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	<title>educación parental archivos - Psicología BlaBla</title>
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	<title>educación parental archivos - Psicología BlaBla</title>
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		<title>El adolescente como problema familiar</title>
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		<pubDate>Wed, 20 May 2026 08:48:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
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		<category><![CDATA[educación parental]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/adolescente-y-castigo/">El adolescente como problema familiar</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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			<h2><strong>Padres e hijos atrapados en el conflicto</strong></h2>

		</div>
	</div>

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			<p>Las calificaciones, las malas contestaciones, la falta de esfuerzo… cuando las conversaciones familiares se convierten en una sucesión de reproches, las partes implicadas en esta dinámica agotadora se embarcan en un ejercicio anticipatorio: los padres anticipan discusiones por cualquier motivo y el o la adolescente  anticipa una nueva recriminación.  Unos corrigen y otros están a la defensiva.</p>
<p>¿Cómo se llega a esta situación? Por lo general, de forma gradual e imperceptible. Una (o varias) conductas concretas —mal comportamiento, dificultades para cumplir normas, etc.— repetidas en el tiempo provocan enfrentamientos recurrentes entre padres e hijos. Las tensiones familiares aumentan y el adolescente pasa a ser el «que siempre la lía» o «el que amarga a todo el mundo».</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>El conflicto como eje de la convivencia</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Los padres llegan a consulta agotados. Tienen la sensación de haber intentado un montón de cosas sin resultado alguno: han probado a hablar, negociar, razonar, amenazar, castigar, ceder, controlar o vigilar de cerca. Algunos se sienten culpables ante una dureza que años antes hubieran considerado imposible. Otros están tan hartos de enfrentamientos que saltan a la mínima. Y hay quien, sencillamente, ha tirado la toalla.</p>
<p>En ese contexto, muchas decisiones son fruto de la desesperación más que de una estrategia educativa clara. Quitar el fútbol, prohibir salidas durante semanas o actividades motivadoras es una decisión basada en un razonamiento sencillo, cuando ningún recurso parece funcionar: «si esto tampoco funciona, ya no sé qué hacer».</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>¿Soy un problema?</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Algunos adolescentes viven convencidos de ser una decepción constante para sus padres. Cuando la relación se basa casi por completo en la corrección es fácil considerar que solo se habla de ellos en términos de problemas.</p>
<p>Los comentarios de «vago», «imposible», «le da igual todo» o «solo busca el conflicto» reflejan, en ocasiones, situaciones reales, pero conviene preguntarse cuánto tiempo lleva ese adolescente escuchando ese tipo de críticas.</p>
<p>Las expectativas familiares influyen en la conducta. Las etiquetas no explican el origen del problema, pero condicionan la forma en cómo todos interpretan lo que ocurre. Si un adolescente se considera conflictivo, lo más probable es que cualquier pequeño avance por su parte pase desapercibido mientras que los fallos confirmarán la idea preconcebida. Hay adolescentes convencidos de que hagan lo que hagan decepcionarán a todos. Y cuando uno está convencido de eso, ¿para qué esforzarse?</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>El adolescente problemático… ¿en todos los contextos?</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Muchos adolescentes con dificultades de conducta no funcionan mal en todos los contextos. Pueden acumular suspensos y discusiones en casa, pero mantienen un buen vínculo con su entrenador, trabajan bien en un equipo deportivo o muestran otra actitud fuera del entorno familiar.</p>
<p>Los padres interpretan a veces esos espacios en los que su hijo se siente bien como un premio inmerecido: «para lo que quiere sí tiene ganas».</p>
<p>Esas actividades cumplen, sin embargo, una función importante. En algunos casos son los únicos lugares donde el adolescente no es causa de conflictos. Ahí no es «el que suspende», «el que contesta» o «el que decepciona».</p>
<p>Hay adolescentes muy desorganizados, agresivos o irresponsables que necesitan consecuencias claras. No podemos aceptar cualquier conducta ni renunciar a los límites, pero conviene ser prudentes antes de utilizar como castigo los espacios en los que nuestro hijo o hija siente que pertenece al grupo, hace algo bien y recibe el reconocimiento de los otros.</p>
<p>Hay quien cree que endureciendo los <a href="https://psicologiasanchinarro.com/esconder-la-cabeza/">castigos</a> recuperará la autoridad.  Y a menudo sucede lo contrario: el <a href="https://psicologiasanchinarro.com/adolescente-no-quiere-ir-a-terapia/">adolescente</a> se distancia, miente más o entra en una dinámica de oposición automática.</p>
