Un concepto que no ha trascendido al lenguaje cotidiano
A principios de los años 70, el psiquiatra Peter Sifneos, observó que algunos pacientes tenían obvias dificultades para hablar de sus emociones durante la psicoterapia. Podían explicar con todo detalle un dolor de estómago o un problema laboral, pero cuando se les preguntaba si estaban enfadados, asustados, tristes o decepcionados tendían a responder describiendo acontecimientos externos o síntomas físicos.
Según Sifneos, estos pacientes eran, por lo general, poco dados a la fantasía y la instrospección. Calificó esta forma de pensamiento como «operativo» por su tendencia a la practicidad, la búsqueda de soluciones inmediatas y la concreción.
Las ideas psicodinámicas de la época postulaban que algunos pacientes conocían sus emociones, pero las evitaban inconscientemente. Sifneos fue más más allá planteando lo siguiente: ¿y si no se trataba de resistencia, sino de desconocimiento? ¿Era posible que estos pacientes no pudiesen identificar y verbalizar sus estados emocionales? El hecho de que, al preguntarles sobre sus sentimientos o conflictos internos, volviesen una y otra vez a explicar sus síntomas corporales o circunstancias externas parecía respaldar su hipótesis. En 1973 acuñó la palabra alexitimia para referirse a esta condición.
El término se ha matizado con el tiempo y hoy se distingue entre una alexitimia relativamente estable y otra asociada a situaciones concretas como la depresión grave, el trauma o el estrés intenso.
Pese a no ser un término familiar en el lenguaje cotidiano, se estima que una de cada diez personas presenta dificultades para identificar y expresar sus emociones.
Los pacientes neurológicos como fuente de datos
Es cuantiosa la información recopilada a partir del estudio pacientes neurológicos, en particular, con lesiones cerebrales relacionadas con la integración emocional o la comunicación entre hemisferios, una condición que dificulta notablemente la identificación o descripción de emociones. Los veteranos de guerra, pacientes con traumas graves o con trastornos psicosomáticos son otra valiosa fuente de información.
La alexitimia no tiene que ver con ser reservado o poco expresivo
A la vista de lo anterior, podemos caer en el error de pensar que alguien con rasgos alexitímicos es frío y distante. Lo que observamos es muy distinto: personas que sufren y experimentan emociones, pero carecen de herramientas para identificarlas.
Una persona reservada, disciplinada o poco expresiva no es necesariamente alexitímica.
Diferencia entre «no sentir» y «no poder identificar lo que se siente»
Muchas personas hablan de sus emociones con precisión. Distinguen entre tristeza, frustración, decepción o vergüenza. Pueden explicar qué les ocurre y relacionarlo con situaciones concretas.
Otras no lo tienen tan fácil. Notan malestar, tensión o inquietud, pero no saben expresar lo que sienten. Preguntadas sobre su estado, probablemente responderán que están cansadas, agobiadas o, simplemente, mal.
Las emociones cumplen una función informativa. El miedo nos avisa de la existencia de una amenaza. La tristeza advierte de una pérdida. La rabia indica un obstáculo o una injusticia.
Cuando alguien no puede reconocer lo que siente, percibe los cambios corporales asociados con la emoción: tal vez note presión en el pecho, tensión muscular, molestias digestivas o sensación de ahogo, pero no identificará que esas sensaciones están relacionadas con el miedo, la tristeza o la rabia, por ejemplo.
La alexitimia no provoca patologías concretas ni todos los síntomas físicos tienen origen psicológico. Pero las emociones se expresan a través del cuerpo y se acompañan de cambios fisiológicos. Hay quien percibe con facilidad la activación física, pero no puede utilizar esa información para comprender por qué siente ese malestar.
Repercusiones en el entorno cercano
Estas dificultades pueden ser particularmente evidentes en las relaciones cercanas.
Imaginemos una discusión de pareja. Una parte acusa a la otra de distanciamiento e indiferencia. La otra alega que no le pasa nada o que no sabe lo que le pasa. Y, además, se siente incomprendida o presionada para expresar algo que no consigue definir.
Esto se repite en otros contextos. Hay quien toma decisiones importantes sin prestar demasiada atención a cómo le afectarán emocionalmente. O quien detecta el malestar cuando su intensidad es muy evidente.
Los estudios destacan factores biológicos, características del desarrollo y experiencias de aprendizaje. Algunas personas crecen en entornos donde apenas se habla de emociones. Otras aprenden que no conviene mostrar determinados sentimientos. Además, los rasgos alexitímicos son más frecuentes en algunas condiciones clínicas y trastornos psicológicos.
¿Cómo enfocamos la terapia?
En primer lugar, evitando explicaciones simplistas y estableciendo objetivos muy concretos: aprender a observar las propias reacciones, relacionarlas con situaciones específicas y ampliar gradualmente el vocabulario emocional.
No es un proceso sencillo, porque identificar emociones complejas no es alto tan intuitivo como puede parecer. Hay quien descubre que tras el enfado había vergüenza, que la irritabilidad esconde miedo o que el cansancio tiene mucho que ver con una tristeza prolongada.
Reconocer una emoción no elimina el malestar, pero aporta información valiosa. Difícilmente podremos comprender qué nos pasa si no sabemos identificar lo que sentimos.