Intervenir no responde siempre a un exceso de protección. Podemos tener prisa. O nos incomoda ser testigos de una discusión cuyo final conocemos.  Nos cuesta escuchar por quinta vez que uno quiere fútbol y el otro bicicleta. Sabemos dónde está el niño al que buscan, cuánto dinero necesitan para comprar los helados o qué podría decir nuestro hijo para incorporarse a un grupo que ya está jugando. Tenemos la respuesta y, además, es eficaz… y con ella, el niño no aprende a resolver los problemas por sí mismo.

Con un adulto cerca, los atajos están a mano: «Mamá, ¿qué hago?». Es más, ni siquiera es necesario preguntar. Nos anticipamos: «Ve a buscar a fulanito», «dile que ahora te toca a ti», «llévate la bicicleta», «pregunta si puedes jugar», «¿por qué no hacéis otra cosa?».

Aprender a tolerar el malestar

Abstenernos de intervenir exige confiar en nuestros hijos y, sobre todo, tolerar el malestar que nos provoca una situación que podríamos resolver con facilidad. Tenemos experiencia, conocemos los problemas a los que se enfrentan y somos rápidos solucionándolos. Pero nadie aprende a gestionar su vida a través de la experiencia de otro.

¿Hemos de permanecer impasibles en todo momento? Obviamente, no. Hay situaciones (sobre todo de riesgo físico) en las que nuestra intervención será imprescindible. Pero, en muchas otras, solo sabremos hasta dónde puede llegar nuestros hijos si les damos la oportunidad de intentarlo.

Muchas de las conductas que atribuimos a nuestros hijos dependen en gran medida del contexto que los rodea. Un niño puede parecer muy dependiente cuando tiene cerca a un adulto dispuesto a recordarle, organizarle, advertirle y solucionar cualquier pequeño contratiempo.

En la ciudad esa disponibilidad aparece casi sin darnos cuenta. Si estamos esperando a la salida de una actividad y surge un problema, intervenimos. Si acompañamos a nuestros hijos al parque y discuten, intervenimos. Si quieren incorporarse a un grupo y dudan de cómo hacerlo, intervenimos.

El pueblo nos lo ha puesto muy fácil. No ha hecho falta proponernos fomentar la autonomía, establecer nuevas normas ni aplicar nuevas estrategias educativas. Simplemente les hemos dejado más espacio.

A veces resolvemos cosas o tomamos decisiones por nuestros hijos que estos podrían resolver o decidir perfectamente sin nuestra ayuda. Preguntémonos si lo hacemos para acabar antes o evitarnos un mal rato ante la idea de que fallen o lo pasen mal. Y, si es así, hemos de tener algo claro: lo hacemos por nosotros, no por ellos.