Cuando tus hijos no dejan de discutir

Dos hijos de distintas edades se pelean y su padre trata de no intervenir salvo que sea imprescindible.

Cuando tus hijos no dejan de discutir

Qué está pasando y qué puedes hacer

Si tienes más de un hijo, lo sabes con certeza: el conflicto entre hermanos es la regla, no la excepción.

Pero una cosa es que los hermanos discutan y otra muy distinta vivir en un clima de tensión constante en casa. Cuando las peleas son frecuentes o alcanzan cotas excesivamente intensas, dejan de ser algo «normal» y desgastan a toda la familia. Empezando por ti.

Llegados a este punto, muchos padres se preguntan: ¿Estoy haciendo algo mal? ¿Debería intervenir más? ¿O quizás menos?

Antes de responder a esto, conviene conocer algunos factores que influyen directamente en el desarrollo de los conflictos entre hermanos. Porque aunque no sea evidente,  lo que hacemos en casa influye en gran medida en la evolución de estas situaciones.

El vínculo antes que las normas

Cuando tus hijos discuten es fácil lanzarse a corregir, mediar o imponer soluciones. Pero si la relación entre vosotros es débil o está deteriorada, esas intervenciones tienen poco recorrido.

Por lo general, en ausencia de un buen vínculo, tus hijos no acogen tus palabras como una ayuda, sino como una imposición. En lugar de reducir el conflicto, es probable que lo empeores.

Tu aportación durante el enfrentamiento tiene importancia, obviamente, pero la eficacia de lo que dices depende en gran medida de la relación que hayáis ido construyendo antes.

No necesitan un trato igualitario, sino equitativo

Esta es una de las dificultades cuando conviven un adolescente y un niño bajo el mismo techo.  No puedes tratarles de la misma forma ni aplicar idénticas normas. Y esto, que en principio parece razonable a la vista de sus diferentes niveles de madurez, puede ser percibido por  uno de ellos (o ambos) como muestra de favoritismo o trato injusto.

Aquí la palabra no es igualdad, sino equidad. Si explicas a tus hijos los criterios aplicados con claridad (por qué uno tiene ciertos permisos y otro no), es más fácil que lo entiendan… aunque no te garantizo que siempre lo acepten. De lo que sí puedes tener la seguridad es de que, en ausencia de criterios coherentes, los hermanos entrarán en el bucle de comparaciones con el consiguiente conflicto.

Las normas importan; cómo las transmites aún más

Contar con un conjunto (limitado) de normas claras ayuda a organizar la convivencia. Pero si tratas de imponerlas, lo más probable es que no funcionen.

Cuando explicas el por qué de esas normas, tus hijos comprenden que no son arbitrarias. Probablemente cuestionen algunas —sobre todo, si son adolescentes —, pero reduces el conflicto que acompaña a la ambigüedad.

Y hay algo que tienes que dejar muy claro en casa: la agresión, física o verbal, es inaceptable.

Un comportamiento en el que padres y madres caemos inconscientemente son las comparaciones entre hermanos. Las comparaciones, aunque sean sutiles, alimenta la rivalidad. Reconocer las capacidades sin establecer jerarquías funciona mucho mejor.

Es normal que conectes más con uno de tus hijos

Esto genera bastante incomodidad en los padres, pero ocurre con frecuencia. Puedes sentir más afinidad con uno de tus hijos y quererlos a todos por igual.

Negar ese hecho genera más tensión que reconocerlo. Lo relevante es que esa afinidad no se traduzca en diferencias de trato.

El espacio personal importa

A medida que tus hijos crecen y, en particular, cuando entran en la adolescencia, aumenta su necesidad de controlar su espacio.

Si no hay acuerdos sobre el uso y organización de los lugares compartidos, acaban surgiendo los roces.

El tiempo compartido ya no surge «solo»

Cuando tus hijos eran pequeños, los días estaban llenos de momentos compartidos. En la adolescencia no.

Si convives con un adolescente, ya sabes que no buscará espontáneamente ese rato contigo (aunque pueda necesitarlo). Ahora eres tú quien toma la iniciativa.

A veces será a través de actividades compartidas. Otras, simplemente estando disponible.

Necesitan poder decidir (aunque no te guste cómo lo hacen)

Este es un motivo recurrente de enfrentamiento. Cuando el adolescente  no tiene margen para decidir, lo busca a través de la oposición.

No se trata de dejarles hacer lo que quieran, sino de delimitar con claridad sobre qué pueden decidir y qué es innegociable.

Acepta que tu hijo ya no es el mismo

El paso de la infancia a la adolescencia supone un cambio profundo en la forma  en cómo nuestro hijo o hija se comporta y relaciona con la familia.  Y, aunque se diga que esto solo ocurre a los niños, también los adultos somos reacios al cambio. De ahí los comentarios del tipo: «tú no eras así» o «no te reconozco».

Y así es: nuestros hijos no son los mismos y nos toca asumir ese cambio.

Cuidado con las etiquetas

Repetir a nuestro hijo que es «conflictivo», «desordenado» o «irresponsable» no genera, por lo general, cambios de conducta. Es más, puede acabar reforzándolas al asignarle un rol dentro de la familia con el que es difícil romper.

Si el adolescente escucha una y otra vez que es un  irresponsable, por ejemplo, puede acabar asumiendo que esa es su naturaleza y lo que los demás esperan de él.

Centremos nuestros comentarios en conductas concretas («esto que has hecho no está bien») y no en definir a la persona («eres un desastre»).

Los conflictos entre hermanos no van  a desaparecer (ni es necesario), entre otras cosas porque tienen una función importante en el desarrollo de la persona (de la que ya hemos hablado en posts anteriores). Pero su frecuencia, intensidad y evolución no son aleatorias. Están influidas en buena medida por las dinámicas familiares y tu intervención como padre o madre.