La regla del 30%
Hoy quiero centrarme en dos conceptos que generan cierta confusión, aunque son distintos: capacidad y rendimiento. El desequilibrio entre ambos es un motivo que los adultos con TDAH alegan con frecuencia como fuente de malestar: la persona sabe lo que tiene que hacer y tiene el conocimiento para hacerlo; sin embargo, le cuesta ponerse en marcha, mantener la atención y llevar a cabo esa tarea de principio a fin.
El psicólogo Russell Barkley formuló hace años la conocida «regla del 30%» para explicar el desfase en el desarrollo de las funciones ejecutivas. Este porcentaje hace referencia al retraso aproximado entre las habilidades de autorregulación del niño diagnosticado de TDAH y el niño normotípico. Según la citada regla, un niño con TDAH de 10 años se comportaría, en términos de autorregulación, como un niño normotípico de 7. Esta regla, resultado de numerosas observaciones clínicas, es útil como referencia orientativa.
Este desfase ayuda a entender por qué, en el TDAH, capacidad y rendimiento no siempre se corresponden: la dificultad no está tanto en lo que la persona sabe hacer, sino en su capacidad para regularse y aplicar esas habilidades en el momento oportuno.
En la población adulta no se expresa en términos de «diferencia de edad» como en la infancia, porque el desarrollo cerebral ha alcanzados niveles de madurez. Sin embargo, persisten (aunque se manifiesten de otra forma) diferencias funcionales en aspectos como la organización, la planificación, la inhibición de impulsos o la gestión del tiempo.
Una persona puede tener un buen nivel intelectual, comprender con rapidez y manejar conceptos complejos y, sin embargo, tener dificultades para gestionar la vida cotidiana.
Capacidad no es lo mismo que ejecución
Este desfase es evidente en situaciones corrientes. Tenemos adultos que posponen tareas sin razones aparentes, que no saben priorizar, llegan siempre tarde, se dispersan con facilidad o son incapaces de terminar actividades poco estimulantes.
Hablamos de una disfunción de las funciones ejecutivas, en particular en la inhibición y la memoria de trabajo (además de estar implicados otros aspectos como la motivación, el procesamiento de la recompensa o la regulación emocional). La persona pierde con facilidad la referencia de lo que está haciendo porque cualquier minucia interrumpe el «hilo» organizador de la conducta. Y, como le cuesta retomar la tarea después de una interrupción, es fácil entender el impacto negativo que esto representa en la vida académica y profesional, pero también en la gestión de la vida cotidiana.
Quiero insistir aquí en la idea que da título a este post: no es un problema de conocimientos, sino de dificultad para organizarlos, aplicarlos y recuperarlos en el momento en que se necesitan.
Dificultades en todos los contextos
El TDAH afecta a todos los ámbitos de la vida (personal, académica…), pero en el caso del adulto, sus repercusiones pueden ser particularmente complicadas en contextos como el trabajo. El adulto con TDAH sabe cómo abordar una tarea, pero eso no garantiza que pueda hacerlo en el momento adecuado. Aparecen bloqueos, evitación o una ejecución irregular que, muchas veces no refleja las capacidades reales. De ahí la frustración: sabe lo que habría que hacer, pero no puede hacerlo de forma consistente.
¡Ay la gestión de los tiempos!
Esa dificultad para gestionar los tiempos nos hizo pasar un mal rato a los invitados a la boda de una amiga. La hija pequeña de un amigo común diagnosticado de TDAH era la encargada de llevar las arras. Habituados a los retrasos crónicos del padre, dos de nosotros acordamos llamarle la mañana de la ceremonia temprano para que no se retrasase. Aun así, novios, oficiante e invitados tuvimos que esperar un tiempo considerable a que llegasen padre e hija. La pequeña hacía pucheros por el disgusto. «Lo había calculado perfectamente para llegar a tiempo —se justificó nuestro amigo—, pero como os ha dado a todos por llamarme…».
La gestión del tiempo es una dificultad añadida. Por muy llamativo y molesto que resulte para los demás, no se trata solo de llegar tarde. Hay dificultades para estimar cuánto va a durar una tarea, para anticipar los pasos intermedios y para mantener una secuencia de acciones sin desviarse.
¿Dónde está la motivación?
La automotivación es otro aspecto relevante. Las tareas que no ofrecen una recompensa inmediata tienden a quedar relegadas, aunque sean importantes. ¿Falta de interés? En realidad tiene que ver con la dificultad para iniciar una conducta en ausencia de estímulos externos claros. Muchas personas con TDAH señalan que funcionan bastante mejor bajo presión o con plazos muy próximos que con fechas imprecisas o lejanas. De hecho —alegan— no se activan hasta saber que la fecha «está encima». Pero esto, a la larga, genera desgaste.
Además, la motivación no se manifiesta siempre por igual: hay días en los que la persona funciona con relativa normalidad y otros en los que las dificultades son mucho más evidentes.
Entender el problema
Adolescentes y adultos llegan a consulta con el peso de años de comentarios sobre su falta de organización, constancia y voluntad. Si no ha habido diagnóstico o este ha sido tardío, no es raro observar falta de autoestima, frustración o ansiedad por cumplir aquello que a otros parece resultarles tan sencillo.
Entender este patrón no elimina el problema, pero modifica la forma de abordaje. Entre otras cosas permite diferenciar entre las capacidades de la persona y lo que puede hacer en determinadas condiciones. Y, a partir de ahí, trabajar con apoyos externos, estructuras más claras o estrategias que compensen sus dificultades, en lugar de insistir únicamente en la voluntad o el esfuerzo.