<p>Algunos chavales llevan años escuchando que podrían hacer las cosas mejor «si quisieran». Y aunque esto pueda ser cierto en parte, incurre en una simplificación excesiva. Tras su comportamiento puede haber impulsividad, dificultades para organizarse, sensación de fracaso constante, falta de autoestima o baja tolerancia a la frustración. Aunque nada de esto elimina la <a href="https://psicologiasanchinarro.com/el-no-era-mi-intencion/">responsabilidad personal</a>, cambia la forma de entender el comportamiento.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>El castigo como receta universal</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Los castigos por sí solos rara vez enseñan autorregulación al adolescente que carece, por ejemplo, de habilidades para gestionar los impulsos, la frustración o la planificación.</p>
<p>Los límites son necesarios y, desde luego, corregir las conductas inadecuadas. Pero la dinámica familiar no puede basarse exclusivamente en el conflicto, la vigilancia y el reproche, porque corremos el riesgo de que la relación con nuestros hijos se reduzca al enfrentamiento.</p>
<p>Cuando la convivencia lleva tiempo deteriorándose, muchos adolescentes necesitan experimentar que pueden relacionarse con sus padres desde una posición que no sea de fracaso, decepción o corrección continua. El cambio más eficaz empieza, con frecuencia, por tratar de romper esa dinámica en la que el adolescente deja de ser una persona con dificultades para convertirse en «el problema».</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>Y una buena forma de empezar a hacerlo es entender que se pueden corregir conductas concretas sin atribuir etiquetas personales. Porque no es lo mismo decir «esto que has hecho es irresponsable» que repetir «eres un irresponsable».</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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		<title>Actividades extraescolares:</title>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 12 May 2026 10:02:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[educación parental]]></category>
		<category><![CDATA[extraescolares]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="wpb-content-wrapper"><div class="vc_row wpb_row vc_row-fluid"><div class="wpb_column vc_column_container vc_col-sm-12"><div class="vc_column-inner "><div class="wpb_wrapper">
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			<h2><strong>¿Trasladar a la infancia la lógica de la productividad?</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Deportes, conservatorio, catequesis, scouts, asociaciones juveniles… las actividades extraescolares ya eran habituales a finales del siglo XIX, en particular, entre las clases medias y altas.</p>
<p>A partir de los años 80, con la entrada masiva de la mujer en el mercado de trabajo y la desaparición progresiva de las redes familiares extensas, las clases extraescolares adoptan un nuevo cometido: facilitar la conciliación familiar de unos padres cuyas jornadas laborales no coinciden con el el horario del colegio.</p>
<p>La fórmula es sencilla: concluida la jornada lectiva, los niños permanecen en un entorno seguro mientras sus padres trabajan y ocupan esas horas en desfogarse, jugar con sus compañeros y hacer actividades de ocio por lo general alejadas del currículum escolar.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Un cambio de fórmula</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>A finales del siglo XX surge una nueva fórmula: la de las extraescolares como actividad productiva e inversión en el capital académico y social de los hijos.</p>
<p>Ya no basta con que el niño esté atendido, haga algo que le guste o simplemente pase una tarde con sus compañeros. Las actividades tienen que aportar algo más. Se incorporan nuevas materias (inglés, robótica, matemáticas, música, programación o técnicas de estudio), todas ellas pensadas para mejorar habilidades futuras, reforzar puntos débiles o construir un currículum desde primaria.</p>
<p>En este nuevo modelo orientado al rendimiento, el adulto organiza la infancia como trayecto curricular para desarrollar competencias, habilidades sociales y ventajas académicas.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Pequeños ejecutivos</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Así las cosas, nos encontramos con padres inquietos que viven con la sensación de que el futuro será muy competitivo y, por consiguiente, cualquier descuido en la educación de sus hijos puede pagarse caro. Las extraescolares se transforman entonces en mecanismo de prevención: idiomas desde infantil, estimulación temprana, deportes competitivos, actividades «que sumen». O padres muy centrados en el logro personal que trasladan al niño la lógica adulta de la productividad. O padres sobreprotectores para quienes un niño siempre ocupado, supervisado e inmerso en actividades dirigidas parece más «protegido» que uno con tardes libres. Los perfiles son diversos.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>El niño no piensa en su futuro, sino en esa tarde</strong></h3>

