El difícil arte de pedir perdón
Muchos adultos con TDAH viven las discusiones con una intensidad difícil de entender por quién no padece desregulación emocional. Un gesto ambiguo, una crítica o la sensación de injusticia pueden percibirse como ataque personal. Y, entonces, el enfado se propaga con virulencia, sin sopesar lo que está ocurriendo ni anticipar las posibles consecuencias de los actos o palabras.
No es que el adulto «decida» reaccionar así, sino que su sistema de autorregulación es menos eficaz bajo estrés emocional. En momentos de activación elevada, experimenta una reducción temporal de la capacidad para frenar impulsos, matizar interpretaciones o distanciarse de lo que siente.
Esa virulencia emocional no suele durar demasiado y pronto es reemplazada por la sensación de culpa y la necesidad urgente de arreglar lo ocurrido. Comienzan entonces las disculpas, los mensajes, los intentos de explicarse o de comprobar de otro modo que la relación sigue en pie. Muchos adultos con TDAH conocen bien esa sensación de pasar del enfado a la culpa en un tiempo record.
Dos ritmos diferentes que dificultan el punto de encuentro
En una discusión interviene dos partes. Y si la evolución de sus curvas de enfado y desactivación emocional no coinciden en el tiempo, se complica mucho la posibilidad de llegar al entendimiento.
El patrón se repite: mientras que el adulto con TDAH trata, tras la desactivación emocional, de reparar la situación, la otra parte sigue enfadada, dolida o harta de la discusión. Ese desfase genera malentendidos. Quien pide disculpas sinceras no entiende por qué la otra persona se muestra distante y reacia a aceptarlas. Quien ha asistido a la reacción impulsiva —que tal vez ni siquiera entienda— tarda, sin embargo, bastante más en procesar lo ocurrido (y reducir su enfado) e incluso percibe ese intento de reconciliación como presión para zanjar el asunto cuanto antes. Si estos conflictos se repiten con frecuencia, las disculpas terminan perdiendo todo valor.
El «siempre tengo que ser yo quien da el brazo a torcer», «parece que te arrepientes cinco minutos y luego todo sigue igual», «no sé cuál de tus versiones es la real» son frases habituales en parejas donde uno de los dos tiene dificultades de regulación emocional. Y, con frecuencia, nuevo motivo de discusión.
Pedir perdón también agota
Muchos adultos con TDAH se acostumbran a pedir perdón continuamente, bien porque consideran que han reaccionado mal, bien porque no soportan la tensión emocional provocada por el conflicto y necesitan liberarse de esa sensación. Esto puede llevarles a asumir responsabilidades que no les corresponden o al menos no por completo.
Con los años, terminan desarrollando una imagen deteriorada de sí mismos y se ven como personas excesivas, difíciles o agotadoras, convencidas de que cualquier emoción intensa es desproporcionada o injusta.
Sí hay conciencia del daño causado
La impulsividad emocional no implica falta de empatía ni de conciencia sobre el daño causado. De hecho, muchas personas con TDAH registran el malestar del otro tan pronto desciende la activación, lo que dispara a su vez la sensación de culpabilidad. El problema se produce antes, cuando la desregulación reduce su capacidad de pensar, relativizar y contener reacciones excesivas.
Entender esto no elimina la responsabilidad sobre la propia conducta. Tampoco justifica cualquier reacción emocional. Pero ayuda a evitar lecturas simplistas. Algunos adultos con TDAH interpretan estos episodios como fallos morales o defectos de carácter, sin comprender qué ocurre en términos de regulación emocional antes y después de la reacción impulsiva.
En terapia se aprende, entre otras cosas, a detectar con mayor antelación el punto de activación para ganar unos minutos de margen antes de responder; a entender qué situaciones disparan determinadas reacciones; a diferenciar la culpa de la responsabilidad; y a comprender que reparar una relación no significa que haya que hacerlo de inmediato, por duro que sea soportar la sensación de que la otra persona sigue enfadada o dolida.
Muchas discusiones empeoran precisamente por eso. Si una persona necesita distancia temporal para calmarse y procesar el impacto de la discusión y la otra, en cambio, vive esa distancia como una amenaza a la relación, esta última intentará resolver el conflicto cuanto antes —insistiendo, llamando, escribiendo mensajes o presionando de otra forma—. Y por muy sinceras que sean sus intenciones, conseguirá probablemente lo contrario: saturar y alejar al otro.