Plenitud sin edad
Hace un par de años cayó en mis manos un best-seller de divulgación escrito a medias entre el escritor Juan José Millás y el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga. La vida contada por un sapiens a un neandertal fue la primera obra de una trilogía que aspiraba a encontrar respuestas a algunas de esas complejas pregunta sobre la existencia humana.
Los protagonistas recorren cuevas, museos y excavaciones mientras conversan. Arsuaga conecta el presente con el legado evolutivo; Millás cuestiona, con ironía, las explicaciones científicas de su compañero. Recomiendo este libro aunque solo sea para disfrutar de las reflexiones de dos estupendos conversadores.
¿Mente sana in corpore sano?
Entre las escenas del libro, hay una muy simpática que narra una apuesta un tanto infantil entre ambos adultos, que ya acumulan bastantes años a sus espaldas. Sus posiciones están en las antípodas. Arsuaga, apasionado del deporte, defiende que no puede haber una mente sana sin un cuerpo en forma. Millás, bastante más de sillón que de gimnasio, sostiene que una mente bien engrasada necesita poco mantenimiento corporal. La discusión se concreta en algo verificable: ¿quién de los dos está en mejor forma?
Se someten a un chequeo médico completo. Analíticas, pruebas de esfuerzo, mediciones objetivas. Ya no se trata de una discusión teórica: esperan que los resultados confirmen cual de los dos estilos de vida es más sano.
No desvelaré el resultado para no destripar el libro. Lo interesante de la apuesta es que ninguno de los dos contrincantes parece tener en cuenta una variable de gran peso, más allá de la biología: ambos hombres hacen lo que hacen porque les gusta. El esfuerzo físico activa el sistema de recompensa de Arsuaga, proporcionándole una descarga de dopamina que refuerza su sensación de logro y deseo de superarse. Millás, por su parte, alcanza la misma satisfacción a través de la lectura, la conversación y la reflexión.
Observamos aquí un matiz importante. El cerebro no premia el ejercicio por sí mismo ni el pensamiento en abstracto. Premia el interés, es decir, aquello que para cada uno de nosotros tiene significado.
El cerebro premia el interés
Cuando una persona disfruta haciendo deporte, se activa el circuito dopaminérgico de recompensa —el mismo implicado en la motivación y en el deseo de repetir una conducta—, y se secretan otras sustancias como endorfinas o endocannabinoides que generan bienestar. Cuando alguien disfruta leyendo o escribiendo, se pone en marcha ese mismo sistema de recompensa aunque acompañado de redes relacionadas con el lenguaje, la imaginación o la reflexión. La vía fisiológica no es idéntica, pero el núcleo motivacional es el mismo.
El sistema de recompensa responde más al significado subjetivo que al tipo de actividad.
Por eso no todas las personas obtienen el mismo beneficio emocional de las mismas conductas. El ejercicio impuesto no activa igual que el ejercicio elegido. La lectura obligada no genera la misma implicación que la lectura vocacional.
Motivación y salud a largo plazo
Durante nuestra vida vamos consolidando ciertas inclinaciones: buscamos estímulos físicos o intelectuales, preferimos la actividad social o la introspección… y organizamos nuestros días en función de esas preferencias.
Las cosas se pueden complicar cuando el desgaste que acompaña a la edad repercute en nuestra elección vital: quizás quien adora recorrer kilómetros al trote empiece a sentir molestias en las rodillas o el amante de la lectura note que le cuesta más concentrarse durante largos periodos o que su vista se cansa.
Dosificar y adaptarse
Envejecer saludablemente va más allá del ejercicio físico o mental (lo que no quita que el ejercicio suave y el interés intelectual sean excelentes herramientas). Tiene que ver, sobre todo, con conservar la motivación que nos hace levantarnos cada mañana, proceda de donde proceda esta. Y esto requiere contar con dos habilidades clave: dosificar y adaptarse.
- Dosificar es aceptar que no podemos funcionar siempre al máximo rendimiento… y que tampoco necesitamos hacerlo para disfrutar de una actividad.
- Adaptarse es buscar una versión posible de lo que nos gusta cuando el cuerpo o la mente no responden igual que antes.
Quien ha corrido toda su vida quizá no pueda seguir compitiendo, pero puede caminar, nadar o entrenar de otra forma. Quien ha leído durante horas puede aprender a hacerlo a intervalos más breves o explorar otros formatos. Quien ha sido muy activo socialmente puede reducir el ritmo sin aislarse.
Esa capacidad de ajuste no elimina el azar —la biología sigue siendo imprevisible—, pero reduce su impacto. La resiliencia actúa como red de seguridad: mientras existe interés, el sistema de motivación sigue activo, aunque se exprese de otra forma.
Las personas que mejor se adaptan al paso del tiempo son las capaces de mantener un interés genuino por algo y, si es necesario, saben reformularlo.
La cosa no va de si es mejor entrenar el cuerpo o la mente, como discutían Millas y Arsuaga. La cuestión es si algo nos sigue importando lo suficiente como para movilizarnos, aunque no podamos hacerlo como antes.
El mayor factor protector es tener un motivo. Mientras exista ese motivo —ya sea adaptado, dosificado o reinventado— seguimos disfrutando. Y este disfrute es, en el sentido más amplio del término, una de las formas más realistas de cuidar la salud.
Tengo un ejemplo muy próximo: mi bisabuela dedicó toda su vida a la costura y al diseño de moda, incluso cuando ya no tenía necesidad de hacerlo. En sus 103 años de existencia, no recuerdo un solo día que no haya disfrutado de la actividad que eligió: de hecho, conservo como oro en paño muchas de las prendas que me hizo, a las que, una vez terminadas, añadía una etiqueta de la que se sentía orgullosa. Y yo también: «Modas Carmen».