La pastilla adecuada

Paciente pide a su médico una pastilla que le evite el tener que cambiar hábitos.

La pastilla adecuada

Una úlcera de largo recorrido

En una cena de antiguos alumnos tuve la alegría de encontrarme con Claudia,  una compañera de facultad de la que recuerdo sobre todo dos cosas: su impresionante inteligencia y que casi siempre se le fastidiaban los planes que hacía con el grupo por culpa de una úlcera que —según ella— le daba problemas desde niña.

Claudia lo había probado  todo: tratamiento de Helicobacter pylori, dietas rigurosas, restricciones de bebidas, un arsenal de protectores y antiácidos, no dejar el estómago vacío (eran famosas las galletas María que engullía apena notaba las primeras molestias), cama en los peores momentos y  múltiples entradas y salidas del hospital.  Sabíamos cuando estaba mal con solo mirarle la cara. Ella lo llamaba «mi rictus de ulcerosa».

En la cena citada estaba espléndida. Le pregunté, en broma, qué medicamento milagroso había descubierto. «Me enamoré del hombre más previsible y soso del mundo», me contestó riéndose. «Mi vida con él es un remanso de paz. Y no hay úlcera que resista esa tranquilidad de espíritu. Hoy tengo un estómago a prueba de bomba».

Obviamente, enamorarse de una persona tranquila no es el tratamiento estrella para sanar una úlcera. Tampoco la historia de Claudia permite saber cuánto ha tenido que ver el cambio de vida con su mejoría. Pero mi amiga intuía que la desaparición de sus molestias estaba vinculada a un contexto de tranquilidad, predicibilidad y escasísimos sobresaltos. Por mi parte, estoy convencida que esa «ausencia de estrés» había sido, en su caso, un estupendo coadyuvante de cualquier otro tratamiento que hubiese seguido.

El viacrucis por los especialistas

Algunos pacientes  llegan a consulta con una gruesa carpeta de informes médicos. Han pasado por el traumatólogo, el neurólogo, el digestivo y el otorrino. Se han hecho análisis, radiografías, resonancias y otras pruebas cuyos nombres ni recuerdan. En ocasiones se ha identificado la causa y han recibido tratamiento. En otras, las pruebas no explican por qué siguen teniendo dolor, tensión muscular, cefaleas, molestias digestivas, sensación de presión en el pecho o la mandíbula siempre apretada.

Empieza entonces un recorrido desesperante. Las pruebas salen bien y eso siempre es una buena noticia, pero el malestar sigue ahí.

Cuerpo y mente caminan de la mano

La relación entre nuestro estado psicológico y determinadas funciones corporales está bien documentada. El sistema nervioso autónomo, el sistema endocrino y el inmunitario participan en la respuesta al estrés y pueden modificar procesos tan físicos como la tensión muscular, la respiración, el sueño, la sensibilidad al dolor o el funcionamiento gastrointestinal.

El aparato digestivo es un ejemplo especialmente claro. Hablamos del eje «intestino-cerebro» para describir un sistema de comunicación bidireccional. El cerebro influye en el intestino y recibe a su vez un flujo continuo de información procedente de nuestro aparato digestivo. El estrés puede modificar la motilidad y sensibilidad intestinal provocando o exacerbando los síntomas en algunos trastornos de la interacción intestino-cerebro. Eso no significa que una persona tenga dolor abdominal «porque está nerviosa» ni que sus síntomas sean imaginarios. El dolor es real. Las náuseas son reales. La diarrea, el estreñimiento o la sensación de plenitud son reales.

Con el dolor sucede algo parecido. Pasar una semana preocupado no tiene por qué provocar una cervicalgia ni toda cervicalgia tiene una explicación emocional. Pero dormir mal, estar en tensión, reducir nuestra actividad, respirar de determinada forma o mantener contraída la musculatura contribuyen a la aparición o mantenimiento de esas molestias.

También se produce el recorrido inverso. Una persona con dolor duerme peor, abandona la actividad, se mueve menos, está más cansada y, probablemente, pendiente de las señales de su cuerpo. El mismo dolor termina despertando nuevas inquietudes: «¿Y si esta vez hay algo grave?». El organismo y el estado psicológico se influyen mutuamente y es difícil  establecer dónde empezó todo.

«Me dicen que no tengo nada»

Esta es una de las frases menos afortunadas que puede escuchar alguien que lleva tiempo encontrándose mal.

Que una resonancia, una analítica o una exploración hayan descartado determinadas enfermedades significa exactamente eso: que esas enfermedades no se han encontrado, no que la persona invente sus síntomas. La experiencia del dolor depende de más cosas que del estado de un músculo, una articulación o un tejido concreto.

Buscar indefinidamente una lesión que explique cada sensación corporal puede no ser el camino más útil. Una vez realizadas las valoraciones médicas necesarias, conviene ampliar la peregunta. Además de «¿qué lesión tengo?», es importante identificar qué hace que el problema aparezca, qué lo empeora, qué lo alivia, cómo estamos durmiendo, cuánto nos movemos o qué ha cambiado en nuestra vida.

¿Dónde está la respuesta?

Una mandíbula dolorida puede necesitar una valoración de la articulación temporomandibular y de la musculatura implicada. Una cervicalgia requiere explorar movilidad, fuerza y otros posibles factores musculoesqueléticos y un dolor persistente necesita conocer su historia y descartar aquello que deba ser estudiado médicamente. Si además esa persona lleva meses durmiendo mal, vive en estado de ansiedad, ha abandonado prácticamente toda actividad o pasa buena parte del día pendiente de sus sensaciones físicas, hemos de prestar atención a esos factores.

No pretendemos encontrar una explicación psicológica a cada dolor de espalda ni buscar una contractura tras un periodo de ansiedad. La rodilla puede doler porque hay una lesión. Y un dolor nuevo, intenso, persistente o acompañado de otros síntomas puede requerir valoración médica. Pero hay quien lleva mucho tiempo peregrinando de consulta en consulta intentando averiguar qué especialista tiene la respuesta a lo que le pasa. Y,  cuando eso ocurre, es el momento de preguntarnos si la explicación es exclusivamente médica.