		</div>
	</div>

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			<p>Pero la realidad es que después de seis o siete horas de colegio, muchos niños están agotados. Y no en el sentido físico que los adultos atribuyen a los niños. Agotados mentalmente. Pasar toda la mañana sentado, atender explicaciones, cambiar de tarea constantemente, controlar impulsos, recibir correcciones, seguir normas y exponerse a comparaciones continuas consume mucha energía mental.</p>
<p>Los adultos entendemos el  desgaste laboral cuando nos ocurre a nosotros, pero nos cuesta reconocer ese cansancio en la infancia.</p>

		</div>
	</div>

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			<h3><strong>Los niños con dificultades añadidas</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Esto se observa con especial claridad en niños con <a href="https://psicologiasanchinarro.com/tdah-y-sensacion-de-fracaso/">TDAH</a>, <a href="https://psicologiasanchinarro.com/dislexia-y-compensaciones/">dislexia</a>, <a href="https://www.logopediasanchinarro.es/pautas-de-aprendizaje-para-el-nino-con-dificultades/" target="_blank" rel="noopener">dificultades de aprendizaje</a> u otros <a href="https://psicologiasanchinarro.com/ninos-evaluacion-neuropsicologica/" target="_blank" rel="noopener">trastornos del neurodesarrollo</a>. Para ellos, la jornada escolar es particularmente exigente.</p>
<p>Muchos de ellos deben hacer un esfuerzo muy superior al de los demás para conseguir los mismos resultados que el resto. Les cuesta concentrarse, organizarse, inhibir respuestas o mantener el ritmo del aula. Algunos reciben correcciones constantes. Otros tienen la sensación de estar siempre por detrás de la clase.</p>
<p>Cuando el horario lectivo termina, viene la segunda parte: refuerzo, academia, idiomas o actividades dirigidas que siguen exigiendo atención sostenida, rendimiento y, muy posiblemente, con escasa actividad física.</p>
<p>Hay padres que defienden estas actividades porque «les vienen bien». Y muchas veces es verdad. Hay niños que disfrutan aprendiendo idiomas, tocando un instrumento o compitiendo al ajedrez. Pero <strong>si el criterio principal deja de ser el interés del niño para acallar las inquietudes de los padres, empiezan los problemas</strong>.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3>Hay extraescolares y extraescolares</h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>A menudo se habla de las extraescolares como si todas fueran equivalentes, pero psicológicamente no producen el mismo efecto. No vive igual la tarde un niño que termina las clases y sale a jugar al baloncesto con sus compañeros que otro que enlaza el colegio con dos horas más de actividades académicas o muy dirigidas (salvo, obviamente, que esas sean sus preferencias).</p>
<p>Muchos niños pasan el día entero haciendo cosas dirigidas por adultos. Colegio, extraescolares, deberes. Apenas tienen tiempo libre ni margen para hacer algo que «simplemente les apetezca». Y aquí cabe destacar algo relevante: las actividades que más ayudan psicológicamente a los niños no son necesariamente las que figurarán en su currículum futuro.</p>
<p>Un niño con dificultades académicas puede pasarse el curso sintiéndose el torpe de la clase. Entonces llega al entrenamiento y descubre que corre rápido, que coordina bien, que otros quieren estar en su equipo y que, por primera vez en el día, algo le sale bien. E incluso destaca. Esto tiene un valor enorme para la autoestima.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Nadie suele elegir hacer algo que se le da mal</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>Los niños prefieren actividades donde se sienten cómodos, competentes o valorados. Cuando un niño hace una actividad que no le interesa y además se le da mal, suele estar la mano de los padres detrás de esa elección.</p>
<p>¿Estamos trasladando al mundo infantil la lógica adulta? Producir, mejorar, optimizar el tiempo, acumular habilidades útiles… Lo curioso es que los mismos adultos que hablan con frecuencia de estrés y falta de descanso organizan para sus hijos una rutina basada en ese modelo.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Aprender a aburrirse también es una inversión</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<p>El niño también necesita tiempo no estructurado: ratos sin objetivos (también de aburrimiento), sin supervisión constante y sin estímulos dirigidos, donde pueda crear, descansar o simplemente no hacer nada.</p>
