Tres niveles de conflicto que conviene reconocer a tiempo
Los conflictos entre los miembros de la pareja no surgen de repente. Antes de llegar a los gritos, los silencios recriminadores, los desplantes o la ruptura, han atravesado fases sutiles que han ignorado o manejado mal. No todo desacuerdo requiere intervención inmediata, pero la táctica de «dejarlo correr» no suele dar, por lo general, buenos resultados. Saber en qué punto estás puede cambiar tu forma de actuar.
Un proceso sencillo consiste en distinguir tres niveles de conflicto. No se trata de una clasificación rígida ni formal, pero puede ayudarte a comprender lo que ocurre.
Nivel 1: roces cotidianos
Muchos de los conflictos en la vida adulta son de baja intensidad y tienen que ver con los roces propios de la convivencia. Comentarios molestos, malentendidos, diferencias de criterio. Aunque pueden producir cierta incomodidad no hay, por lo general, intención consciente de hacer daño ni una carga emocional desbordada.
No todo tiene que resolverse en el momento. A veces basta con dejar espacio y observar si el tema se diluye por sí solo. No hablamos de evitación sistemática, sino de discriminar qué merece atención y qué no. Esto también implica tolerar cierta incomodidad.
Las normas pueden ser de ayuda, sobre todo cuando el conflicto gira siempre sobre lo mismo. En la convivencia, por ejemplo, acordar ciertas reglas evita discusiones constantes. Pero ten en cuenta que, si todo se pauta y regula, desaparece la flexibilidad y la posibilidad de negociar.
El nivel 1 no siempre es inocuo. Los pequeños roces repetidos e ignorados acumulan resentimiento. Dejar pasar por sistema puede ser el caldo de cultivo de conflictos de mayor magnitud.
Nivel 2: escalada
El conflicto gana intensidad. Surgen los reproches, las interpretaciones y la tendencia a atacar (o a defenderse) más que a entender lo que ocurre. Se enrarece la conversación, hacen aparición las recriminaciones y aumenta la carga emocional.
En este punto, abandonar y confiar en que «la tormenta escampe por sí sola» no suele dar resultado. Una cosa es interrumpir la disputa y aplazar la conversación hasta un momento en el que los ánimos estén menos caldeados, y otra distinta es abandonarla por completo.
Quien decide no seguir (pueden ser ambas partes) no está necesariamente regulando la situación. Lo habitual es que siga molesto y continúe dándole vueltas al asunto. Como nadie retoma el tema, puede dar la impresión de que «ya ha pasado», pero la realidad es que los nubarrones siguen acumulándose.
¿Cómo actúo en esta fase?
- Trata de mantener cierto control sobre tu propia activación. Si estás alterado, no vas a escuchar ni a pensar con claridad. Si es así, aplazar la conversación hasta que ambas partes estén en mejor disposición puede ser una forma de evitar que siga escalando la activación emocional.
- Evita la búsqueda de culpables. Más que moral esta es una cuestión práctica. Cuando la conversación se centra en quién tiene la culpa, se pierde de vista qué está pasando y qué necesita cada uno. En los adultos, además, el conflicto suele arrastrar agravios que vienen de lejos: experiencias previas, formas de relacionarse o expectativas no explicitadas o incumplidas Reducirlo a «quién empezó» es una simplificación que no ayuda en absoluto.
- Habla desde tu propia experiencia, sin recriminaciones. Esto reduce la posibilidad de que el otro se ponga a la defensiva. No garantiza la resolución del conflicto, pero no lo empeora. También hay que aceptar que no es fácil dar con la solución perfecta. Los acuerdos parciales o provisionales pueden ser un principio.
- La espinosa tendencia a ceder demasiado. Ceder puede ser útil en determinadas situaciones, pero si siempre lo hace la misma persona, conviene analizar la razón (fuera del contexto del conflicto). No es solo una cuestión de carácter; muchas veces tiene que ver con el miedo a la confrontación o con patrones aprendidos.
Nivel 3: conductas agresivas
Si hacen presencia los gritos, los insultos o cualquier otra forma de agresión física o verbal, hablamos de algo cualitativamente distinto (mucho más si es recurrente). El objetivo deja de ser resolver el conflicto y pasa a ser detener la situación. Seguir discutiendo en ese estado no aporta nada y corremos el riesgo de daño. Esta situaciones pueden requerir intervenciones específicas (y a veces externa).
Llegado este punto, los límites son infranqueables. La conversación, si tiene que darse, será después y en otras condiciones.
Una vez que baja la intensidad, tiene sentido revisar lo ocurrido. Las emociones pueden ser comprensibles; la conducta agresiva, no. Diferenciar ambas cosas permite trabajar lo que hay detrás sin justificar lo que ha pasado.
Si ha habido daño, toca repararlo. No valen las disculpas automáticas. Es necesario entender qué ha ocurrido y qué puede hacerse de otra forma. Sin esa revisión, el patrón tiende a repetirse.
Algunas consideraciones
La forma en que cada persona gestiona los conflictos no surge de la nada. Aunque no sean determinantes, lo que ha aprendido de su entorno, de cómo se resolvían las tensiones en su familia y de sus propias experiencias condiciona la conducta.
Tendemos a creer que gestionar bien un conflicto implica que no haya malestar. No es así. En muchos conflictos hay incomodidad, frustración y enfado. La cuestión es qué hacemos con esos sentimientos y hasta dónde permitimos que escale el conflicto.
Intentar eliminar el conflicto de las relaciones es poco realista e incluso contraproducente. Aprender a reconocer en qué nivel se encuentra y actuar en consecuencia es mucho más útil que repetir una y otra vez lo mismo sin resultado (práctico) alguno.