El cansancio de medir cada palabra

Intercambio de mensajes en una red social caracterizados por la falta de empatía.

El cansancio de medir cada palabra

Empobrecimiento de espíritu

Hace años un amigo me comentó apenado que había pedido el traslado a otra ciudad. La noticia me sorprendió, porque adoraba vivir junto al mar y no le habría creído dispuesto a renunciar a eso.  Había llegado un punto —me aclaró— en el que conversar con amigos, clientes o familiares le producía un malestar constante. Cualquier comentario intrascendente podía terminar en una discusión agria o un malentendido.

El repertorio de temas «no problemáticos» se había reducido tanto que hablar del tiempo parecía la única opción razonable. Estaba cansado de no poder expresar una opinión sin calcular antes el posible coste.

La autocensura por norma

La autocensura, en realidad, no tiene nada de nuevo. Ha existido siempre, ya fuese por cuestiones políticas, religiosas o morales, en particular en sociedades donde discrepar podía tener consecuencias serias. Durante décadas, la gente aprendió a callar por miedo a las represalias de instituciones y figuras de autoridad. Y también a la más sutil (aunque tremendamente eficaz) crítica del entorno cercano.

¿Cuál es la diferencia entonces?

En el pasado había normas muy claras.  Eran, en muchos casos, rígidas, injustas y opresivas, pero el marco era reconocible: si haces esto, serás castigado con esto otro. Hoy las reglas cambian deprisa, dependen del contexto y varían según el grupo, el momento o la plataforma desde la que se habla. Esa incertidumbre genera un estado de hipervigilancia que resulta agotador para muchos.

Buena parte del control social no procede ya de instituciones o figuras de autoridad. Se produce entre iguales: al entorno inmediato se suma la presencia abrumadora de las redes sociales, en cualquiera de sus versiones. La experiencia emocional se ha modificado: no sabemos qué comentario provocará hostilidad, qué matiz se interpretará como agresión o en qué momento una conversación sin importancia se transformará en un examen moral.

El ecosistema perfecto para el malentendido

Las redes sociales han alterado la estructura propia de la conversación humana. En la comunicación cara cara hay gestos, pausas, ironía, una historia compartida y señales emocionales que nos ayudan a interpretar la intención del otro. En internet nada de esto existe y abunda el anonimato. El mensaje se reduce a un texto y el lector completa los huecos desde sus prejuicios, expectativas o estado emocional.

Además, las redes premian dinámicas deficientes desde el punto de vista comunicativo como la reacción rápida, la indignación exagerada, el sarcasmo o las respuestas contundentes. Dado que los matices requieren tiempo, contexto y la predisposición a la reflexión, su acogida es bastante más tenue.

La conversación como ejercicio defensivo

La conversación humana necesita un mínimo de confianza, entendida como la expectativa razonable de que el otro tratará de comprender lo que queremos decir antes de atribuirnos mala fe sin más. Sin esa confianza básica, cualquier intercambio comunicativo se transforma en un ejercicio defensivo y, por consiguiente, falto de naturalidad.

Cuando las personas sienten que deben vigilar cuanto dicen desaparece la espontaneidad, crece la ansiedad interpersonal y hace su presencia la evitación. Ente el hartazgo de justificar cualquier opinión o el riesgo de enzarzarse en discusiones infructuosas, muchos optan por callar.

Censura y autocensura

La censura clásica es externa y visible. La autocensura es más difícil de detectar porque parece una elección personal y no impuesta. Nadie te obliga a callar. Pero a fuerza de desgaste se aprende qué temas conviene evitar y qué opiniones, vertidas en determinados lugares, convertirán una conversación banal en un campo de batalla.

Cuando la conversación muta en mecanismo de posicionamiento, no importa comprender al otro, sino demostrar tu pertenencia al grupo correcto. Las ideas ceden el paso a las pruebas de lealtad: con quién estamos, qué lenguaje utilizamos, a quién criticamos o defendemos.

Se dispara la polarización, tan atractiva en momentos de incertidumbre. Nada mejor que los mensajes contundentes para simplifica la realidad, reforzar la identidad grupal y crear sensación de pertenencia. Los matices, con su cuestionamiento de las certezas absolutas, tienen la facultad de generar dudas. Y las dudas son poco agradables.

Cuanto más se endurecen los bandos, más difícil es conversar con quien piensa de otra forma. La discrepancia no se interpreta como diferencia de criterio sino como amenaza al grupo o a la identidad personal.

La discrepancia asumida con respeto

No todas las opiniones tienen el mismo valor. Hay argumentos sólidos y argumentos disparatados; comentarios razonables y comentarios crueles. Dicho esto, una conversación adulta exige poder discrepar sin que eso active automáticamente el desprecio, la descalificación personal o la sospecha moral.

También requiere tolerar cierto grado de fricción: aceptar que el otro puede cuestionar nuestras ideas y que podemos equivocarnos.

El desgaste provocado por la autocensura termina encorsetando la conversación. Se habla menos. Se pregunta menos. Desaparecen los matices y la comunicación —esa cualidad tan maravillosamente vinculada con la psique humana— termina empobreciéndose y, con ello, nuestra capacidad para establecer vínculos con el otro. Muchos silencios nacen del hartazgo, no de la prudencia.