Elogios que incomodan

Un hombre rechaza incómodo un elogio excesivo.

Elogios que incomodan

El vestido nuevo

Adela acude a una cena de amigas con un vestido nuevo que le cae como un guante. Una de las mujeres exclama: «¡Pero qué guapa estás!». «¡Qué va! Si este vestido es viejísimo», contesta ella, aunque lo ha comprado esa misma mañana.

¿Por qué ha mentido? ¿Le molesta que la encuentren guapa? ¿No cree que lo esté? ¿Le da vergüenza reconocer que se ha arreglado para la ocasión?

Solo Adela podría explicar el motivo, porque una misma respuesta puede tener diferentes explicaciones.

Los elogios son, en principio, algo agradable. A todos nos gusta que reconozcan nuestros méritos o valoren nuestro trabajo. A pesar de ello, a veces nos incomodan e incluso producen desagrado.

Valoraciones no solicitadas

Por muy favorable que sea, quien nos elogia está expresando una opinión sobre nosotros. Y tal vez no nos apetezca ser objeto de valoración.

La incomodidad no tiene por qué estar relacionada con la inseguridad o una mala opinión de una misma. Puede deberse a que consideramos el aspecto físico un asunto privado sobre el que no deseamos recibir comentarios.

También está la cuestión de quien nos elogia y en qué circunstancias. Una observación que agradecemos a una persona cercana puede incomodarnos si procede de alguien con quien tenemos poca confianza o si se hace en público.

Elogios comprometedores

Así es. Puede que nos preocupe tanto el elogio como las expectativas que genera.

«Eres el único que consigue sacar adelante estos proyectos complicados» —exclama tu jefe—. Y piensas de inmediato: «Ya sé a quién va a caerle el próximo marrón».

Y puede que tengas razón. El elogio precede con cierta frecuencia a una petición o a la atribución de nuevas responsabilidades.

Pero ni siquiera hace falta que exista esa intención. Una persona muy exigente consigo misma puede interpretar el reconocimiento como obligación de mantener esos resultados.

Elogios incongruentes con nuestra propia imagen

Otra explicación de la incomodidad es la contradicción entre el elogio y la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Alguien que se considera poco destacable puede sentirse desconcertado si felicitan su intervención en una reunión y tachar a quien lo hace de exagerado, amable o desconocedor de lo que habla. La autoverificación es la tendencia a buscar, interpretar o conceder mayor credibilidad a la información que confirma la imagen que tenemos de nosotros mismos. Una valoración positiva puede generar incomodidad cuando contradice una convicción personal muy arraigada. Podemos sentirnos halagados y, al mismo tiempo, dudar de la sinceridad o fundamento del halago.

Elogios que esconden críticas

Este apartado me recuerda una anécdota protagonizada por una amiga. Durante una ponencia le presentaron a un profesional de reconocido prestigio. Al estrecharle la mano, este exclamó con evidente admiración: «¡Es increíble! Guapa y, a pesar de ello, inteligente».

Mi amiga tuvo que contenerse. Conociéndola, estoy segura de que, de no haber tenido en cuenta la avanzada edad de su interlocutor y la época en la que se había educado, le habría soltado una fresca.

Algunos elogios contienen una crítica implícita. En este caso, el caballero daba por hecho que belleza e inteligencia son cualidades difícilmente compatibles en una mujer. Seguramente pretendía halagarla, pero sus palabras transmitían  un prejuicio.

Y aquí hay otra razón por la que un elogio puede provocar una reacción desagradable: no por lo que dice, sino por lo que da por supuesto.

¿Y ahora qué contesto?

Puede ocurrir que el elogio nos agrade y no sepamos cómo responder.

«¡Qué bien has hecho la presentación!».

«Bueno, tampoco ha sido para tanto».

¿Por qué restamos importancia a algo que sabemos que hemos hecho bien?

Aceptar abiertamente el elogio puede hacernos sentir presuntuosos. Contradecirlo, una falsa modestia. Y quedarnos callados, una falta de educación.

Las normas sociales tienen mucho peso en nuestro comportamiento. Hemos aprendido que presumir de nuestros méritos puede provocar rechazo. Por eso, recurrimos a expresiones que rebajan el reconocimiento recibido, aunque lo respaldemos.

No significa que tengamos una mala opinión de nosotros mismos o no necesariamente. Tampoco que estemos fingiendo modestia para obtener nuevos elogios. El «no ha sido para tanto» es una fórmula aprendida para salir airosos de una situación social.

¿Por qué nos incomoda?

Hasta aquí hemos visto algunas razones por las que un elogio puede provocar una reacción diferente a la esperada.

Antes de atribuir esa incomodidad a la inseguridad, la baja autoestima o la dificultad para reconocer los méritos, preguntémonos que es lo que nos molesta.

¿El contenido del elogio? ¿La persona que lo hace? ¿Que otras personas lo escuchen? ¿Las expectativas que creemos que genera? ¿No disponer de una respuesta?

Y pongámonos también en el otro lado: ¿cómo elogiamos a los demás? Podemos tener la mejor intención y, aún así, hacer un comentario que nuestro interlocutor preferiría no escuchar.

Ni todos los elogios son oportunos ni todas las personas desean recibirlos.

Volvamos al vestido. Puede que a nuestra protagonista le agrade escuchar lo guapa que está y su respuesta solo exprese modestia.  O que le incomode ser el centro de atención. O que no le apetezca reconocer el tiempo que ha invertido en elegir la ropa. Y hasta que no tiene ganas de que sus amigas sepan que el vestido le ha costado un ojo de la cara.