<p>Las actividades extraescolares tienen mucho que ofrecer. Aportan a los chavales momentos de ocio y dusfrute, pertenencia, autoestima y hábitos saludables. El problema surge cuando dejan de ser actividades gratificantes (y se convierte en una obligación más) con la justificación de su utilidad futura.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote><p>
Hay chavales que no necesitan otra hora más de entrenamiento académico. Lo único que necesitan es dejar de esforzarse durante un rato.
</p></blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
</div><p>La entrada <a href="https://psicologiasanchinarro.com/actividades-extraescolares/">Actividades extraescolares:</a> se publicó primero en <a href="https://psicologiasanchinarro.com">Psicología BlaBla</a>.</p>
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			</item>
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		<title>¿A quién protegemos?</title>
		<link>https://psicologiasanchinarro.com/a-quien-protegemos/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[BlaBla]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 12 Feb 2026 16:34:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[blog]]></category>
		<category><![CDATA[educación parental]]></category>
		<category><![CDATA[sobreprotección]]></category>
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	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h2><strong>¿A nuestros hijos o a nosotros mismos?</strong></h2>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Con frecuencia escuchamos una queja recurrente entre padres y madres: la<a href="https://www.logopediasanchinarro.es//si-siempre-eliges-tu-no-exijas-despues-autonomia/" target="_blank" rel="noopener"> falta de autonomía</a> de sus hijos. De hecho, oigo tan a menudo este comentario que, de no trabajar también con niños, pensaría que estamos ante la generación más dependiente de la historia.</p>
<p>Los padres lamentan la escasa iniciativa de sus hijos, su dificultad para tomar decisiones o su tendencia a depender en exceso del adulto ante cualquier situación que exija posicionarse. Cuando indagamos con detenimiento en la<a href="/familias-entrenamiento-parental/"> dinámica familiar</a>, nos damos de bruces con el escenario siguiente: muchos de los adultos preocupados por el poco empuje de sus hijos acostumbran a decidir, de forma rutinaria, sobre la mayoría de los asuntos cotidianos que atañen a sus estos, sea cual sea su importante.</p>
<p>Desde cuestiones aparentemente menores —como la ropa que deben ponerse o cómo responder ante un pequeño conflicto— hasta otras más relevantes relacionadas con actividades, amistades o formas de expresar lo que sienten. El mensaje implícito transmitido, aunque no sea esa la intención, es tajante: «sé mejor que tú lo que conviene».</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Proteger y educar no son lo mismo</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Hay una creencia generalizada según la cual los hijos, en particular cuando son pequeños, forman parte de nosotros; son algo así como una prolongación de nuestra identidad. Esta idea, aunque comprensible desde el vínculo afectivo, puede derivar en una constante intervención en la vida cotidiana de los niños. Conviene detenerse aquí en una distinción que  algunos padres confunden: proteger no es lo mismo que educar.</p>
<p><a href="https://psicologiasanchinarro.com/sobreproteccion-y-autonomia/">Proteger</a> implica establecer límites claros cuando existe un riesgo real. Como padres y madres asumimos la responsabilidad de evitar situaciones que puedan comprometer la seguridad física o emocional de nuestros hijos. En ese terreno, la función parental exige rigor y no puede delegarse ni valen las medias tintas. Los límites están muy relacionados con esa protección.</p>
