Dinámicas de pareja que contribuimos a crear

Ilustración de una pareja doblando ropa y discutiendo sobre cómo hacerlo mejor.

Dinámicas de pareja que contribuimos a crear

Todo recae en mí

«No entiendo cómo hemos llegado a este punto. Carlos no era así. De hecho, lo recuerdo como una persona dinámica y emprendedora. Hoy, sin embargo, parece haberlo delegado todo en mí. Y mi vida cotidiana se ha transformado en un montón de obligaciones. A estas alturas, todo parece ser responsabilidad mía».

Escuchamos esta queja con relativa frecuencia. Un miembro de la pareja se lamenta de un desequilibrio en la relación que no existía en un principio.  Y probablemente fuese así, porque estos desequilibrios suelen ser resultado de pequeñas acciones, a veces imperceptibles, que nadie se cuestiona al principio.

Una persona empieza encargándose de determinadas funciones porque se siente cómoda haciéndolo. Organiza, recuerda fechas, propone planes, calma tensiones, cede antes de discutir o asume tareas sin pedir ayuda. La otra parte se acostumbra. Unas veces ocurre por simple adaptación; otras, porque esa dinámica también le beneficia. Delegar responsabilidades, evitar conflictos o dejar que otro tome la iniciativa es más cómodo que cuestionar un reparto de cometidos que aparentemente funciona. Es posible, incluso, que cuando ha tratado de encargarse de algo, su pareja le ha disuadido. Además, cuando alguien resuelve las cosas con rapidez y eficacia, el otro tiene pocos incentivos para intervenir.

Cuando las cosas se tuercen

Todo parece rodar sin dificultades hasta que la persona que considera «tirar del carro» empieza a sentirse ignorada, cansada, sobrepasada o directamente utilizada. El pensamiento de «todo lo hago yo» se manifiesta de forma recurrente. Y, así es: el reparto de funciones es objetivamente desigual.

Esta es la situación que encontramos en consulta: un miembro de la pareja —que espera un comportamiento del otro que no se produce— vive la relación con resentimiento mientras la otra parte no entiende qué está pasando.

La repetición normaliza ciertos patrones

La repetición es un eficaz instrumento para consolidar dinámicas. Lo que se tolera, se normaliza.

El problema surge cuando normalizada una situación, esperamos que el otro llegue por sí mismo a determinadas conclusiones. Queremos que note nuestro cansancio. Que entienda que necesitamos más implicación. Que se dé cuenta de que algo ya no nos compensa. A veces ocurre… y muchas veces, no.

Obviamente, puede haber egoísmo o desinterés. Pero casi siempre tiene más que ver con la habituación que con una intención deliberada. Los seres humanos nos acostumbramos rápidamente a aquello que genera sensación de estabilidad y, para que negarlo, adaptarse a esta situación resulta mucho más fácil si además nos evita responsabilidades que no nos apetecen demasiado.

Quién cuida y quién se acostumbra a ser cuidado

Algunas personas adoptan fácilmente el papel de cuidador, organizador o sostén de la relación. Les cuesta pedir, marcar límites o tolerar el malestar que produce decepcionar a alguien. Otras tienen facilidad para lo contrario: esperan, delegan, dejan que el otro tome la iniciativa o resuelva problemas sin preguntarse demasiado si el reparto es justo. Y está el grupo de quienes han decidido adaptarse a la situación porque sus intentos iniciales de equilibrar las cosas no se han visto secundados.

Estas dinámicas pueden mantenerse durante mucho tiempo. Y mientras tanto, la parte sobrecargada experimenta un resentimiento larvado a la espera de unos cambios en su pareja que no se producen. De hecho, es habitual que esta última se  sienta desconcertado ante las quejas porque, aunque desde fuera puede ser evidente el desequilibrio, no se percibe así dentro de la relación, sobre todo, si las dinámicas están bien consolidadas.

Favorecer lo que después criticamos

Tocamos aquí un espinoso aspecto: cómo a veces favorecemos dinámicas que después criticamos.

Por lo general, nadie desea una relación en la que acaba agotado o sintiéndose poco valorado. Podemos, sin embargo, reforzar sin darnos cuenta determinados patrones —por necesidad de aprobación, miedo al conflicto, deseo de adaptarnos al otro o cualquier otra razón— que, con el tiempo, conducen precisamente a eso.

Reconocer nuestra participación en el estado actual de la relación nos obliga a analizar las cosas de una forma menos simplista que la mera búsqueda de culpables.

Cuando reducimos el análisis a «lo que el otro no hace», dejamos fuera aspectos importantes: qué hemos tolerado, qué hemos reforzado sin querer y qué necesidades no hemos sabido —o podido— expresar a tiempo.

Conversaciones que nunca llegan

En algunas parejas, el problema no es solo la falta de colaboración o atención, sino de conversaciones que nunca llegan o llegan demasiado tarde, después de meses o años de desgaste y resentimiento acumulado. Cuando se produce esa conversación parece un ajuste de cuentas.

La persona acostumbrada a responsabilizarse de todo puede sentirse egoísta cuando empieza a poner límites. La otra vive esos cambios como un ataque o una injusticia: «antes no te molestaba». Ninguna de las dos entiende que  está pasando porque la relación se ha organizado en torno a un equilibrio precario.

Dinámicas consolidadas sin darnos cuenta

Conviene prestar atención no solo a lo que hace la otra persona, sino a las dinámicas que consolidamos nosotros mismos sin darnos cuenta. Las relaciones no se construyen solo con decisiones conscientes. Los hábitos repetidos, los silencios mantenidos durante años y los conflictos evitados una y otra vez tienen igual importanica sino más.

Un «no te preocupes, yo lo hago» repetido en el tiempo puede generar, a la larga, desequilibrios desgastantes para una parte, máxime si no se cumplen unas expectativas que no es capaz de comunicar con franqueza a la otra persona.

Una relación es cosa de dos. Y en esta ecuación cada una de las partes debe preguntarse con sinceridad cuál es su responsabilidad en los desequilibrios que ahora tanto le molestan.