Asegúrate de que tu interlocutor te entiende

Hombre usando mal una máquina de gimnasio, creyendo hacerlo como le indicó el monitor.

Asegúrate de que tu interlocutor te entiende

Lo que es obvio para ti no tiene por qué serlo para el otro

Que una explicación te parezca obvia no significa que lo sea para quien te escucha, por muy sencilla que consideres la cuestión o por mucha confianza que tengas en tus dotes comunicativas. En el ámbito de la psicología, esto tiene particular relevancia: una palabra mal interpretada puede convertir una pauta razonable en una tarea imposible o llevar a conclusiones que no tienen nada que ver con lo que queríamos transmitir.

La sugerencia de hoy me retrotrae a una anécdota que solía contarme mi abuelo, médico de profesión, sucedida durante su año de prácticas a bordo del emblemático buque-escuela Juan Sebastián Elcano. Mi abuelo aplicaría este aprendizaje a rajatabla a lo largo de su vida profesional y personal.

Muy efectivo, Doctor

La cosa ocurrió más o menos así:

Una mañana de cielos grisáceos y mares revueltos, uno de los miembros de la tripulación se presentó en la enfermería quejándose de un dolor de garganta tan intenso que apenas le permitía tragar.

Tras la correspondiente revisión, el médico del barco le entregó una cajita con una recomendación clara: «Uno cada seis horas, descanso y mucha agua. En unos días, como nuevo».

Y efectivamente, el remedio fue de lo más eficaz… salvo por un pequeño detalle, como mi abuelo pudo comprobar al día siguiente, cuando un alegre marinero exclamó a gritos, al divisarlo en cubierta:

—«¡Doctor, su recomendación ha sido mano de santo! ¡Pero hay que ver lo que me ha costado tragar las puñeteras pastillas!».

Así era: la garganta del muchacho estaba como una patena… aunque lo que el médico le había recetado era una caja de supositorios.

Mejor que los resultados no dependan de la suerte

El ejemplo es un poco extremo y hay que situarlo en la época en la que se produjo: no hacía demasiado que el país había sufrido una terrible guerra civil y muchos grupos poblacionales apenas tenía acceso a la educación.

Aparte del malentendido entre médico y paciente, esta anécdota encierra una segunda derivada: a veces las cosas funcionan, incluso cuando se utilizan mal. Pero en ese caso, dependemos de la madre Fortuna y corremos el riesgo de que, en el mejor de los casos, no sirvan de nada y, en el peor, agraven el problema.

Una pauta puede parecer de lo más razonable, pero si la persona la malinterpreta o la aplica con un matiz distinto al que pretendíamos, el resultado puede ser cualquier cosa menos el esperado.

Si dudas, confirma que tu interlocutor y tú habláis el mismo idioma

Por eso, no está de más confirmar que nuestro interlocutor ha comprendido cuanto le explicamos, sea cual sea nuestro ámbito profesional. Tal vez suene a verdad de Perogrullo, pero lo cierto es que muchas personas prefieren no plantear dudas por vergüenza a parecer ignorantes o, en el otro extremo, porque creen haber entendido más de lo que realmente entienden. En consulta, esto es especialmente frecuente: la gente quiere hacerlo bien, quiere avanzar y a veces asiente por no detener el ritmo o por no interrumpir.

Lo ideal sería pedir a nuestro interlocutor que repitiera con sus propias palabras cuanto le hemos explicado para verificar que coincide con lo que queríamos transmitirle.  Este ejercicio nos permite detectar diferencias sutiles: donde yo dije «observar», mi interlocutor puede haber entendido «aguantar»; donde mencioné «regular», puede haberlo interpretado como «controlar». Que no haya dudas sobre qué significa observar, qué implica parar, qué entendemos por regular o qué esperamos cuando pedimos que se «tome distancia». Conceptos que, fuera de la jerga clínica, pueden sonar demasiado abstractos y dar pie a interpretaciones variopintas.

No siempre es fácil hacerlo de forma natural. Cuando el psicólogo explica un concepto, una técnica, una relación entre pensamientos-emociones-conductas, etc., debe adaptarse al nivel y estilo comunicativo de su interlocutor para evitar posibles malentendidos.

Algunas estrategias comunicativas

Te propongo, a continuación, algunas estrategias sencillas aunque eficaces:

  • emplea ejemplos concretos adaptados al contexto de tu interlocutor («Imagina que estás en una situación X… ¿cómo lo interpretarías ahí?») para ayudarle a comprender cómo se aplica lo que se está explicando.
  • haz comprobaciones prácticas, como «¿Te parece claro o prefieres que lo repasemos juntos?». Con ello evitas dar por hecho que lo ha entendido todo, detectas dudas y puedes ajustar el ritmo de la explicación.
  • conecta tu explicación con su perspectiva mediante preguntas como: «Así lo enfocaría yo. ¿Cómo lo ves tú?».
  • ofrece versiones más breves o reformulaciones que eviten términos poco útiles y asegúrate de que ambos compartís los mismos significados.

Sea cual sea la fórmula que elijas, asegúrate de haber despejado cualquier duda relevante. En psicología, como en medicina, aplicar bien la indicación importa.  Una aplicación inadecuada tal vez proporcione los resultados esperados por pura casualidad —como ocurrió en el caso de nuestro marinero—, pero es poco probable. Y, en cualquier caso, a nadie le gusta tragarse un supositorio, por muy bien que funcione.