¿Y si no es cansancio?

Primer plano de una mujer con expresión de profundo agotamiento y tristeza.

¿Y si no es cansancio?

Dos agotamientos diferentes

—Necesitas unas vacaciones.

Lleva meses escuchando esa frase de sus compañeras de trabajo. Incluso su médica de cabecera se lo ha sugerido en la última visita. Ella misma está convencida de que ese puede ser el problema: demasiado tiempo sin desconectar. «Si es que entre el trabajo, la casa y las obligaciones diarias, cualquiera acaba agotada».

Quince días después de su estancia en la costa sigue levantándose con la misma sensación de agotamiento («Como si me hubiesen dado una paliza»). Empieza a plantearse que tal vez ese estado no se deba al exceso de responsabilidades.

La primera respuesta: estrés

El cansancio parece haberse convertido hoy en el estado natural de los adultos. Dormimos poco, nos cuesta conciliar el sueño y la sensación de no llegar a todo es lugar común en la conversación cotidiana. Cuando alguien se siente agotado es lógico, por tanto, que culpe al estrés de la vida diaria.

Algunas temporadas terminan pasándonos factura. Después de unas semanas difíciles cuesta concentrarse, estamos irritables y cualquier contratiempo nos exaspera desproporcionadamente. Cuando desparecen esas circunstancias, el organismo recupera poco a poco el equilibrio. Por lo general, basta desconectar unos días y reducir exigencias para descansar cuerpo y mente. Por eso, nuestro estado físico y mental mejora durante las vacaciones. Esto es lo que podríamos llamar «cansancio normal».

Pero hay quien refiere un cansancio diferente. A la falta de energía se suma la sensación de que cualquier tarea exige un esfuerzo tremendo. Actividades corrientes como preparar la comida, responder un mensaje, hacer la compra, salir a caminar o tomar una decisión sencilla son ahora obligaciones que exigen una fuerza de voluntad difícil de encontrar.

Y, sin embargo, hay que seguir adelante.  Es necesario acudir al trabajo, atender a los hijos, cumplir los compromisos adquiridos. Y como la persona consigue llevar una vida aparentemente normal, la posible depresión pasa desapercibida.

El entorno interpreta ese agotamiento como una consecuencia habitual del ritmo de vida. La misma persona también. «Estoy quemado». «Necesito dormir más». «Cuando pase esta época me encontraré mejor», explicaciones todas ellas plausibles pero que retrasan la búsqueda de ayuda.

Un detalle orientativo

Cuando el origen del cansancio es el exceso de actividad física o mental, el descanso devuelve, al menos en parte, las ganas de hacer cosas. Reintegrarse el lunes al trabajo puede dar mucha pereza, pero cuando llega el sábado siguiente apetece salir, leer una novela o quedar con los amigos.

Hay otro cansancio diferente. La persona dispone por fin de una tarde tranquila y se da cuenta de que ha perdido el interés por las actividades con las que tanto disfrutaba. Es posible que ni siquiera sepa explicarse por qué se siente así y termine atribuyéndolo al cansancio, a la desmotivación o, incluso, justificándolo como consecuencia inevitable de la edad.

Perder el interés por aquello que tanto nos gustaba y daba sentido a nuestro tiempo libre merece, sin embargo, una reflexión, porque el exceso de trabajo no suele ser la única explicación.

Un problema añadido

Como la persona nota que rinde menos, intenta compensarlo esforzándose más. Alarga la jornada laboral y reduce el tiempo de descanso. Cuando se da cuenta de que nada cambia con ese esfuerzo (o que incluso rinde menos) surge la culpa. Se acusa de haberse vuelto perezosa, de no organizarse bien o de haber perdido capacidades.

No todo cansancio es depresión

Sería un error decir que todo cansancio exagerado es depresión. Algunas enfermedades físicas, trastornos del sueño, problemas hormonales y situaciones personales provocan agotamiento intenso. Hemos de descartar esas condiciones antes de atribuir el malestar a una causa psicológica.

Pero conviene tener algo en cuenta: si el descanso no devuelve la energía, las vacaciones no cambian nuestro estado de ánimo y han dejado de atraernos actividades que hasta ahora nos encantaban, el problema tal vez no sea el cansancio.

Sería simplista decir que la depresión se distingue del cansancio únicamente porque en un caso desaparecen las ganas y en el otro no.  A veces creemos que solo necesitamos unos días de vacaciones cuando, en realidad, necesitamos entender qué nos ocurre. Si el agotamiento persiste pese al descanso y se acompaña de una pérdida mantenida del interés o de la capacidad para disfrutar de las cosas, merece la pena consultar con un profesional.