¿Acompañas a tus hijos o intervienes antes de tiempo?

Madre helicóptero sobreprogiendo a su hijo.

¿Acompañas a tus hijos o intervienes antes de tiempo?

Entender lo que es la sobreprotección

Quizá no te consideres una madre o un padre sobreprotector. Puede que tengas claro que los niños necesitan equivocarse, frustrarse y aprender por sí mismos. Y, aun así, hay momentos del día en los que te descubres interviniendo antes de que tu hijo haya tenido la oportunidad de intentarlo.

Esto es más frecuente en situaciones cotidianas y sin aparente importancia: cuando tarda en ponerse los zapatos y el tiempo apremia; cuando hay una disputa por los juguetes en el parque y corres a mediar entre tu hija y su amiguito;  cuando anticipas una posible frustración e intentas evitarla por todos los medios. Muchas veces, no se trata de falta de confianza en tu hijo ni que creas que no va a saber solucionar la situación. Simplemente te incomoda verlo en dificultades.

¿Por qué actúo así?

Una buena forma de evitar intervenir cuando es innecesario (e incluso contraproducente para el aprendizaje de nuestros hijos) es plantearse la pregunta siguiente: ¿Por qué estoy interviniendo?

Los motivos son numerosos. Puede movernos el miedo a que nuestro hijo o hija sufra, a que se frustre, a que no sepa defenderse. Otras veces manda la prisa, el cansancio o la presión del día. O quizás estemos respondiendo a nuestra propia historia, a aquello que echamos en falta, a lo que nadie hizo por nosotros o a lo que nos prometimos que nuestros hijos no tendrían que vivir.

Corremos entonces el riesgo de confundir acompañar con controlar. En lugar de estar disponibles, nos transformamos en seres omnipresentes: estamos en todas partes, listos para actuar. El problema es que, cuando intervenimos a la primera, no dejamos margen para que el niño explore, pruebe, se equivoque y vuelva a intentarlo.

Sonreímos con suficiencia cuando escuchamos hablar de «los padres helicóptero», esos progenitores que parecen estar rondando continuamente a sus hijos en un intento de protegerlos de todo y de todos. Sin embargo, no es necesario llegar tan lejos para caer en la sobreprotección. Basta con no ser capaces de dejar que nuestro hijo se frustre durante unos minutos.

Una buena forma de evitar intervenir cuando es innecesario (e incluso contraproducente para el aprendizaje de nuestros hijos) es plantearse la pregunta siguiente: ¿Por qué estoy interviniendo?

Los motivos son numerosos. Puede movernos el miedo a que nuestro hijo o hija sufra, a que se frustre, a que no sepa defenderse. Otras veces manda la prisa, el cansancio o la presión del día. O quizás estemos respondiendo a nuestra propia historia, a aquello que echamos en falta, a lo que nadie hizo por nosotros o a lo que nos prometimos que nuestros hijos no tendrían que vivir.

Corremos entonces el riesgo de confundir acompañar con controlar. En lugar de estar disponibles, nos transformamos en seres omnipresentes: estamos en todas partes, listos para actuar. El problema es que, cuando intervenimos a la primera, no dejamos margen para que el niño explore, pruebe, se equivoque y vuelva a intentarlo.

Sonreímos con suficiencia cuando escuchamos hablar de «los padres helicóptero», esos progenitores que parecen estar rondando continuamente a sus hijos en un intento de protegerlos de todo y de todos. Sin embargo, no es necesario llegar tan lejos para caer en la sobreprotección. Basta con no ser capaces de dejar que nuestro hijo se frustre durante unos minutos.

Importancia de la autoobservación

El ejercicio de autoobservación nos permite reflexionar sobre nuestro comportamiento como padres. No es necesario centrarse en escenarios complejos. En realidad, para obtener una imagen objetiva es bastante más eficaz comenzar por las pequeñas situaciones diarias. Tres sencillas preguntas pueden ser de gran ayuda:

  • ¿Doy tiempo a mi hijo o hija antes de tomar cartas en el asunto?
  • ¿Espero a ver qué hace o me anticipo?
  • ¿Estoy respondiendo a una necesidad del niño o a mi propia inquietud?

Todos los padres alternamos momentos de acompañamiento con otros de intervención excesiva. Lo importante es darnos cuenta de cuándo pecamos de esto último para poder corregir el rumbo en beneficio de nuestros hijos.

Muchas formas de sobreprotección pasan desapercibidas: a veces tratamos de despejar el camino de todo tipo de obstáculos para evitar tropiezos. O permanecemos vigilantes ante cualquier posible imprevisto. Puede darse el caso de que empujemos a nuestros hijos a hacerlo mejor para no quedarse atrás.

Proteger y educar: la base de la crianza responsable

La crianza entraña dos tareas clave: proteger y educar.  Proteger significa establecer límites, normas y cuidados básicos que proporcionan seguridad. Educar implica algo más complejo: confiar en que el niño puede enfrentarse a dificultades acordes a su edad.

El aprendizaje no se produce cuando todo sale bien. Tiene lugar cuando algo no sale como se esperaba y surge la oportunidad de buscar soluciones y experimentarlas de primera mano. Para que esto ocurra, nuestros hijos necesitan espacio. El adulto puede mantenerse cerca, pero no dirigir cada paso. En este punto, hemos de destacar la necesidad de límites. Dejar espacio a nuestros hijos no es sinónimo de ausencia de normas. Las normas tienen una función clave: protegerlos. La crianza sin límites no favorece la autonomía, sino que genera desorientación.

Reflexionar sobre nuestro estilo parental es un ejercicio de responsabilidad. Implica comprender que nuestra historia, nuestros miedos y nuestras heridas influyen en nuestra función de educadores. Ser conscientes de por qué actuamos como actuamos nos permite ayudar a nuestros  hijos cuando existe una necesidad real y no movidos por nuestros miedos.

Criar no consiste en evitar todas las caídas, sino en estar presentes si estas se producen. Permitir que el niño experimente, se equivoque y aprenda es una demostración de cariño basada en la confianza. Este equilibrio entre protección y confianza es la base de una crianza responsable.