<p>Educar es muy distinto. Y, en cierta forma, una obligación bastante  más compleja que la de proteger. Requiere, entre otras cosas, depositar nuestra confianza en la capacidad de quien aprende, en los valores que le transmitimos y en que el proceso dará fruto a largo plazo. Proteger significa resguardar; educar significa abrir, soltar poco a poco y asumir el riesgo que conlleva formar a alguien para que pueda valerse por sí mismo. Los adultos deben permitir que el niño tome decisiones adaptadas a su nivel madurativo, que experimente las consecuencias de esas elecciones y que pueda equivocarse (dentro de un marco seguro), por mucho que deseen evitarle esa equivocación.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
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			<h3><strong>Cómo afecta decidir por ellos</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>Las dificultades comienzan cuando confundimos educación con protección y ampliamos los límites de esta última hasta abarcar cualquier situación o experiencia de nuestros hijos que les genere incomodidad o frustración o entrañe la posibilidad de fallo.</p>
<p>La intervención constante del adulto tiene, por lo general, poco que ver con la inseguridad del niño —aunque esa intervención terminará probablemente convirtiendo al niño en una persona insegura— y mucho con la dificultad del adulto para tolerar determinadas emociones.</p>
<p>Permitir que un niño se equivoque no es sencillo. Errar provoca <a href="https://www.logopediasanchinarro.es/frustracion-y-tolerancia-a-la-frustracion/" target="_blank" rel="noopener">frustración</a>, enfado o tristeza (mucho más si no estás acostumbrado a experimentar situaciones de fracaso). Y también aceptar que otros puedan juzgar el resultado de tu decisión. Decidir por ellos para evitarles esos sentimientos puede aliviar nuestra propia ansiedad: reduce la incertidumbre, evita el conflicto y ofrece sensación de control.</p>
<p>No es descabellado preguntarse si, cuando lo decidimos todo por nuestros hijos, no estaremos tratando de aliviar nuestro malestar más que el suyo.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<h3><strong>La toma de decisiones en el desarrollo de la autonomía infantil</strong></h3>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<p>La <a href="https://www.logopediasanchinarro.es/decidir-sin-experimentar/" target="_blank" rel="noopener">toma de decisiones</a> está estrechamente vinculada con el desarrollo de la función ejecutiva y la construcción del autoconcepto. Aprender a elegir implica evaluar opciones, anticipar consecuencias y asumir los resultados y responsabilidades de nuestra elección. Es un aprendizaje progresivo (y complejo) que comienza con los pequeños gestos cotidianos.</p>
<p>Cuando no existe espacio para practicar esta habilidad o su desarrollo se ve constreñido por la constante dirección del adulto, el niño terminará interiorizando la idea de que no es capaz de hacer las cosas por sí solo y necesita de otro que piense por él.</p>
<p>Esta dinámica se vuelve paradójica. Cuanto más se evita el error, menos recursos se desarrollan para afrontarlo. Cuanto más se decide por el niño, más inseguro se muestra a la hora de tomar una decisión. Surgen entonces las quejas sobre su falta de autonomía infantil, sin advertir que, con nuestra conducta, hemos favorecido esa situación.</p>
<p>Educar no significa renunciar a la responsabilidad parental ni adoptar una postura permisiva. Pero entraña una tarea nada fácil: diferenciar cuándo es necesario proteger y cuándo hemos de limitarnos a acompañar entre bambalinas. Y aceptar que el niño necesita experimentar continuamente para convertirse en un adulto sano. Y toda experimentación incluye cierto margen de error.</p>

		</div>
	</div>

	<div class="wpb_text_column wpb_content_element " >
		<div class="wpb_wrapper">
			<blockquote>
<p>Antes de quejarte de la falta de autonomía de tus hijos, pregúntate con sinceridad si no has contribuido a ese estado de cosas. Tal vez la cuestión no sea si nuestros hijos están preparados para decidir, sino si nosotros estamos preparados para tolerar lo que ocurre cuando les permitimos hacerlo.</p>
</blockquote>

		</div>
	</div>
</div></div></div></div>
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