La desinformación como guía

Influencia de la desinformación en la percepción de la realidad

La desinformación como guía

La realidad vista a través de los ojos de otros

«Tengo la desagradable sensación de observar la realidad a través de un relato construido por otros. Un relato donde se me dice qué es peligroso para mí o por qué motivos debo indignarme; qué debe preocuparme y qué no. Me siento como si viviese en el Show de Truman».

No es la primera vez que escucho este comentario u otro similar y —coincido con su autor—. Incluso considerándome una persona crítica, escéptica y poco dada a tragarme cualquier cosa, siento en ocasiones la sensación de vivir en una realidad «construida» que no se corresponde con la mía. Me ocurre cuando, por ejemplo, escucho conversaciones cotidianas de conocidos en las que describen el entorno inmediato como un territorio hostil, aunque su experiencia vital no confirme en absoluto esa imagen.

El mundo de Truman no era hostil ni caótico; al contrario: era previsible, ordenado y aparentemente seguro. Pero se caracterizaba por un rasgo inquietante: otros decidían por él qué era peligroso y hasta dónde podía llegar. El miedo era resultado de un relato bien construido, no de su experiencia directa. Ante ese miedo, es fácil aceptar que la protección reemplace a la libertad.

¿Por qué funcionan estos relatos?

Buena parte de nuestra representación del mundo no procede de lo que vivimos en primera persona, sino de lo que nos cuentan otros. Esto no es nuevo ni necesariamente negativo. Los seres humanos hemos dependido siempre del testimonio ajeno para orientarnos en una realidad que no podemos abarcar por completo. Necesitamos confiar. El problema surge cuando confiamos  sin cuestionarnos los argumentos de quienes tratan de apelar a nuestros miedos y deseos más profundos.

Además, tendemos a otorgar a la información que recibimos a través de los medios (o las noticias viralizadas o repetidas mil veces) una presunción de veracidad casi automática. Damos por hecho que quien la transmite sabe más que nosotros, ha contrastado los datos y actúa de buena fe. Cuando la supuesta autoridad deja de ser un medio para convertirse en un fin, surge esa sensación —en la persona crítica— de que algo no encaja.

En este contexto de sobreinformación, la especialización también juega un papel curioso. Nadie puede saber de todo. Y, sin embargo, escuchamos a quienes opinan de cualquier cosa (sin ningún bagaje que respalde esas opiniones) a través del altavoz de los medios y las redes. Cabe destacar aquí otro elemento distorsionador: nuestra tendencia a creer aquello que coincide con lo que pensamos o confirma nuestra visión del mundo. Más que comprender la realidad, tratamos de reafirmar nuestra posición en ella.

El miedo como disparador de las emociones

La desinformación no siempre adopta la forma de una mentira burda. Tiende, por su mayor eficacia para disparar emociones y evitar reflexiones, a las medias verdades, exageraciones, silencios estratégicos, enfoques sesgados, manipulación de temores profundos —que muchas veces no reconoceríamos ante nosotros mismos— y soluciones fáciles para problemas complejos. El miedo, la indignación o el escándalo son potentes atajos mentales porque nos sacuden emocionalmente. Y, cuando esto ocurre, dejamos de hacernos preguntas incómodas y aceptamos como verídicos hechos que, en un estado de mayor frialdad mental, pondríamos en tela de juicio.

Estas narrativas afectan a muchos. Personas que viven en un estado constante de alerta en un mundo que consideran peligroso o corrupto, por más que su vida cotidiana transcurra con relativa normalidad.

Aprender a convivir con la incertidumbre

La sobreinformación, con sus compañeras de camino —la urgencia y la desinformación— ocupa un lugar semejante al de una guía espiritual: ofrece el consuelo de la certeza. Aunque esa certeza implique miedo, este es preferible, para muchos, a la incertidumbre. El primero permite adoptar salvaguardias (eficaces o no); la segunda coloca al individuo en la incómoda posición de no saber qué hacer lo que, con frecuencia, conduce a la paralización. Dos estados muy desgastantes para cualquiera.

La desinformación tiene la ventaja de reducir la complejidad del mundo a un relato comprensible, sencillo y tranquilizador —por lo general, donde buenos y malos están perfectamente delimitados—. Cuestionar los relatos donde solo cabe el blanco o el negro, y sobran los matices, es complicado. Implica tolerar la duda, aceptar que no siempre tenemos respuestas claras y renunciar a la comodidad de las explicaciones cerradas. También exige revisar nuestras creencias y reconocer hasta qué punto estamos dispuestos a comulgar —aunque, en el fondo, sepamos que algo chirría— con aquello que refuerza nuestros pensamientos.

En un mundo en el que las noticias se suceden a velocidad de vértigo y nos mantenemos al tanto de lo que ocurre hasta en el rincón más recóndito del planeta, la ética periodística —entendida como el respeto hacia los hechos— es más importante que nunca.

Decía Ryszard Kapuściński, considerado uno de los grandes corresponsales del siglo XX: «Las malas personas no pueden ser buenos periodistas». Sin embargo, el propio Kapuściński ficcionó, sin pudor alguno, muchas de las noticias que contaba y recurrió a la tergiversación para apoyar a los dictadores de su agrado. Por mi parte, prefiero no caer en la trampa de confundir  la profesionalidad con la virtud: me conformo con que el periodista actúe como notario de los hechos.