De la postverdad y otras cosas

Pareja viendo la TV: él tiene miedo por las noticias y ella le recuerda que están repitiendo la misma.

De la postverdad y otras cosas

Percepción de peligro y datos objetivos

En un reciente artículo sobre la posverdad, la profesora Montserrat Crespin Perales explicaba, desde  una óptica diferente, la facilidad con que asumimos como veraces las fake news, el clickbait, el whispering y demás modalidades de bulos, incluso quienes solemos presumir de espíritu crítico.

Ese artículo volvió a mi mente al escuchar esta mañana el comentario de un vecino sobre «el miedo que da salir a la calle con tanto delincuente suelto». No es la primera vez que oigo algo parecido, también en los medios de comunicación. Sinceramente, creo tener la suerte de vivir en una zona del planeta donde los índices de delincuencia —caso aparte son los terribles crímenes de violencia doméstica— son relativamente bajos. Pese a ello, algunas personas parecen sentirse como colonos atravesando las tierras del Lejano Oeste.

Su representación de la realidad no parte tanto de la experiencia directa como de la información —o desinformación— que reciben a través de medios de comunicación, redes sociales y conversaciones repetidas hasta la saciedad.

La construcción del miedo cotidiano

Este mecanismo es bien conocido. Nuestra percepción del peligro no depende solo de los datos objetivos. El cerebro concede mucha importancia a aquello que se repite, genera una emoción intensa o es fácil de recordar. Si durante semanas consumimos vídeos de agresiones, titulares alarmistas y noticias seleccionadas para provocar indignación o miedo, acabamos teniendo la sensación de que vivimos rodeados de amenazas, aunque las estadísticas digan otra cosa.

No hacen falta conspiraciones sofisticadas. Un entorno informativo construido para captar la atención es suficiente. El miedo funciona muy bien para eso.

La presunción de veracidad

Montserrat utiliza una expresión que me parece especialmente acertada: la «presunción de veracidad» que otorgamos a los periodistas. Los ciudadanos tendemos a confiar (aunque esto está cambiando) en los reporteros como lo hacemos en médicos, psicólogos o, si somos creyentes, en nuestros guías espirituales. No tanto porque pensemos que son infalibles, como porque necesitamos orientarnos en asuntos que desconocemos o que no podemos comprobar personalmente.

Y cada vez dependemos más de ese conocimiento indirecto. El volumen de información crece a tal velocidad —la IA es solo el último ejemplo— que el individuo sabe menos sobre más cosas y necesita apoyarse continuamente en especialistas. Especialistas que, además, solo conocen una parte limitada de ese conocimiento global. A eso llamamos especialización.

Desde el punto de vista psicológico, esta dependencia del testimonio ajeno es completamente normal. Ninguno de nosotros podría verificar por sí mismo la mayor parte de lo que cree saber. El problema aparece cuando confundimos autoridad con objetividad o cuando dejamos de distinguir entre información contrastada y contenido diseñado para producir impacto emocional.

Sesgos cognitivos y éxito de la información

También influye el conocido sesgo de confirmación. Tendemos a aceptar con menos resistencia aquello que encaja con nuestras ideas previas y a desconfiar de lo que las contradice. Raramente recibimos la información de forma neutral. Por lo general, buscamos confirmar una impresión previa del mundo.

Montserrat cita una frase de Ryszard Kapuściński, considerado uno de los grandes corresponsales del siglo XX: «las malas personas no pueden ser buenos periodistas». Imagino que Kapuściński tenía un excelente concepto de sí mismo, aunque ficcionó parte de sus escritos y tergiversó hechos para apoyar a unos cuantos dictadores próximos ideológicamente a sus creencias.

Personalmente, nunca me ha convencido demasiado esa idea de relacionar calidad profesional y bondad moral. Ser buena persona no garantiza rigor, del mismo modo que ser moralmente cuestionable no impide escribir una gran novela o hacer buen periodismo. Para confiar en un periodista me basta con pensar que contrasta razonablemente sus fuentes, diferencia información de opinión e intenta comunicar con honestidad intelectual, aun sabiendo que la objetividad absoluta probablemente no exista.

La desinformación no funciona porque la gente sea ingenua o estúpida. Funciona porque aprovecha mecanismos mentales normales: nuestra tendencia a buscar coherencia, a recordar antes lo impactante que lo cotidiano y a confiar en aquello que confirma lo que ya sospechábamos. Incluso quienes creemos estar vacunados contra los bulos solemos bajar bastante la guardia cuando la información coincide con nuestra visión del mundo.