Cuando todo va de mal en peor

Agricultor en tractor frente a hombre nostálgico que dice que antes se vivía mejor.

Cuando todo va de mal en peor

¿Por qué creemos que el pasado fue mejor?

El premio Nobel Paul Krugman comentaba un hecho curioso sobre la economía estadounidense. Según los distintos indicadores y análisis —entre ellos los de entidades autorizadas como Goldman Sachs— el país había mostrado, bajo el mandato de Joe Biden, un desempeño para muchos improbable tras la pandemia. La inflación había descendido sin provocar la recesión que los analistas daban por segura.  Cierto, había aumentado el desempleo, pero las cifras eran muy moderadas. Y en el tercer trimestre de 2024, el crecimiento económico interanual rondaba un nada desdeñable cinco por ciento.

Con todo, cuando se preguntaba a los ciudadanos por la marcha del país, una parte considerable respondía que la economía iba mal. Y no solo mal: mucho peor que antes.

Los datos dicen una cosa; la percepción otra

Este no es un caso aislado. Algo parecido ocurre con la percepción general de la violencia en el mundo. El psicólogo Steven Pinker recoge en The Better Angels of Our Nature gran cantidad de datos históricos que apuntan en otra dirección. Aun teniendo en cuenta las guerras y conflictos actuales, la proporción de muertes violentas ha disminuido de forma sostenida desde los orígenes de la humanidad. Pinker distingue varios momentos en ese descenso: las sociedades prehistóricas, la Edad Media, la Ilustración y el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial. En este último periodo (las cifras recopiladas por Pinker son previas a las actuales guerras de Irán e Ucrania, pero siguen siendo válidas), la proporción de muertes violentas en el conjunto del planeta se sitúa por debajo del uno por ciento.

Este fenómeno fue señalado por Norbert Elias décadas antes. En El proceso de civilización (1939), el sociólogo describía la lenta transformación de las normas sociales y el progresivo rechazo público de la violencia desde la Edad Media hasta la modernidad. Los comportamientos que en otros tiempos formaban parte de la vida cotidiana —peleas, castigos físicos, venganzas privadas— han ido perdiendo legitimidad social y volviéndose cada vez más marginales.

Sin embargo, basta con abrir un periódico o recorrer unos minutos las redes sociales para sacar una impresión muy distinta. El panorama parece inmerso en un conflicto permanente y se respira sensación de deterioro generalizada.

Otros indicadores señalan tendencias similares a las anteriores. En términos globales, los niveles de pobreza extrema han disminuido durante las últimas décadas; se ha ampliado el acceso a la educación y el analfabetismo ha retrocedido en muchas regiones del mundo. Los programas de salud pública han reducido la mortalidad infantil y han acabado con enfermedades que eran temidas en el pasado.

El sesgo de negatividad

La percepción colectiva tiende a la negativización. Abundan los comentarios catastrofistas. Se idealiza el pasado  como si hubiese sido una época más sensata, ordenada y segura. La comparación se apoya, por lo general, en recuerdos difusos y en una reconstrucción selectiva de los hechos.

El sesgo de negatividad nos lleva a prestar más atención a la información amenazante que a la que describe mejoras graduales. Los acontecimientos violentos o excepcionales ocupan titulares, generan imágenes impactantes y circulan con rapidez. Los avances lentos —una vacuna, la reducción de la mortalidad, las mejoras educativas— no llaman la atención.

En esta visión catastrofista también interviene un fenómeno conocido como rosy retrospection: la tendencia a recordar el pasado de forma más amable de lo que probablemente fue. Las dificultades de otras épocas desaparecen de la memoria colectiva con rapidez, mientras que las incomodidades presentes se perciben con toda su intensidad.

El siglo XX es ejemplo de esta distorsión. Fue un periodo abundante en guerras, genocidios, hambrunas y crisis económicas. Y, sin embargo, para muchas personas sale ganando en la comparativa con la actualidad.

Nada de esto implica que la situación actual sea idílica ni que hayan desaparecido los problemas. Los conflictos armados siguen provocando enormes sufrimientos. Persisten las desigualdades económicas. Y muchas sociedades afrontan desafíos en ámbitos como el medio ambiente, la organización política o el funcionamiento de las instituciones. No hay motivos para la complacencia. Queda muchísimo por hacer en educación, sanidad, organización política, justicia social o sostenibilidad ambiental.

Repetir sin descanso que todo va cada vez peor tiene un efecto curioso: nos ofrece una forma cómoda de pesimismo, instalada en la queja y la inacción, que no suele acompañarse de cambios reales. La nostalgia selectiva por un pasado supuestamente mejor cumple una función parecida: construye un relato sencillo y tranquilizador que nos permite lamentar el presente sin enfrentarnos a la ambigüedad que lo caracteriza (el pasado tiene la ventaja de parecer claro) y nos evita la responsabilidad de responder a una sencilla pregunta: «¿Que habría que hacer ahora?».